jueves, 22 de diciembre de 2011

Moscas, niñas y otros muertos, de VV. AA.*

En 1966 Margo Glantz y Gastón García Cantú crearon la publicación Punto de partida en la UNAM, cuyo objetivo era promover y difundir la literatura entre los estudiantes universitarios. En 2004, la Dirección de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de esta universidad amplió la revista a un programa editorial y publicó el primer libro de esta colección en el cual incluye a cinco escritores mexicanos jóvenes: Maritza M. Buendía (Zacatecas, 1974), Humberto Macedo (Ciudad de México, 1976), Gerardo Piña (Ciudad de México, 1975), Abril Posas (Guadalajara, 1982) y Diego Velázquez Betancourt (Puebla, 1978).

Moscas, niñas y otros muertos. Antología de cuento joven muestra la obra de estos autores cuya única similitud es que abordan la muerte, el desasosiego y la violencia desde diferentes matices y con diferentes resultados. Buendía, por ejemplo, cuenta la historia de un abuso sexual cometido por parte de un ciego a una niña. En el cuento “Niña piel infinita” no hay escenas explícitas, si acaso se enuncian algunos detalles de forma violenta, pero al final del relato queda la sensación de haberse leído un texto innecesariamente agresivo: “Cuando sus manos percibieron que el aire y el agua, que todo el azul del uniforme se teñía de rojo, en una húmeda viscosidad, el viejo experimentó una sensación desconocida, recóndita y plural, una sensación infinita”.

Macedo, por su parte, narra las peripecias de un nerd para ser el mejor de la clase, de la escuela, en el cuento “El reto”. Con una comicidad sencilla, el narrador nos permite conocer a Braulio y a Lázaro, alter egos uno del otro que en su búsqueda por destacar llegan a convertirse en amigos y a compartir aficiones, amores y borracheras, hasta el día en que deciden que debe haber un ganador total y se retan a morir: “Lázaro puso la misma cara de siempre que lo retaba: abrió grandes los ojos, petrificando cada uno de sus músculos y resollando como buey en brama. ‘De acuerdo, pero desde ahora te lo digo, siempre te extrañaré”.

Gerardo Piña, en “Cuatro minutos” adentra al lector en la planificación de un asalto: dos hermanos que todo mundo conoce, asaltando el banco al que todos acuden, tratando de huir por las calles que siempre recorren y que son sorprendidos por el excelente final. Además, Piña apunta su cuento con ideas que agrandan lo dicho por una prosa eficiente: “Hay sucesos en la vida que nos parecen sorprendentes, pero es sólo que obedecen a una lógica distinta de la nuestra. Comprender un acto no es entenderlo, sino entender lo que lo causa”.

En “Napalm” Abril Posas va quemando poco a poco al lector, lo adentra en cada una de sus historias que se encadenan y permiten que la narración avance. Hay una niña que tras iniciar su vida sexual, deseará que el padre la haga gozar al igual que a su madre, pero lo tenso de la escena se diluye con humor: “La decisión fue unánime. Al día siguiente, sin hacer preguntas ni reclamos, internaron a la pequeña en el castillo, ubicado en las afueras. ‘Lo último que te voy a permitir, es que me quites al hombre de mi vida’, fue lo único que escuchó Yara de su mamá, ante el silencio de su padre”. Así, esta narración oscura antecede la literatura zombie hoy de moda, con unos personajes que van recogiendo a los habitantes de un pueblo donde los únicos que se salvarán son los locos que habitan el manicomio y aquellos a quienes no les importa servirlos.

Por último, Diego Velázquez Betancourt demuestra su humor negro, su sarcasmo vital, en el cuento “Las moscas”, donde retrata la vida de un joven obsesionado con estos insectos y quien, además, se considera un intelectual y un ser por encima de quienes lo rodean: “Poseo libros muy afamados, en ediciones nuevas, libros que envidiaría cualquier coleccionista: El Quijote, los Tratados morales de Cicerón, Los nueve libros de la historia de Herodoto, El señor de las moscas de Golding (que dicho sea de paso tiene mi más ferviente admiración y que pronto leeré), la obra completa de Homero, aunque se trate sólo de dos libros, ya lo sé, no soy ningún ignorante, pero tengo diferentes versiones, en inglés, en francés, en español y hasta en griego, y una vez que aprenda esos idiomas los voy a leer todos”.

Antología que vale la pena leerse para descubrir a estos cinco escritores, Moscas, niñas y otros muertos… logra que el proyecto Punto de partida impulse esta narrativa joven que hoy deberá mostrar su empeño al colocar en librerías los proyectos personales de cada uno de estos jóvenes.

VV. AA. Moscas, niñas y otros muertos. Antología de cuento joven, Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 2004.

* Publicado en Librosampleados

jueves, 15 de diciembre de 2011

El fantasma y el poeta, de Carmen Boullosa*


El cuento, en tanto una historia que tiene un inicio, un desarrollo y un final, que cuenta la anécdota de uno o varios personajes y que crea un microcosmos en el espacio-tiempo narrado, dejó su lugar al relato: hijo bastardo que se asemeja a una historia que puede tener o no fin, que es un pretexto para contar un hecho sin necesidad de llegar a “buen puerto”, sino con la única finalidad de crear una atmósfera o mostrar algunos pasajes interesantes dentro de la vida de un “relator” o un personaje.
El fantasma y el poeta, de Carmen Boullosa (Ciudad de México, 1954), es un libro de relatos que tienen como punto de encuentro Nueva York y que muestra la corriente literaria en donde el escritor (en este caso Boullosa) no debe ocultarse detrás de un personaje para contarnos un hecho, sino que puede asumirse como sí mismo y a partir de ahí manifestar sus fobias, pasiones y temas recurrentes. Así, cerca del final, el “relator”-personaje nos confiesa: “Si esto que está aquí escrito fuera un cuento, por el privilegio de la ficción yo hubiera tenido permiso de estar en dicho salón [al que acude un joven poeta]… Pero esto aquí escrito no necesita ser cuento, quedó armado con lo que le dio la realidad, las verdades y las mentiras de estos y aquellos, sin necesidad de que intervenga yo en el salón, ni la señorita de nariz desgraciada y pelo en pecho, ni nada más”.
Quizá por eso mismo, por ser la poeta Boullosa quien está detrás de la pluma, se regodea con juegos de palabras que en ocasiones surten efecto tras una relectura: “Repetía tres veces las rutinas de sus caminatas, escribía tres veces su nombre en una carta, requería en la mesa tres servilletas dobladas, tres copas y tres vasos, etcétresra”. Pero por eso mismo, porque el “relator”-personaje es demasiado real, en ocasiones resulta inverosímil lo que cuenta: datos que pueden ser resultado de investigaciones muy profundas o de un listado de cosas que debes saber antes de… incluidas en Selecciones del Reader’s Digest: “Jan Rodrigues fue el primer forastero que permaneció un verano completo en lo que es hoy la ciudad de Nueva York, podríamos decir que es el primer manhatannita porque él fue quien exportó la palabra manhattan de las lenguas nativas a las europeas y la usó para nombrar este lugar”.
Hay, sin embargo, dos relatos que al conjuntarlos nos permiten conocer sobre la estadía de Rubén Darío en Nueva York, así como de la ocasión cuando rechazó tres ofrecimientos para beber (algo muy inusual en él), así como la vez que provocó que el fantasma de Jan Rodrigues abandonara el islote donde vivía y lo llevó hasta una calle oscura donde, tras lanzarlo en forma de flatulencia, consiguió desorientarlo (con el benéfico resultado de que muchos años después Octavio Paz se topara con este fantasma y en una especie de borrachera, de viaje sensorial, recitara y creara en su mente los primeros versos de “Piedra de Sol”).
Asimismo, un relato sobre la misoginia en Pedro Páramo, regala al lector una frase que bien vale el libro (la historia se desarrolla en un bar y una joven intenta que el conquistador ebrio que tiene enfrente acepte que el libro de Rulfo es machista; el borracho, desesperado por la verborrea, piensa: “Pinche vieja … ya quisieras que te cogiera Pedro Páramo en un día de fiesta”).
En algunos momentos mordaz, en otros demasiado inocente o petulante, El fantasma y el poeta constituye una muestra de esa literatura que habla de libros, de escritores y de leyendas que, en apariencia, sólo les interesan a los grandes y profundos lectores.

Boullosa, Carmen. El fantasma y el poeta. Sexto Piso. 2007

* Publicado en Librosampleados

martes, 6 de diciembre de 2011

Job, de Joseph Roth*

José María Pérez Gay, traductor y presentador de Job, de Joseph Roth (Galitzia 1894-París, 1939), dice que ésta es la novela más judía de la literatura alemana. Tal vez lo acota porque al interior del texto hay judíos, se viven las tradiciones judías y porque el personaje principal, Mendel Singer, es un hombre temeroso de Dios y quien vive bajo sus preceptos sin importarle la justicia de estos. Sin embargo, Job es mucho más que eso: es la novela de un hombre sencillo, como señala el subtítulo de la obra, que está siendo puesto a prueba por su creador. Mendel Singer es un profesor casi mediocre que hace malvivir a su familia con el poco dinero que gana de enseñarle las escrituras a cuatro o cinco niños (a veces seis o siete). Su esposa, Déborah, está arrepentida de haber desperdiciado su belleza al lado de este ser disminuido. De sus cuatro hijos, Jonás anhela convertirse en cosaco; mientras Schemarjah quiere imitar la vida gris de su padre; Miriam, por su parte, sueña con viajar y convertirse en la amante de aquellos que le galanteen, y Menuchim… él sólo dice “mamá”, pues nació idiota, con la cabeza grande y con la mente nublada. Así, la existencia de estos personajes está unida por un pueblo, Zuchnov, en los albores de la Primera Guerra Mundial, en las tierras del zar ruso quien manda llamar a todos los jóvenes para hacerlos parte de su ejército; pero más allá, estos personajes no comparten sino un apellido, pues cada uno desea estar fuera del círculo al que pertenecen y descubrir lo que significa vivir. Déborah reza para salvar a Menuchim, pero sus oraciones son despreciadas por Mendel, quien de a poco ha ido desconfiando de los milagros y de su propio Dios: “Dios es cruel, y cuanto más le obedecemos, más implacable se muestra con nosotros […] Dios prefiere aniquilar a los débiles. La flaqueza de un hombre despierta su fuerza, y la obediencia, su ira. […] Si acatas sus mandamientos, te dice que sólo lo acatas por tu propia conveniencia, Si dejas de acatar alguno de ellos, te persigue sin cesar con mil castigos y condenas. Si intentas sobornarlo, te abre un proceso. Y si eres un hombre honesto con él, acecha tu intención de soborno”. Todo esto lo piensa Mendel porque al parecer sobre él se están dejando caer todas las plagas bíblicas: sufre el odio de su esposa, sus hijos han sido enrolados y deberán partir a servir al zar, su hija se ha enredado con varios cosacos y Menuchim no hace más que estar en un rincón de la casa gritando, murmurando, gesticulando un “mamá” que a todos desconcierta. Hasta que su vida cambia: su hijo Schemarjah viaja a Estados Unidos y decide llevarse a la familia con él. De este modo, lo que parece un giro en su fortuna se convierte en la saña de su Dios contra Mendel Singer. Narrada con belleza, esta novela es el cúmulo de personajes antes descritos, mismos que han sido delineados con maestría por Joseph Roth, quien regala frases mordaces o incuestionables. Por ejemplo, cuando Déborah acude con el rabino para solicitar consejo respecto a Menuchim lo que obtiene es un decreto (no una respuesta): “Menuchim, hijo de Mendel, se curará. En todo Israel no habrá muchos como él. El dolor lo hará sabio, la fealdad lo hará bondadoso, la amargura lo hará dulce y la enfermedad lo hará fuerte. Sus ojos serán grandes y profundos, y sus oídos claros y llenos de resonancias. Su boca callará, pero cuando abra los labios anunciará cosas buenas. No tengas miedo y vuelve a casa”. Mas esto no logra convencer a Mendel, quien decide abandonar al hijo en Rusia mientras él, su esposa e hija viajan a América en busca de esos sueños que comienzan a convertirse en epidemia entre los judíos: la libertad y el bienestar. Job es la novela de Mendel Singer, quien “vivía entre los demás como un triste ejemplo de la crueldad de Jehová”, al mismo tiempo que es la historia de un hombre quien ha dejado de creer en los milagros, quien se sienta a orar únicamente por seguir la tradición, pero no porque tema, quiera u odie a Dios. Es el libro de un hombre que recuerda todo el peregrinar del pueblo judío, esa larga etapa en la que parecen no llegar a su destino; es la tragedia de un individuo que ha sido puesto a prueba por su Dios y que en esta prueba jamás conseguirá el triunfo. Es, como dicen, un libro cien por ciento judío, pero además es una obra que en cada oración nos pregona el amor del hombre por el hombre, el cariño que Joseph Roth le tiene a cada uno de sus personajes, y nos da muestra de que la literatura, la gran literatura, es el retrato de las miserias y bendiciones de hombres sencillos como Mendel Singer. Roth, Joseph. Job. 1ª reimpr. Ediciones Cal y Arena, 2010 * Publicado en Librosampleados

El ocaso de la “Generación de la fiesta”*

Los treintañeros clasemedieros de hoy no vivieron la guerra, ni las ideologías, ni el hambre. Saben de ello porque sus padres les contaron sus experiencias en las marchas, en las guerrillas, en los movimientos culturales. Los treintañeros clasemedieros de hoy, a falta de algo mejor en qué creer, durante la década de los noventa vivieron la fiesta, se reventaron en discotecas, se metieron drogas (legales e ilegales) y buscaron el caos como una forma de subsistir. Crearon, también, nuevos mundos de escape. Pero de pronto el cuerpo, la realidad, les dijo algo importante: “Es ya en la tercera década de la existencia cuando el auténtico impulso vital empieza a disminuir, y la persona para quien a los treinta existen tantas cosas valiosas y llenas de significado como diez años antes posee sin duda un alma simple”, tal como escribiera Francis Scott Fitzgerald. José Mariano Leyva (Cuernavaca, 1975) sabe todo lo anterior (lo ha estudiado incluso en su libro El complejo Fitzgerald) y por eso en su novela Imbéciles Anónimos hace un retrato social de estos nuevos viejos que crearon su vida a partir del rechazo que sentían por todas las obsesiones de sus padres. Así, en este libro aparecen cinco personajes que delinean de forma general a la generación de los nacidos en los setenta: Sunny B., una mujer que creyendo que es feminista se olvida de ser mujer y la guerra contra el hombre la convierte en una batalla feroz contra su femineidad; Carlos, un escritor que ante el aburrimiento de su vida matrimonial un día encuentra el escape perfecto en una relación homosexual la cual no le pide comprometerse; Elías, un hombre que escapa de su realidad mediante las drogas, que inventa padecimientos para poder consumir cocaína; Marsé, un conquistador de mujeres mayores (casi ancianas) en quienes quiere hallar a la madre-amante, al mismo tiempo que dañar a este símbolo de su pasado, y José Mariano Leyva, el personaje, quien se ha ocultado del mundo a partir de que su familia (sus padres y dos hermanos) fueron asesinados. La historia empieza en una casa de Cuernavaca, propiedad de José Mariano Leyva, donde reúne a los otros cuatro personajes que están ansiosos por evadirse, una vez más, de la realidad. Elías, sin embargo, ocasiona que un judicial vaya a visitarlos e intente abusar sexualmente de Sunny B., al tiempo que se burla de los otros tres. Esto ocasiona que lo maten y a partir de entonces su vida cambie (eso quieren creer ellos). Es en ese momento cuando la novela toma otro cariz: la reflexión, en ocasiones exhaustiva, de esta generación que no está conforme con lo que es, pero que tampoco sabe hacia dónde ir. Por ejemplo, el personaje José Mariano Leyva se describe así: “Mi camisa tiene un estampado de líneas que no se decide entre hippie y yuppie, de aquellas épocas en las que las breves ideologías aún eran tomadas en serio”. Después confiesa: “Los padres de Leyva tenían propósitos más caros que coger, drogarse, mentir y prolongar remedos ideológicos. Ellos eran la ideología, cuando la ideología no estaba tan despreciada. Cuando la crítica no era masiva, aplastante y aún permitía creer”. Así, Imbéciles Anónimos es una descarnada crítica a estos treintañeros que aborrecen el pasado revolucionario, pero también aquel del México de la picardía, los albures y Mike Laure y La Sonora Santanera; a estos individuos que “son incapaces de sostener largas pláticas. Son aficionados de los diálogos rápidos y punzantes. Sus conversaciones son telegráficas”, de estos seres en contra de la generación de sus progenitores, pues “los pobres padres de Leyva tuvieron un mal final, cierto, pero sus hijos tuvieron un mal principio”. José Mariano Leyva, el autor, el narrador, hace un balance negativo de estos seres: Sunny B., Elías, Carlos, Marsé: “No los culpo. La contracultural cocaína, el militarismo homosexual, la batalla feminista, la huida de la pasión, son buenos espectros para calmar la conciencia. Para llenar la vida. Son la ideología del fin de siglo”. No conforme con eso, no salva a ninguna de sus creaciones, sino que se regodea en sus defectos. Dice Sunny B.: “Antes creía que la guerra de sexos era una eterna batalla. Pero en esa lucha sin cuartel, las mujeres comienzan a copiar el estilo de vida de los hombres. Y no hay peor sumisión que eso: ignorar las características que nos vuelven incomparables. Más de una amiga, por ejemplo, decidió no tener hijos. Esos diminutos ladrones, aseguraban, quitaban tiempo, dinero, energías. Su valentía fue robusta a los veinte, dubitativa a los treinta, abatida en el número cuarenta”. Por su parte, Carlos repite la frase hecha con tal de justificar su fracaso: “La pareja es una aspirina para sentir menos la soledad. La neurosis que significa vivir con otra persona te ocupa lo suficiente como para no tener energías y realizar otro tipo de tonterías. No es la salida, es un paliativo. Nada más”. Imbéciles Anónimos es la novela que apaga la luz después de la fiesta, es la resaca al siguiente día; es el espejo que refleja a los treintañeros después de la narrativa que insistió en hacerlos creer que todo iría mejor, que por el momento no tenían que pensar, sino de disfrutar; de las novelas que van de Breat Easton Ellis y Douglas Coupland, pasando por los mexicanos Iván Ríos Gascón y Tryno Maldonado, entre otros, hasta llegar a José Mariano Leyva, quien casi sepulta a la generación a la que pertenece: “Por eso nuestra generación va a hacer sólo eso: nada. Es demasiada estupidez, demasiada alienación, demasiado MTV, demasiados videojuegos, demasiada coca, demasiados anuncios vistos, demasiados resorts en la playa, demasiadas noticias en diarios que sólo son chismes políticos, demasiado vacío. No vamos a hacer nada”. La generación de la fiesta se divirtió en los noventa, tuvo la oportunidad de cambiar su rumbo en la primera década del dos mil, pero como su propuesta se centró en estar en contra de sus predecesores, terminó formando parte de estos Imbéciles Anónimos. Ahora, derrotada, deberá pasar la estafeta a los nacidos en los ochenta… Eso parece después de leer a Leyva. Leyva, José Mariano (2011), Imbéciles Anónimos, México, Random House Mondadori, 328 páginas. *Publicado en Adefesio.com

martes, 22 de noviembre de 2011

Ni muertos, ni extranjeros: el lector soy yo, Villagrán-Todorova*

¿Qué se puede esperar de una antología que incluye sólo tres cuentos? ¿Qué si además contiene la crítica a esos textos? ¿Y si también reúne la respuesta del autor al crítico? No sólo eso, asimismo cuenta con entrevistas a ambos… El resultado es un excelente libro que engloba todo el proceso de la lectura: la forma cómo surgió el cuento, el relato mismo, la lectura del receptor, la acogida del creador a dicha crítica y un enfrentamiento entre ambos participantes del texto. Ni muertos, ni extranjeros: el lector soy yo… es un libro destinado a escritores, estudiosos de la literatura y lectores persistentes. ¿Por qué? Debido a que este ejemplar es una extrañeza como antología, desde la franqueza con que se presenta hasta el resultado de este collage de expresiones. Las compiladoras lo explican: “En un círculo aparentemente sin salida, el escritor funge a la vez como su propio lector y el de sus congéneres; cumple con el papel de reseñista y crítico, cuando no de académico o investigador literario. Un círculo cada vez más endogámico, que por resistir al embate mercantil, ha preferido formar parte de un sistema de subvenciones y apoyos. Y si bien esta forma de resistencia funciona, también ha creado la ilusión de que con escribir, y a veces publicar, basta.” Esta antología reúne a tres narradores: Noé Blancas (con el cuento “De tijeretazos y perros negros”), Gregorio Cervantes Mejía (“Lobo”) y Alejandro Badillo (“Ícaro”); así como a los críticos Eduardo Sabugal, Jesús Bonilla Fernández y José Sánchez Carbó. El orden en que se presentan los textos, sin embargo, varía en cada caso. A veces se presenta primero la respuesta del escritor al texto crítico, en otras el cuento y en otras las entrevistas a creador y crítico. Esto genera un resultado distinto tras la lectura, pues se confirma cómo un cuento puede generar referencias en la reseña que en realidad no existen, como cuando Eduardo Sabugal expone una cercanía entre el cuento de Noé Blancas y el lenguaje usado por Juan Rulfo, pero el narrador responde que al momento de escribir el texto no conocía al autor de Pedro Páramo. Por otra parte está el caso de Gregorio Cervantes Mejía, cuyo cuento consta de siete páginas, y el texto crítico de Jesús Bonilla Fernández es de 13 páginas (dos de ellas de bibliografía). Sin embargo, más allá de estas consideraciones, la antología muestra a tres cuentistas sólidos, cuyas narraciones vuelven al pasado (mitológico o costumbrista) y de ahí parten para mostrar una nueva forma de hacer literatura; así como a tres críticos que hacen un esfuerzo porque la reseña retome la solidez teórica de otros tiempos. Por ejemplo, Eduardo Sabugal expone: “La crítica literaria es una práctica que consiste en sugerir una o más lecturas sobre un texto, en ocasiones hacer alguna valoración, identificar su genealogía, sus aportes, sus vicios, carencias o errores”, pero cae en el juego de satanizar al editor y al mercado: “En las grandes casas editoriales, muchas veces el editor toma el papel del crítico al decidir qué se publica o no; y lo que es peor, muy probablemente estén usando criterios mercadológicos para definir qué vale la pena y qué no. Esto ocasiona que el escritor se vuelva sumiso ante el editor porque en ello le va su modus vivendi hablando económicamente”. De este modo, pareciera que sólo lo que no es vendible tiene calidad literaria. Por su parte, la entrevista con el narrador permite acercarse a su forma de pensar, a su manera de privilegiar su oficio, como en el caso de Alejandro Badillo, quien considera que la gente interesada en las letras es más crítica con su entorno y de ahí que la literatura tenga un valor social. Es cierto, como dice José Sánchez Carbó: Para contribuir a la difusión de la literatura, el crítico debe ser consciente del lector al que se dirige, y esta antología es un libro maravilloso para quienes les interesa el texto creativo (en este caso el cuento), pero también la recepción y el círculo que se forma entre autor-texto-lector. Una antología, pues, que no está dirigida a un lector ocasional, pero no por eso poco valiosa. Villagrán Mora, Abigail y María Todorova Gueoguieva (compiladoras). Ni muertos, ni extranjeros: el lector soy yo. Antología de narrativa y crítica literaria contemporánea en Puebla. UPAEP. 2011. * Publicado en Librosampleados

Un juguete incendario: el corazón desnudo de un hombre*

“Se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia”, dijo Roberto Artl (Buenos Aires 1900-1942) cuando las primeras críticas a El juguete rabioso lo acusaban de cometer errores gramaticales y estilísticos. Es cierto, hay frases extrañas, uso de guiones más raros aún, pero nada de eso estropea la genial aventura que es la vida de Silvio, un joven que termina siendo hombre y quien experimenta el hartazgo de una vida llena de fracasos, mas todos se da otra oportunidad. Silvio es un adolescente que quiere ser ladrón: algo de ese deseo le viene de las novelas de bandidos que leía gracias a un viejo, pero también algo se debe a que sueña con “doncellas” que caerán rendidas ante él cuando se enteren que es un ladrón. Por eso, junto con Lucio y Enrique planean el gran robo: a la biblioteca de una escuela (¡!), donde descubrirá al poeta Charles Baudelaire: “Leí en voz alta: Yo te adoro al igual que la boveda nocturna, / ¡oh vaso de tristeza, ¿oh blanca taciturna! ‘Eleanora’, pensé. ‘Eleanora’ [la novia que lo ha dejado]. Y vamos a los asaltos, vamos, / como frente a un cadáver, un coro de gitanos. –Che, ¿sabes que esto es hermosísimo? Me lo llevo a casa”, dice en medio del asalto, mientras sus cómplices se llevan bombillas o libros de química y álgebra. Sin embargo, su carrera de ladrón se verá frustrada cuando su madre lo obligue a trabajar, pues si bien él abandonó la escuela, al menos deben procurar que su hermana sí asista. Claro, el joven Silvio, quien prefiere quedarse a leer en su habitación, ha de tomar a mal dicha petición: “¿Trabajar, trabajar de qué? […] Hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas, odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo una pena innominable: La certeza de la propia inutilidad”. Así que en su vida fantasiosa, decide hacer ayudante de una librería de viejo (¡!), donde incluso tendrá que cargar la canasta del mandado y lavar baños inmundos: “¡Y yo era el que había soñado en ser un bandido grande como Rocambole y un poeta genial como Baudelaire!”. De esta forma, este personaje irónico, entra al ejército y después lo echan; se vuelve vendedor de papel y sufre las largas caminatas en donde se confiesa que lo único que desea es ser reconocido por los demás, pero cómo ha de hacerlo si a cada apuesta siempre pierde. Todo eso redundará en su última decisión, que es casi la declaración del asqueado hombre de principios del siglo XX (tal vez de todo el siglo): “Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo que sé… de destrozar para siempre la vida de un hombre… y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos”. Novela que aborda al hombre citadino, quien vive atormentado pero diario renace, El juguete rabioso es un libro lleno de sarcasmo, de verdades, incluso de poesía (“No era yo, sino el dios que estaba dentro de mí, un dios hecho con pedazos de montaña, de bosques, de cielo y de recuerdo”). Es también un libro que no tiene la asepsia de otros, pero sin duda cuenta con el coraje y el ánimo que engatusan al lector de sus páginas. Arlt, Roberto (2008), El juguete rabioso, México, Axial, 144 páginas. *Publicado en Adefesio.com

miércoles, 16 de noviembre de 2011

El día de las ratas, de Dyonelio Machado*

Naziazeno es un hombre que se enfrenta a un gran problema: el lechero ha amenazado con dejar de repartirle dicho insumo si no le paga el adeudo que tiene con él. Y claro, está la esposa que lo presiona, pues la leche es básica para la alimentación del hijo, quien ha estado enfermo últimamente, y esto los ha obligado a pedir dinero prestado y las deudas y el trabajo que no da lo suficiente y las peleas y el azote de una puerta… Por ello, Naziazeno debe salir a buscar quién se apiade de él, le facilite el dinero que necesita (no es mucho, pues no pide nada para él o la mujer, sino sólo lo necesario para el bebé. No gastará en manteca, pan o queso, sino sólo en leche, así que quién puede negarse). Con estos elementos, Dyonelio Machado (Rio Grande do Sul, 1895 – Porto Alegre, 1985) describe la jornada de este personaje que parece tener todo en contra. Sin embargo, el lector en vez de apiadarse de él comienza por sentirse incómodo ante su holgazanería, luego se molesta cuando gasta el poco dinero que lleva en jugar a la ruleta (pensando ingenuamente que puede obtener el resto por medio de las apuestas), y termina muy enojado cuando observa cómo la preocupación de Naziazeno se reduce a pensar en medios para obtener el dinero, pero no hace nada por ayudar a sus amigos (quienes con tal de auxiliarlo empeñan un anillo con gran valor sentimental). Así, El día de las ratas es una novela que nos permite acompañar durante 24 horas a este fantasma que deja al destino resolver sus problemas y quien se la pasa de café en café tratando de provocar lástima, pero aprovechándose de la buena fe de los otros. Además, provoca la desesperación del lector cuando presencia cómo Naziazeno prefiere descansar en lugar de levantarse a impedir que las ratas roan el dinero que, aparentemente, tanto trabajo le ha costado reunir: “¡Siente pavor y un frío amargo dentro de sí! Aquel billete verde, grasoso, grasiento, está siendo roído… roído… roído. Ese hecho está ocurriendo ahora… ¡es contemporáneo a él…! Las ratas están royendo allí en la cocina… en la mesa… son dos… son tres… andan de aquí para allá… gritan… bailan… infatigables… afanosas… infatigables… ¡Se va a levantar! Va a hacer otro arreglo. Pero ¿cuál…?”. El día de las ratas es una novela que nos revela que un padre no es capaz de cualquier sacrificio por el bienestar de su hijo, pero sí puede, en cambio, utilizarlo como pretexto para dejar las labores del día, olvidarse de la esposa por unas horas, vagabundear por la ciudad no en busca del dinero, sino de algo que le permita descubrir lo que desea de la vida. El brasileño Dyonelio Machado cuenta que escribió esta novela en veinte noches y si esto es parte del mito alrededor de éste libro, también es cierto que El día de las ratas, que está narrado como si se fuera segando un campo (con frases breves, con descripciones mínimas, con violencia y de forma brusca), convierte a Naziazeno, su personaje principal, en uno de esos hombres consagrados únicamente a sí mismos que nos regalan algunas obras maestras: Bartleby, Stephen Dedalus y Oliveira, por ejemplo. Machado, Dyonelio. El día de las ratas. Adriana Hidalgo editora. 2010. *Publicado en Librosampleados

lunes, 7 de noviembre de 2011

Sobre e-books*



Hace 15 años un profesor nos habló de un “papel electrónico” que estaban desarrollando en el MIT. Nos dijo, según recuerdo, que era como una hoja, pero de plástico, en la que se podrían almacenar libros, revistas y periódicos; tendría una ranura que se conectaría a Internet y así se podría descargar toda la información del día. Me acuerdo que los alumnos supusimos que de ser cierto, esa tecnología llegaría muchos años después y sólo sería útil para ejecutivos de finanzas que desearan conocer los altibajos de sus acciones. Claro, era mediados de los noventa y nadie sospechaba cómo Internet cambiaría nuestra vida.

En ese momento Internet era un servicio muy caro y las páginas web eran pantallas con fondo negro en donde se podía encontrar información tecleando comandos muy similares, si no es que basados, en el programa MS-DOS.

Cuando nos hablaron de un dispositivo como el “papel electrónico”, lo que visualizamos fue un periódico, una revista o un libro con el mismo formato que el impreso sólo que en otra plataforma. Hoy, en cambio, pensar en un e-book permite abrir todas las posibilidades que hasta hace años se conocían como metaliterarias. Me explico. Ahora hay libros impresos que incluyen un soundtrack para escuchar al mismo tiempo que se lee un pasaje especial de la narración, incluso parte de esta prehistoria podríamos hallarla en el libro Generación X, de Douglas Coupland que incluía al margen breves anotaciones sobre términos relacionados al relato y algunas imágenes que ilustraban el punto al que se refería un personaje. Digamos, que exploraba visualmente las antiquísimas notas al pie de página. Con el tiempo, estos libros que primero incluían imágenes y ahora sonidos, fueron reemplazados por sitios web literarios en los que era posible escuchar cierto tema musical al mismo tiempo que si pasábamos el cursor sobre una palabra aparecía la definición de la misma o una imagen. Así, los recursos electrónicos permitieron que el texto literario como tal abandonara lo plano del libro impreso y se resignificara por medio de expresiones ajenas, aunque complementarias, a las letras. Quizá estos recursos sean el verdadero antecedente del actual e-book y no los libros escaneados en la Biblioteca Gutenberg.

Hoy, hablar de e-books no es sólo tratar el tema de los dispositivos en los que se pueden visualizar, sino que nos permite pensar en opciones multimedia que ensanchan los contenidos de un libro. En nuestros días es posible leer en un dispositivo electrónico y hacer anotaciones, subrayados, pero también saber qué hay detrás de un texto: la explicación del autor sobre cierto pasaje, el origen de una palabra, el significado de la misma. Además, algunos libros electrónicos tienen la posibilidad de interactuar con los lectores del mismo texto, la llamada lectura social que propicia el debate y el diálogo entre lectores, algo similar a jugar Play Station con un competidor que está del otro lado del mundo. Es decir, el libro, con estas novedades empieza a visualizarse como un objeto de entretenimiento que debe ofrecer más opciones al lector y no sólo las palabras, que si bien son la base de este “artefacto”, también pueden complementarse con otros recursos. Sin embargo, pareciera que todo esto lo saben sólo unos cuantos y que el autor del texto sigue pensando en editar libros únicamente en papel.

Hace unos meses me enteré del caso de una joven de 27 años llamada Amanda Hocking. Autora de tres trilogías, esta muchacha comenzó a vender sus textos en Amazon a un precio que rondaba entre los 99 centavos y los tres dólares. Hasta el momento en que daba cuenta la nota informativa, la joven había comercializado más de un millón de ejemplares, vendiendo incluso más de 100 mil copias cada mes. Supuse, entonces, que todos los libros los había vendido en un dólar. De esta forma, el millón de ejemplares le había reportado alrededor de 12 millones de pesos. ¿Qué autor mexicano, de 27 años, no, de cualquier edad, ha vendido un millón de ejemplares y ha ganado 12 millones de pesos en un año? Que yo sepa, ninguno. Claro, a esa cantidad habría que descontarle el porcentaje que Amazon cobra y en dado caso, el de la editorial que la hubiera editado. Pensé catastróficamente: de esos 12 millones de pesos, al menos 6 millones eran completamente suyos, pues las editoriales web que pude consultar se quedaban cuando mucho con el 50 por ciento de las ganancias netas, y ese porcentaje ya incluía la mercadotecnia en web, la conversión de los textos a formato digital, así como el pago a Amazon.

Entonces, ¿no convendría publicar en formato electrónico? Los primeros comentarios a los que me enfrenté es que en México no se lee en papel y mucho menos en formato electrónico, además que muy pocas editoriales y librerías tenían disponibles libros en este formato y por eso el mercado no es propicio para hacer un “negocio” como éste.

Entonces, qué había que hacer: ¿quedarse publicando en impreso, a la zaga, a la espera de que en un futuro el libro electrónico nos alcance? Si bien es cierto que en México se lee poco y, según reportan los periódicos, muy pocas personas utilizan dispositivos de lectura, la invasión de smartphones hace viable la publicación digital. Sin embargo, como toda innovación, los e-books levantan sospechas más por desconocimiento que por una causa real.

Así como se menosprecia la autopublicación por sospecharse de una falta de calidad en dicho material (aún se cree que sólo las editoriales avalan un texto), la edición de un #e-book plantea la posibilidad de que el autor se esté autopublicando. Esto se debe a que así como hay muchos autores que acuden con un impresor para publicar su obra, hay otros tantos que acuden a empresas dedicadas a publicar libros electrónicos a cambio de un porcentaje de las ventas (tal como hacen las editoriales tradicionales), sólo que invirtiendo muy pocos recursos (los cuales, algunas veces, son proporcionados por el autor).

Por otra parte, están las editoriales “tradicionales” que empiezan a incursionar en el libro electrónico, pero al ser sus comienzos siguen con la idea de que un e-book es únicamente la versión digital de un texto, sin apostar por incluir herramientas u opciones en dichos libros que permitan crear un libro realmente digital.

Si bien es cierto que muchos de los libros ya escritos deben ser digitalizados, pues esto permitirá el acceso a ellos en cualquier parte del mundo y hará posible tener en nuestro dispositivo de lectura libros hoy agotados, también es verdad que el libro electrónico plantea un reto para el autor, quien ahora deberá escribir para estos formatos y pensar en un libro más allá del texto; es decir, ahora deberá ser un autor electrónico: tal y como los guionistas de televisión deben pensar en los diálogos y en las imágenes, ahora los autores deberán pensar en los recursos tecnológicos que pueden aportar a un lector que ya no se “conforma” con seguir su lectura de principio a fin, sino que debido a sus hábitos de consumo, si en su lectura aparece el nombre de una canción es posible que acuda a Internet para buscar la historia del grupo musical e incluso, para escucharla o comprarla. Es decir, este nuevo tipo de lectura radial posibilita que una novela esté acompañada por esos agregados que antes incluían las ediciones comentadas de los libros y que expandían la llamada lectura lineal o profunda del texto.

Pensemos en Rayuela, de Cortázar, una novela ya escrita y que hoy podría resignificarse gracias al e-book. ¿Qué podría incluir este hipotético libro? Un mapa de París que pueda visualizarse cada que La Maga u Oliveria recorran una calle, que crucen un puente; el capítulo 7 podría acompañarse con la narración del autor que está disponible en infinidad de sitios web. Además, puede incluir la biografía del autor junto con algunos videos o documentales que aborden su vida y obra. Es decir, además de la Rayuela que hoy conocemos, este e-book nos permitiría escuchar al autor, convivir con él y con los otros lectores; nos dejaría, además, ir más allá del texto y profundizar en él (¿acaso no estaría bien que las frases en francés incluyeran su traducción al español y el lenguaje porteño de Traveler pudiera incluir los sinónimos en el español mexicano?).

Habrá quien prefiera los libros en papel y otros en digital, pero el objetivo final es que los lectores se acerquen a los libros de acuerdo a los hábitos de consumo o de lectura que posean. Los libros, como base, tienen un texto literario y habrá quien prefiera leerlo de una forma tradicional, impresa, pero los nuevos lectores podrán también acercarse a él gracias a los e-books.

Es decir, si antes se consideraba que la lectura era un diálogo del lector con el libro, ahora este diálogo puede convertirse en tertulia con otros lectores, el autor mismo y el libro y sus anexos.

El e-book no sólo consiste en incluir tecnología en un libro, sino en saber qué hacer con esa tecnología para convertir al libro en un producto no sólo cultural, sino de consumo para los nuevos tipos de lectores, al mismo tiempo que toma en cuenta a los lectores tradicionales. De ahí que sea tan importante cambiar nuestros hábitos de consumo; es decir, darle una nueva oportunidad a estas plataformas de lectura que no compiten con el tradicional libro impreso, sino que sólo expanden la oferta de libros generando, a su vez, nuevos lectores.

*Publicado en Librosampleados

La invención de un mito rockandrollero*



Con su novela Luz estéril Iván Ríos Gastón había conseguido retratar a la generación que en los noventa vivía su juventud: drogas, aburrimiento, experiencias extremas… Ahora, con su libro Broadway Express consigue, además, inventar (para esa generación y para cualquier lector) un nuevo mito de la música: Ian Beckam. Asimismo, nos revela un Nueva York con reminiscencias del 11 de septiembre, pero que ha superado ese único suceso para transformarse en la capital de un universo literario.

Compuesto de cinco aparentes cuentos, Broadway Express es en realidad una novela divida en cinco capítulos, pues los personajes que cruzan por estas páginas, además de interactuar entre las diversas historias, van más allá de la anécdota que se vive en los relatos. Son individuos quienes crecen a lo largo del texto: están bien trazados y por eso los sentimos junto a nosotros, los vemos sentamos en el Metro que a diario abordamos, los escuchamos hablar y nos interesan sus palabras: “no teníamos hijos ya que, por fortuna, Debra es tan egoísta como yo”, “la religión, al menos, es un defecto histórico-cultural. Con tantos siglos de hegemonía, se ha ganado el derecho a decepcionarnos”.

Estos cinco momentos que Ríos Gastón le robó a Nueva York se podrían resumir en la ilusión de un hombre porque sea verdad lo que dice el libro El secreto y así, al decretar que una mujer se enamore de él, lo consiga; el abandono de dos amantes y la travesía de una de ellas por las calles de esta ciudad donde encontrará sensual a una mujer gorda; la canción que comparten dos amantes y la fascinación que él siente por oír las aventuras sexuales de la mujer a quien se niega a penetrar; la búsqueda de un reportero sobre la verdadera causa de la muerte del rockero Ian Beckam, y la decadencia de Max Stein, afamado crítico literario quien pierde la cordura cuando una mujer lo abandona.

Broadway Express logra envolvernos en una atmósfera donde es posible escuchar el soundtrack que resuena en cada relato: “la nostalgia de Diane fue desplazada por la imagen de Johnny Cash que sonaba en mi mente y, sobre todo, por la ansiedad que me inspiraban la paz, la libertad recuperada y la aventura”. Asimismo, Ríos Gastón se burla de sus personajes y de esta forma los vuelve más entrañables: “cuyo lujo eran dos pilas de libros, otra torre semejante de compactos y unas cuantas películas de cine de arte, los tesoros de un esnob frustrado”.

Sin embargo, todos estos encantos quedan de lado al leer sobre Ian Beckam y su historia contada por un reportero quien da seguimiento al asesinato del rockstar. Es una mezcla de nuevo periodismo, con tintes filosóficos, con música de fondo y con un personaje decrépito (pues “los genios son más imperfectos que el resto de los mortales”) que resulta incomprendido por todos quienes lo rodean, menos por el lector. “Una historia está hecha de alegorías. Para descubrirlas, sólo necesitas un poco de paciencia…”, se lee en algún momento.

Hay en esta parte de la novela momentos vívidos que se pueden visualizar, como si estuviéramos disfrutando una película mezcla del antiguo Woody Allen, con música de Joaquín Sabina, frases del El guardián entre el centeno y nos lo estuviera relatando Truman Capote: “‘Ah, Todo se debe a que no sabes lo que estoy haciendo… Te lo voy a mostrar…’”, le contesta Ian Beckam a su esposa, durante una pelea marital antecedida por días esquivos, por drogas, por infidelidades, “Tomó la guitarra y cantó ‘Ghost’s Diary’, quizá la rola más hermosa del Barren Light, y me derrumbé completamente… ¿Quién es ella?, le pregunté cuando acabó. Sin dudarlo, respondió: Se llama Sarah. Es modelo. Neoyorquina. She put a spell on me… Y como una lluvia torrencial, los recuerdos me empaparon de arriba abajo”, señala la desencantada esposa.

De esta forma, Broadway Express es un libro en donde el lector termina siendo cómplice de los personajes; donde cada vez que ellos sufren, el corazón duele, y donde así como en Luz estéril las personas nacidas en los setenta podían sentirse personajes secundarios que habitaban esas páginas, ahora en esta novela el lector se transforma en un voyeuar sentimental que llora por la muerte de Ian Beckam y se regocija con cada una de las felaciones que humedecen esta novela.

Ríos Gastón, Iván (2011), Broadway Express, México, Ediciones cal y arena / Círculo Editorial Azteca, 280 páginas.

* Publicado en Adefesio.com

lunes, 31 de octubre de 2011

Sobre el estilo, AA. VV.*



Hablar del estilo de un autor es referirse a su transposición en letras, en imágenes, en oraciones. Por eso el conde de Buffon, al ingresar a la Academia Francesa en 1753, diría que “el estilo es el hombre mismo”. Pero qué se puede decir de este asunto (a quién censurar, a quién elogiar), en qué consiste la propuesta de un escritor si no es en el estilo mismo y en ciertas tendencias narrativas.
Sobre el estilo es una selección de cinco ensayos en donde se aborda dicho tema, además de hacerse un análisis de El Paraíso perdido, de Milton, con base en la sencillez del texto y las cumbres ideológicas que puede alcanzar.
El primer ensayo, de Jonathan Swift (1667-1745), es una irónica propuesta para liberar a los libros de adornos en portadas y para hacer de ellos objetos que muestren el buen uso del lenguaje: “Me comprometo a enviar a usted un catálogo de libros ingleses publicados en los últimos siete años, que de entrada le costarían cien libras, y no podrá encontrar en ellos diez renglones de buena gramática o de sentido común”, dice Swift quien agrega que estos aportes extras no son sino modos de ocultar la falta de ingenio, de sentido, de humor y de cultura que deberían ser indispensables en cualquier escritor.
Por su parte, David Hume (1711-1776), hace un alegato por escribir con sencillez, imitando la realidad pero sin ser una copia de la misma. Respecto a la experimentación, acota que los textos que sorprenden sin ser naturales, no pueden brindar un entretenimiento duradero: “Las expresiones poco comunes, los fuertes toques de ingenio, los símiles exagerados y los giros epigramáticos, en especial cuando aparecen con excesiva frecuencia, son un desfiguro, en lugar de un embellecimiento del discurso”. Añade, quizá de forma humorística, que los libros son como las mujeres: las sencillas y con buenos modales resultan más gratas que las muy pintadas y engalanadas por vestimentas, quienes pueden deslumbrar el ojo pero no llegar a los afectos.
El puntilloso y siempre atinado William Hazlitt (1778-1830) cierra el libro con el ensayo “Sobre el estilo familiar” en donde no sólo apuesta por la sencillez, sino que exige la precisión en el uso de las palabras. Adelantándose a lo que Ernesto Sabato diría sobre los escritores que usan palabras grandilocuentes para ocultar lo poco que tiene que decir, Hazlitt se sorprende al comentar: “¡Qué fácil es ser digno sin soltura, ser pomposo sin significado!”. Este texto, además, abunda no sólo en el estilo, sino en el significado de las palabras y su revalorización de acuerdo al uso de las mismas. “La fuerza propia de las palabras no se encuentra en ellas mismas, sino en su aplicación. Una palabra puede tener un sonido bello, ser de insólita longitud y muy imponente, porque muestra su cultura y novedad, y sin embargo, en la conexión en que se la introduzca puede ser absolutamente absurda e improcedente. No es la pompa o la pretensión, sino la adaptación de la expresión a la idea, lo que asegura el sentido de un escritor”.
De esta forma, Sobre el estilo es un llamado de atención a las literaturas que ponen toda su atención en los experimentos verbales, en las historias sorprendentes; es una defensa de las historias que convierten a las palabras en literatura gracias al buen uso del idioma. Es decir, no está en contra de ninguna temática, sino del despliegue de adornos que se anteponen a la escritura correcta. Es, por decirlo de algún modo, una alerta a quienes creen que escribir de forma sencilla es lo más fácil y por eso privilegian los modismos, la experimentación, el despliegue de temáticas complicadas. Se podría decir que así como los pintores deben primer dibujar con los moldes clásicos para llegar después a la experimentación conceptual, estos autores recomiendan primero escribir de forma correcta y ateniéndose a las normas, para después crear un nuevo estilo. Claro, vale aclarar que todos ellos son autores de los siglos XVII al XIX (pero sus consejos no han pasado de moda)…

Swift, J.; Addison, J.; Hume, D.; Lamb, C. y Hazlitt, W. Sobre el estilo. UNAM, 2006

*Publicado en Librosampleados

jueves, 27 de octubre de 2011

De experimentación y pecado*



Las vanguardias literarias que surgieron durante la primera mitad del siglo XX intentaron transformar la literatura desde muchos puntos de vista: olvidándose del hombre como personaje principal, privilegiando a la máquina y el futuro como elementos creativos, atendiendo al impulso inconsciente a la hora de crear y agrediendo las normas establecidas de la lengua, entre otras formas.

Así, para la mitad del siglo, ya había experimentos que se enfocaban en dislocar el lenguaje como fue el caso de En la masmédula, de Oliverio Girondo (“en los enlunamientos / en lo erecto por los excesos lesos del erofrote etcétera / o en el bisueño exhausto del ‘dame toma date hasta / el mismo testuz de tu tan gana’”) o, posteriormente, la creación del gliglico cortazariano: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sústalos exasperantes”.

Erik Martínez (México, DF, 1961), así, en su novela Las virtudes capitales prosigue por este camino y hace que el lenguaje se convierta en el actor principal de su libro. ¿El tema? Una prostituta lee el periódico donde anuncian que tres agentes del orden fueron degollados y se encontró también el torso destetado de una señorita, además hace el recuento de los hechos (al parecer fue testigo) y los reinventa una y otra vez, hasta el infinito, añadiendo detalles, personajes, citas literarias. En algunas ocasiones hay marines estadounidenses en el burdel manteniendo relaciones sexuales con prostitutas y prostitutos; en otras es un señor muy importante quien es fotografiado en orgías con niños; algunas veces más son los regentes del lugar quienes platican cómo podrán sacar mejores ganancias (asaltando a los clientes ebrios, por supuesto). Pero todo esto ocurre en una ciudad fronteriza, así que los personajes hablan en una especie de espanglish, mezclado con nuevas palabras.

La novela, de esta forma, hace a un lado a los personajes y deja que el lenguaje sea el protagonista de este enredo: “pero me adelanto (debería decir mejor me atraso), me pierdo, otra vez, perdón, porque yo estaba recordando al Apo, en pedacitos, y no, que me he vuelto a perder, voy en reversa otra vez, échenme aguas, quebrándome toda, dele, dele güerita, ai ta güeno, ai sale, que Dios la cuide, que le vaya bien, ora sí derecho al pinche güero productor…”.

Hay momentos, sin embargo, en que esta experimentación es demasiada y pierde al lector que únicamente ya se guía por el ritmo de las palabras (que llega a sonar a cacofonía): “En el rito diario de ir al puesto de diarios a comprar el diario le comenta ella al mulato ella una de las así coronadas con esa aura áurea de ser aún de las potables que leer no es como coger pinche negro que si te gustara un chirris la panocha bien lo sabrías”.

Y entonces, sin saber muy bien cómo, de repente uno se encuentra entre problemas entre narcos, en medio del pecado que surge en un burdel donde lo mismo se confunden las viejas prostituas con los trasvestis y los niños (hijos de las prostitutas), con soldados enfermos, con sidosos famosos, con políticos que cambian un acostón por una orden de dejar pasar, por hacerse de la vista gorda…

Las virtudes capitales es, de esta forma, un libro que se convierte en un río agresivo de palabras, donde es muy fácil hundirse, pero donde también se puede experimentar el vértigo y la emoción que provocan lo arriesgado, pues tal vez, como se nos dice en el final, después del recuerdo, de la resignación “the rest is silence”.

Martínez, Erik (2008), Las virtudes capitales, México, Editorial Resistencia, 88 páginas.

* Publicado en Adefesio.com

lunes, 24 de octubre de 2011

Gangster de ultratumba*



Hay muchas campañas de lectura que pretenden acercarnos a los libros: porque nos hacen mejores personas, porque nos crean una conciencia crítica, porque estimulan la imaginación, pero pocas nos dicen que se puede leer por diversión. Para eso, claro está, se requieren textos que sean entretenidos, que su historia avance de forma atractiva y que los personajes sean verosímiles y cercanos al lector para que éste pueda identificarse con ellos y de esta forma disfrutar lo que se narra. Gansgter de ultratumba, de Rafael Tonatiuh (Xalapa, Veracruz, 1964) es una muestra de este tipo de libros que se disfrutan y nos dibujan una sonrisa.

Alevy, “Ale” para los amigos y “Don Alevi” para sus subordinados, es un joven científico que viaja a Las Vegas para intentar volverse millonario. Lo acompaña su novia Bethzy, quien ve esas vacaciones como una oportunidad para comprar algunos recuerdos, visitar algún museo y conocer el campus de la Universidad de Nevada. Ambos, sin embargo, desconocen que son los personajes centrales de una conspiración cósmica en la que la existencia del universo está en juego y, curiosamente, cada que Alevy arroje los dados sobre alguna mesa de craps se desencadenará el “final”.

En esta aventura los acompañarán algunos arcángeles enviados por el Sacro 1, y convivirán con espíritus malignos que encarnarán en sus cuerpos, así como delincuentes famosos y diosas de la belleza. Así, Alevy será poseído por Samael, un ser divino que anhela adueñarse de Las Vegas para aumentar la energía negativa universal y así lograr la desaparición de nuestra realidad (consiguiendo con ello la derrota de Sacro1). Pero para esto deberán recurrir, también por medio de la encarnación, a Bugsy, un jugador profesional que vivió a principios del siglo XX y quien participó en la fundación de Las Vegas. Por su parte, Bethzy se convertirá en la depositaria de las almas de Virginia Hill, la amante de Bugsy, y de Lilith, aquel ser primigenio que se reveló a Sacro 1.

Gangster de ultratumba, con estos personajes, se convierte en una mezcla de El Padrino con ciertas novelas de Raymond Chandler, donde enormes negros ataviados de forma atractiva se convierten en los eslabones de la historia. Además, combina una prosa divertida y precisa. Por ejemplo, el narrador cuenta: “Alevy lo miró con ojos de un rinoceronte con encabronadamente mal humor” o se escucha a Lilith decir: “¡No soy una dama, pendejos, así que dejen de hablar como Shakespeare en mi presencia!”.

Además, esta novela de tintes policíacos, se permite las reflexiones (“¿Cuál es el motivo por el que existe todo? Porque Dios lo creó. ¿Y por qué Dios lo creó? Para auto-conocerse”) con la broma recurrente, como cuando en medio de una escena melodramática el narrador se inmiscuye con un detalle para hacernos reír: “Sacó de sus bolsillos un mechón de caireles envueltos en cinta roja y lo arrojó en un tambo de basura orgánica (la lata de refresco la depositó en la basura inorgánica)”.

Con una mezcla de arcángeles que se drogan y otros que quieren vacaciones para pintar sus casas, recuperar discos prestados y escribir poesía, Gangster de ultratumba muestra el tono relajado que Rafael Tonatihu utiliza en sus columnas de Milenio Diario, al mismo tiempo que nos muestra a un Patricio Betteo (ilustrador del libro) que logra darle vida a estos personajes con trazos muy al estilo del libro vaquero o de Frank Miller (si es posible esta relación). Así, esta novela es el perfecto ejemplo de por qué se debe leer: porque hacerlo, al igual que ver la televisión, jugar al billar o entretenernos con un videojuego, resulta divertido.

Tonatiuh, Rafael (2008), Gangster de ultratumba, México, Editorial Resistencia, 120 páginas.

* Publiacado en Elhorizontal.com

El circo de la soledad, de Patricia Laurent Kullick*



Sylvia Plath, en uno de sus poemas, confiesa que es vertical, pero preferiría ser horizontal, abandonar las costumbres impuestas y sentirse libre, dejar el papel de madre para poder tenderse junto a los árboles y platicar con el cielo… Las mujeres de El circo de la soledad, de Patricia Laurent Kullick (Tampico, Tamaulipas, 1962) sin embargo, son semi verticales: “Somos producto de lo que miles de años se ha considerado femenino y masculino. Mejor dicho, somos un semi producto. Seguras de estar a la par con la liberación de la mujer, puesto que todas somos profesionistas y madres […] No hemos podido conciliar nuestro deseo con nuestras acciones”.
Estas mujeres, además, son cinco amigas que se reúnen los viernes a tomar, a olvidarse de sus vidas desgraciadas, a fingir que todo está bien, aunque el suelo donde caminan esté quebradizo. Miguela, por ejemplo, es una mujer casi loca, obsesionada con hacerle escenas de celos y de ruptura a su esposo (un gringo que se siente mexicano), y quien también habla con “la Fosa”, un hueco que ella percibe en su cerebro y que es el resultado de sus lecturas y de su manía por imaginar (al parecer es escritora). Son tales sus arrebatos que sus amigas no la toman muy en serio (¿y cómo hacerlo si para llegar al equilibrio mental y espiritual come chiles al por mayor?).
Por su parte, Sara es la amante de Valdemar (el esposo de su amiga Pilar) y aunque sabe que está siendo injusta al traicionar a Pilar, su gusto erótico la obliga a vivir a escondidas, disfrutando de los buenos momentos que Valdemar le brinda.
Eva, en tanto, es una mujer que al morir su primogénito quedo embalsamada: su matrimonio se vino abajo y es incapaz de confesar el secreto que guarda: haber visto morir a su hijo (enfermo terminal) cuando se aventó al río para suicidarse.
Pilar es la esposa engañada, la fiel, la que siempre está preocupada por sus hijos, porque el lunch vaya perfectamente guardado, porque al esposo no le falte la comida caliente, porque todo en su vida sea orden. Sin embargo, sus celos la obligan a cometer una imprudencia.
Por último, Aminta es la mujer reservada, que no es capaz de liberarse ni siquiera en su interior: vive un matrimonio aburrido y para escapar de él sale en busca de taxistas con quienes se acuesta en moteles baratos y con quienes comparte las caricaturas que veía en su niñez.
Así, con estas características, el viernes cuando ocurre esta reunión a la que asistimos, Pilar llega para decirles que teme haber matado a Valdemar, y mientras acompañamos a estas cinco amigas en un viaje, descubrimos no sólo el alma de estas mujeres, sino la eficacia narrativa de Laurent Kullick. Es decir, sus personajes no son los de una novela feminista, sino mujeres que nos muestran sus entrañas en cada frase: “Lloraba y hablaba de sus intentos fallidos como mujer […] pero no es la muerte –decía-, ni siquiera el sueño, es el inicio de un viaje a la insensibilidad, como una inyección de anestesia en el corazón”, “No puede convencerla que prefiere mil veces que ella esté tranquila. Prefiere saber que la protege un poco de sí misma y convencerla de que ella es la casa de él, el país de él, la única geografía que reconoce”, “Si yo supiera que es tristeza, me quedo aquí, sintiéndola. Si supiera que es espera, me siento frente a la ventana. Si reconociera la depresión, me meto pastillas. No reconozco nada. Ni siquiera puedo asirlo en el lenguaje para describirlo. Siento, pero ignoro qué. No puedo decir más”.
Al mismo tiempo, Laurent Kullick juega con el lenguaje, con la amargura, con la tristeza y con el drama. Es capaz de convertir una reflexión en una sonrisa: “Guy piensa que es como estar viendo un baile que al principio es sensual en sus movimientos, pero después es aburridamente repetitivo. Y sin embargo, no quita la vista del baile de su mujer, porque sabe que es la manera de apoyarla, como un gran amigo que ve el mismo número teatral y siempre felicita a los artistas por los cambios en la rutina que en la realidad jamás ocurrieron”, narra Laurent Kullick sobre el stripteasse de Miguela.
El circo de la soledad es una entrañable novela, una road movie al estilo de Thelma y Louis; es un viaje a las entrañas de cinco mujeres que si algo consiguen es ser queridas y protegidas por el lector; es un libro que retrata a la generación de cuarentonas que, al igual que Sylvia Plath, son verticales, pero preferirían ser horizontales.

Laurent Kullick, Patricia. El circo de la soledad. Ediciones intempestivas. 2011.

*Publicado en Librosampleados

viernes, 14 de octubre de 2011

Sagarana, de Joao Guimaraes Rosa



Se dice que Joao Guimaraes Rosa (Minas Gerais, 1908-Río de Janerio, 1967) era un oscuro burócrata, quien en su oficina rara vez aceptaba visitas, pero cuentan que a una de las pocas personas que recibió fue a Juan Rulfo, de quien admiraba su forma de escribir (Rulfo, por cierto, también tenía en gran estima las obras del brasileño).

La biografía de Guimaraes es casi la de un personaje literario: dominaba diez idiomas que había aprendido de forma autodidacta, por ejemplo, y aunque en 1963 había sido electo para ingresar a la Academia Brasileña de Letras, por un oscuro presentimiento, dilató su ingreso formal hasta noviembre de 1967: “[Guimaraes Rosa] había prevenido a un par de amigos que si durante el lago discurso (una hora y quince minutos) sentía flaquear el corazón, haría una discreta señal con la mano para prevenirlos. Pero la ceremonia se realizó con toda felicidad y pompa. El corazón resistió el duro trance, la emoción de los aplausos, la corriente cálida de la amistad. Tres días más tarde, el domingo 19, se quedó solo en su casa mientras su mujer iba a misa con una nietecita. Estaba en su escritorio y se entretuvo en hablar por teléfono con unos amigos. Al término de esas conversaciones se sintió mal y llamó por teléfono a una antigua secretaria. Mientras le contaba que temía una crisis asmática y pedía socorro, se quedó callado. Cuando llegó su mujer ya estaba muerto”, relata Emir Rodríguez Monegal.

Seguir leyendo: http://sdl.librosampleados.mx/2014/02/sagarana-jguimaraesr/

miércoles, 5 de octubre de 2011

El bosque de los abedules, de Jaroslaw Iwaszkiewicz*



El odio entre hermanos quizá sea el más profundo: viene de las rivalidades, del conocimiento del otro y de la infancia. Hay ocasiones que no se sabe que habita en nosotros y sólo al volver a convivir como familia ocasiona que todos esos resquemores se vuelvan actuales. Eso, al menos, es lo que le pasa a los personajes de El bosque de los abedules, de Jaroslaw Iwaszkiewicz (Kalnik, Ucrania, 1894-Varsovia, 1980).
Stas es un moribundo que va en busca de un lugar donde descansar y para ello no encuentra mejor sitio que la casa de Boleslaw, su hermano que vive en el bosque y que recientemente enviudó. Ahí, presiente, podrá encontrar la paz que le permitirá llegar a una muerte tranquila. Sin embargo, “Ya en la forma como Stas descendió de la calesa frente a la terraza había algo que irritó a Boleslaw”. Así, esta novela nos cuenta los desencuentros y pasiones que surgirán entre estos hermanos.
Stas es un tuberculoso que ha recorrido el mundo, Boleslaw es un trabajador ejemplar, que vive en un mutismo que ni su pequeña hija Ola ha logrado romper. Son, por decirlo de una manera, un moribundo lleno de vida y un hombre sano que sólo sobrevive. Por ejemplo, para Boleslaw: “La tumba y el cuerpo [de su esposa] para él carecían de existencia, sólo sentía infinitamente la muerte de esta mujer fea pero amable, que durante algunos años había sido su esposa… Sufría su ausencia y recordaba su agonía. Ésta era la única e insustituible realidad”. En cambio, Stas acompañado de un piano que mandó a traer del pueblo más cercano, tocaba música alegre, le contaba historias a su sobrina, caminaba por el bosque y se relacionaba con los empleados de Boleslaw; es un hombre de charla fácil y, más aún, con este encanto conquistó a una de las trabajadoras de su hermano (quien después se volverá la obsesión moral y erótica de Boleslaw).
El bosque de los abedules es una novela que explora los peores sentimientos en el hombre. Está enclavada en un pequeño bosque donde dos hermanos se convierten en enemigos por aquellos sentimientos tan profundos y humanos como los celos. No es que Boleslaw desee lo que Stas representa, sino que siente envidia de no poder ser como él. A eso, además, se suma el darse cuenta que su vida ha sido un continuo flotar en la superficie (lo que provocó que no descubriera que su esposa le era infiel con un hombre que contaba historias fantásticas a su hija). “Boleslaw advirtió que la muerte de Stas le había resuelto la vida. Con la muerte de su hermano llegaba la serenidad anhelada y la aceptación cabal de los incidentes pasados”.
Sin embargo, al morir Stas la historia no termina, sino que se potencian las reacciones de Boleslaw lo que permitirá que al final del libro descubramos cómo la desesperanza es capaz de engendrar vida y cómo las vidas insignificantes son las que más nos retratan como seres humanos.

Jaroslaw, Iwaszkiewicz. El bosque de los abedules / Madre Juana de los Ángeles. Universidad Veracruzana, Biblioteca del Universitario, 2010.

* Publicado en Librosampleados

lunes, 26 de septiembre de 2011

Todo cuenta




Hay libros que en realidad son espejos mágicos que nos permiten ver el pasado, el presente y el futuro. Algunos de ellos, además, nos permiten ser mejores personas al identificar nuestros defectos. Y muy pocos tienen la sabiduría a flor de cada palabra. Todo cuenta. Del pasado remoto al futuro incierto, de Saul Bellow (Lachine, Quebec, 1915), es un ejemplar que reúne todas estas características.

Bellow, premio Nobel de Literatura en 1976, es un judío que emigró muy pequeño a Estados Unidos, que descubrió el Nuevo Testamento y a Jesús tras una enfermedad, y que en este libro hace un recuento de su vida, de los hechos históricos que influyeron en ella, a la vez que realiza un balance de aciertos y errores: “No he sabido comprender las cosas que he escrito, los libros que he leído, las lecciones que me han dado, pero he descubierto que soy un autodidacta de lo más persistente, con ganas de rectificar. Es muy posible que no haya alcanzado mis objetivos, pero a pesar de todo es una gran satisfacción haberse librado de viejos y tenaces errores. Para entrar en una era de errores mejorados”.

Reunión de ensayos, artículos y apuntes de viaje, Todo cuenta... es la biografía intelectual de este escritor que no teme ser reaccionario, sino a no ser consecuente con sus ideas. Es, asimismo, un repaso por la vida de Estados Unidos durante las primeras décadas del siglo XX: la Depresión, las guerras mundiales, el descubrimiento de nuevas formas de hacer literatura. Pero es también un cúmulo de “impresiones verdaderas” en donde se analiza a los políticos y a los intelectuales, a los escritores y a la gente común y corriente; es una lupa que nos revela gestos mínimos de una sociedad que, desafortunadamente, sólo ha cambiado en muy pocas cosas.

Algunas citas: “La democracia no puede prosperar si los dirigentes carecen de pedagogía o capacidad de brindar consuelo” (1983), “Las personas con formación universitaria están más alejadas del arte y el buen gusto que hace una generación” (1975), “Los escritores no representamos adecuadamente a la humanidad” (1976), “Nos sentimos abrumados al admitir los límites de nuestra eficacia en la esfera pública, al sentir el peso de la carga que nos han puesto sobre los hombros y la complejidad de todo lo que debemos tener en cuenta, al percibir el miserable estado del debate público” (1992), “Disentir es peligroso. Y sin embargo, como todos debemos saber, huir de los riesgos de la discrepancia es cobardía” (1992), “Ser moderno, ya saben, significaba haberse alejado de la tradición y los sentimientos tradicionales, de la política nacional y, por supuesto, de la familia” (1983), “La gente cultivada conserva algún elemento bárbaro, y últimamente tengo cada vez más la impresión de que somos primitivos desprovistos de capacidad de asombro” (1990).

Todo cuenta... es una marejada a la que no le importa arrastrar viejos dogmas ni arquetipos; es la confesión (a través de las ideas) de un hombre consiente del tiempo que le tocó vivir y cuya única búsqueda es ser fiel a sus principios; es la voz de un escritor que analiza y critica, que vislumbra su vida al regresar a su pasado: “Pertenezco a una generación, hoy en gran parte desaparecida, que sentía pasión por la literatura, creyéndola una indispensable fuente de iluminación del presente, de capacidad de reflexión”. Todo cuenta... es un libro, pero también la revelación de un hombre que habla poco, pero cuando lo hace es porque tiene muy claro lo que dirá, pues “cuanto más cerrada se tenga la boca, más fértil será uno”.

Bellow, Saul (2007), Todo cuenta. Del pasado remoto al futuro incierto, México, Debolsillo, 416 páginas.

lunes, 19 de septiembre de 2011

La apuesta lingüística de unas cartas ajenas*



I

En algunas narrativas hay una capacidad evocativa que va más allá de lo que se enuncia. No es una metáfora que nos muestra algo semejante a lo que se dice, tampoco es una intención oculta, lo que llamamos leer entre líneas, sino que se trata de un desenvolvimiento que permite observar varios planos de un momento preciso, sin que se narren específicamente. Por ejemplo, Joao Guimaraes Rosa, en el inicio de "El aviso del morro", anota: “Desde allí, el ocre del camino, como de costumbre, es una S que comienza una gran frase. Iban, sierra arriba, cinco hombres por el borde divisor. El día lejos de su mitad, solemne sol, las sombras de los hombres daban sobre el lado izquierdo”. Aquí, esa “S” que nos especifica el narrador nos permite visualizar la forma del camino que se recorre, pero al mismo tiempo es un acento que resalta las palabras que contienen dicha letra, es como si marcara con negritas cada una de esas palabras para lograr una cadencia o un ritmo en la lectura.

Otro ejemplo se observa en Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada, quien relata: “Se hacía llamar Néstor Bores. Fuereño de ojos borrados cuya aparición causó mucho meneo colectivo. Se trataba nada menos que de un líder estatal, uno de esos del partido que más polvareda hacía, o sea el de la Dignidad, según dijo en su momento, y con lujo de altavoz, al convocar con prestancia a quienes desearan ir adonde se había parado y, por ende (tras la angustia de no saber ¿qué?, o ¿por qué?, de la mayoría respecto… a ver… ¿se deduce?), presencia justificada para entrever soluciones o al menos procedimientos, siendo que, mero deslinde: en un lapso de dos días corrió el ingrato rumor (la matanza de unos cuantos y el desbalague de muchos), a saber cómo corrió, como sea pero llegó hasta sus mismos oídos y Trevita no está cerca.”

En este pasaje la voz entre paréntesis nos muestra la reacción del pueblo, misma que no es necesaria, pero que al enunciarse nos permite visualizar la escena completa, y no sólo eso, sino que busca la complicidad de un lector atento al dejar inconclusa una idea y preguntarnos “¿se deduce?” o al aclararnos a que se refiere el ingrato rumor tal como había sido difundido.

Así, estas frases que se agregan potencian la capacidad evocadora de un texto y permiten la existencia de un universo gracias a estos mecanismos lingüísticos que van más allá de una descripción o una adjetivación afortunada.

Estos textos, por decirlo de alguna manera, se arriesgan con el lenguaje y experimentan directamente con el lector final, conminándolo a no perder la atención y a ser un sujeto participante en la creación del mundo que se está contando.

II

Cartas Ajenas: La obsesión de cambiar la vida de otros, de Geney Beltrán Félix (Culiacán, 1976) cuenta la historia de un hombre no gris, sino oscuro: un empleado de correos llamado Mariolario quien un día decide hurgar en las cartas que llegan a la oficina postal e intervenir en la vida de los destinatarios de dichas misivas. Con esto, pretende mejorar el mundo impidiendo que un hombre muera solo, sin saber de su hijo; o llevándole consuelo a un editor que ha perdido a su amante; o relacionándose con una joven quien tiene el don de la clarividencia y lleva consigo un karma que afecta a quienes la rodean.

Esta novela es una historia que profundiza en la naturaleza del hombre, con sus pros y contras, y nos muestra cómo el mundo puede ser el mejor escenario para lograr que los hombres solos se conviertan en mesías que llegan a la locura.

Además, explora el lenguaje e intenta sacarle el mayor provecho mediante la evocación de frases que expanden lo ahí enunciado: “¿Todo así muy complicado? Era como si en su pecho se deslizaran patitas de hormigas: un ticliteo oxigenado que le volvía inviable pensar (en otra cosa). Podría regresar con el portero, soltarle más billetes y pedirle que la próxima vez que Omar llegase al edificio: Me echa porfa una llamada, quiero conocerlo de lejos; pero tanta insistencia y cohecho podrían provocar un recelo mayor (¿llevarían al portero a delatarlo?).”

Así, con explicaciones no pedidas, con aclaraciones innecesarias, Geney Beltrán logra que una simple acción (la duda sobre corromper a un portero) se convierta en un pacto con el lector, pues le permite visualizar cada uno de los hechos ahí expuestos y adentrarse en la mente de los dos personajes que intervienen en esta escena, así como del narrador que se desliza en la historia: “¿Todo así muy complicado?”.

Esta primera novela muestra un compromiso con el español y si bien la historia avanza de manera clara (pues nunca se prioriza el lenguaje sobre la historia, ni viceversa), nos muestra a un narrador a quien le gusta jugar y arriesgarse en el momento de contar. A veces lo logra con mayor acierto, pero las ocasiones que no lo consigue logra al menos (y eso ya es decir mucho) una prosa clara y eficiente. Muestra de esto es una de las últimas escenas donde Mariolario contundente desvaría: “Llevaremos un mensaje. ¿Me están entendiendo? Una imagen de lo que pronto viene. Es una quimera, un incendio viable: una sola hoja con las palabras de los hartos, los vencidos, los de la indignidad forzada por tanta injusticia como arena en su boca”.

Cartas ajenas… es un libro difícil de seguir, pues busca un lector atento, quien al final verá recompensados sus esfuerzos; es una novela que requiere un doble esfuerzo, pero también, y este lo considero su mayor logro, es un regreso a la literatura comprometida consigo misma, que va más allá de la historia y que por lo mismo nos muestra a unos personajes, a un narrador y al escritor tras la pluma. Cumple con aquello que decía Pedro F. Miret: “El arte no es un filete que se puede pedir ‘término medio’ o ‘bien cocido’ según el gusto del cliente. Hay que dar libertad al cocinero y estar preparados a que nos lo pueda servir quemado algunas veces” y este filete está casi en su punto, pero nos muestra a un cocinero experimentado, quien sabe qué es lo que busca: el lenguaje como gran potenciador de mundos ficticios.

Beltrán Félix, Geney (2011), Cartas ajenas. La obsesión de cambiar la vida de los otros, México, Ediciones B.

*Publicado en librosampleados

Un sentimiento llamado rencor*



Saña, de Margo Glantz (Ciudad de México, 1930) podría ser un diario de viaje: por La India, Estados Unidos y México; pero también por las obsesiones de la autora: el poeta Rimbaud, el pintor Bacon, el músico Scarlatti. Podría ser lo que se conoce como blog, pues las reflexiones acompañan a las minificciones, a las ideas sueltas, a los sucesos que despiertan un interés cierto día en específico, pero decir que este libro podría ser lo anterior sería reducirlo a un mero aglomerado de anécdotas.

Saña es más bien un recuento de vida, no tanto porque hable de la autora, sino porque explora temas que han estado presentes en su obra: la mujer, la moda, la crónica diaria. Es un libro fragmentario, por su constitución, que al terminar de leerlo adquiere unidad: una idea que se construye alrededor del odio, del rencor, de la inhumanidad que es capaz de vivir en el hombre en diversos momentos: los campos de concentración, el Rimbaud traficante de armas, las carnicerías durante las monarquías, la vanidad en el arte y en la modernidad.

Un ejemplo de lo anterior (y del agrio humor de la autora) es el texto llamado “Cuestión de óptica”: “Desde la pica donde llevaban su cabeza guillotinada, la princesa de Lamballe gozaba de una vista privilegiada de la Bastilla”. ¿Risa, amargura, novedad, qué sentir tras leerlo?

Hay en estos textos, además, una continua exploración por los datos curiosos que dan sentido a algunos aspectos de los artistas antes mencionados, pero también a la visión que tenemos de asuntos tan importantes como el descubrimiento de América: “Muchos tipos de hombres fantásticos vivían en América, antes de la llegada de Colón. Por ejemplo los que en lugar de cara humana tenían cara de perro”.

Así, fijándose en características físicas, en apariencias, dándole importancia al contexto que rodea a los individuos, Glantz logra pequeñas historias que justo antes del punto final adquieren sentido. No en balde, se obsesiona por ver a través del microscopio para ofrecernos a seres que más allá del mito son figuras incluso grotescas. De Bacon, por ejemplo, cuenta: “Bacon, estricto traje oscuro, corbata a rayas, calcetines de rombos color gris antracita con blanco, los labios pintados de rojo carmesí. Quiero que mis cuadros tengan el mismo efecto inmediato que tiene un animal en los instantes posteriores a la casa, dijo en Rodesia, hoy Zimbabwe. Agrega: los policías son increíblemente sexy con sus pantalones cortos almidonados y sus polainas muy lustradas. En la pintura de Bacon hay tres fuerzas, una es invisible, aísla; la segunda deforma, se apodera de los cuerpos y la cabeza de la Figura. La tercera disipa, aplana, difumina”.

Saña es un libro de pequeños textos, pero también es una biografía de nuestro siglo XX, de las barbaries que se cometieron en nombre de la razón y de la ciencia, del poder y los fanatismos; es un libro que nos habla del pasado quizá para hacernos sentir que no estamos tan mal, que en otras épocas también el hombre se degradó hasta la mentira, hasta la sinrazón. Sin embargo, Saña nos deja la leve esperanza de que la única forma de enfrentarnos a esos peligros es viendo las cosas con ironía, con humor negro; reflexionando si nosotros mismos no vivimos con esa saña por dentro y estamos repitiendo de manera distinta los errores, las carnicerías (literal y metafóricamente), que definieron a los hombres que nos presidieron. Una luz, cegadora, se ve al final del libro.

Glantz, Margo (2007), Saña, México, Era, 240 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

Un lenguaje, un continente, un mundo narrativo*



Los ojos de Daniel Sada (Mexicali, 1953) no ven, imaginan; sus manos no se mueven, se expresan; su voz no se oye, narra; sus libros no son historias, son mundos imposibles de asir a la primera, pero que tras el deslumbramiento nos descubren más humanos.

A la vista, novela que cuenta la historia de Ponciano Palma y Sixto Araiza, dos camioneros que un día matan a su patrón y deben enfrentarse a sus nuevas condiciones de prófugos, representa (a mi modo de ver), el regreso de Daniel Sada a ser Daniel Sada. Es decir, después de su debut en la editorial Anagrama con la novela Casi nunca, misma que aligeraba un poco su tratamiento de las palabras pero lo hacía más accesible a un gran público, con A la vista, Sada nos recuerda por qué se le considera alguien que “está escribiendo una de las obras más ambiciosas de nuestro español”, como dijera Roberto Bolaño.

En este libro vuelve no sólo al tratamiento minucioso del idioma, sino a su humor tan característico que en medio de una tragedia puede provocar una sonrisa: “Ni sirvientas contrató. Ni perros ni gatos tuvo. Mujeres: algunas: muy besadoras, muy calientes, pero también muy pasajeras, de esas que se encueraban bien pronto, como por arte de magia”.

Pero decir que tiene un tratamiento especial del lenguaje, ¿a qué se refiere? Es no sólo contar la historia, sino hacerlo de un modo diferente, de tal manera que nos informe de muchas cosas pero de forma que no parece la evidente. Por ejemplo, alguien podría decir que las relaciones sexuales entre esposos han desaparecido, pero Sada lo que hace es evocar: “Los esposos seguían durmiendo en su cama matrimonial, pero no se tocaban, ni siquiera un agarre levísimo de manos con mínimas ganas de travesura; sus respiraciones nada anunciaban, más bien discurrían como un crepitar constante”. Entonces, no sólo nos cuenta de este final de la pasión conyugal, sino que por medio de indicios nos brinda datos que convierte ese simple párrafo en una historia completa, en la cual uno observa a esta pareja ya sin siquiera ganas de juguetear bajo las sábanas.

Daniel Sada, que con Porque parece mentira la verdad nunca se sabe nos dio una de las grandes novelas de México y del idioma español, con A la vista vuelve al desbocamiento de la imaginación y de las palabras; regresa también a los paisajes áridos, a los hombres que desbarrancan su vida por decisiones intrascendentes, pero sobre todo vuelve a demostrar por qué es uno de los pocos y de los mejores prosistas que existen. De ahí que logre que hasta la descripción de unos sándwiches resulte un templo verbal: “Se puede decir al respecto lo principal de todo esto: panes y más panes de espesores diversos para hacer lonches con embutidos varios: ergo: lonches aguacatosos y lechugosos, no se hable a detalle de los chiles metidos en el centro de lo que se dijo”.

A la vista es una novela, pero al igual que su autor, es también un mundo. Para conocerlo hay que estar dispuesto a penetrar en el barroco de estas construcciones literarias que Sada nos ofrece. A la vista no cuenta, evoca; A la vista es otro libro, pero también es el regreso magnífico de quien tal vez sea el narrador mexicano vivo más moderno y también más importante.

Sada, Daniel (2011), A la vista, Barcelona, Anagrama, 240 páginas.

Para leer un adelanto de A la vista, consultar http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/9011/pdf/90sada.pdf

*Publicado en Adefesio.com

martes, 23 de agosto de 2011

Poemas de una escritora sabia para un lector triste*


Dicen por ahí que la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita. Pero, ¿quién necesita la poesía?, ¿para qué se le necesita? Agorafobia, de Natalia Luna, tal vez nos respondería que se requiere de la poesía para vernos en eso que no somos, sufrir con eso que no nos pasa y, aun así, saber que el alma puede hallar su espejo en ciertas frases: “No habrá más víctima que yo / de mis recuerdos”.

Natalia Luna (Monterrey, 1989) logra con Agorafobia que el lector de su poesía sea a la vez el personaje principal. La dedicatoria antecede este juego: “A todos / en especial // y a ti / sobre todo”. Además, entrega versos que tienen una gran cualidad: son sinceros y por esto mismo logran profundizar en los sentimientos. En ocasiones lo consigue con la sencillez de las frases que evocan situaciones más allá de las palabras que las nombran: “Pasé el día escuchando mi nombre / ¿Dónde estás que me recuerdas tanto?”. Otras veces lo logran gracias a la interacción con quien lee y se refleja: “Larga en cuanto a letras. / A significado. / Una palabra larga: / Tú”.

Es su poesía un canto al erotismo, a ese encerrarse en sí mismo, con las obsesiones, con las tristezas, para salir fortalecido; es llegar a la profundidad para desde ahí ver la claridad que hay afuera, para ver atrás y disfrutar con esa melancolía: “Por qué si siento la frente aplastada no son tus manos vertiendo hormigas en / esta luz que se apaga por el aliento necio de la muerte involuntaria”.

Libro ilustrado por la misma autora, ejemplar que desde su disposición obliga a una lectura diferente, estos poemas nos recuerdan que como lectores podemos seguir una historia, pero también, al ser tocados por estos hechos, nos puede ir la vida en esos versos: “Te oigo escribir y se me va la sangre / me haces pensar que otra vez / vas a suicidarme”.

Entonces, este juego entre el lector, la poeta y el amado a quien escribe los versos se forma un triángulo amoroso en donde Natalia Luna nos susurra al oído que bastan las palabras para crear y destruir (un libro, una relación de pareja), pero que nada puede ser peor que sufrir con falsedades: “estoy harta de efectos especiales que disimulan mi tristeza / (mi tristeza idiota)”.

Se dijo: ir al fondo como único modo de encontrar la verdad, de salir avante, de suturar todas las heridas: “Ya va siendo hora de dejar a un lado tanto drama, abandonar la superficie para hundirse o elevarse hasta lo extremo”. Y sólo de esta manera salir victorioso gracias a las palabras y lo que éstas evocan: “Yo te quiero por tu significado desbordado”.

Agorafobia no como miedo a los espacios abiertos, sino como miedo a salir sin haberse sincerado con uno mismo. Agorafobia, poemario de esos que se necesitan para sobrellevar algunas tristezas gracias a las bellas palabras de esta poeta con la madurez de un viejo.

Luna, Natalia (2009), Agorafobia, Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, 60 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

miércoles, 3 de agosto de 2011

Ser andaluz, pero sentir y pensar como mexicano*


Tengo la impresión de que hay cierta poesía de la cual sólo podemos hablar en primera persona: esa que nos llega, que nos refleja, que nos levanta el ánimo después de un mal día. Así, esa poesía tiene cierto aire que nos parece personal, como si hubiera sido escrita por alguien que nos conociera muy bien. Quizá por ello, Enrique García-Máiquez (1969) nos dice: “Cuento mi vida pero lees la tuya. / Nombro un paisaje de mi infancia y tú visitas / -tramposo- aquel camino de arena hacia la playa / por donde corre un niño feliz, que no soy yo”.

También, esa poesía no necesariamente es la que habla del amor, sino de lo que todos pensamos pero no podemos poner en palabras tan bellas (al menos en su acomodo), tal como apunta Jaime García-Máiquez (1973): “Ir a malas películas / de cine, y llegar tarde. / No salir, por cenar / en casa de tus padres. / Quedar con amigas. / No poder concentrarme / en perpetrar poemas. […] En fin, no cabe duda, / amar es suicidarse”.

La poesía es, tal vez, esa forma en que suena más bonito cuanto nos pasa, una manera de ver la realidad de un modo que embellece incluso lo más cotidiano, como sucede con este poema de Inmaculada Mengíbar (1962): “Pero seamos realistas: / Penélope, cosiéndole, / no es más feliz que yo / ahora mismo rompiéndole / la cremallera”. Es, también, volver irónico lo que suena dramático, convertir en una sonrisa lo que nos llevaría a las lágrimas: “Buscó el aplauso hablando / de sus miserias. / Es poeta; un rentista / de la tristeza”, como apunta Juan Peña (1961).

Es, y aquí sólo imagino, un recuento que nos permite mirar el pasado con nostalgia, más no con tristeza: “Presiento que no soy el mejor yo / de todos los que quise ser y he sido. / He conocido otros más hermosos, / mejor amantes y mejor vividos. / -Todos, sin excepción, mucho más jóvenes, / prometedores y atractivos.- / No soy el mejor yo. / Pero, al menos, aguanto y sobrevivo. / Los demás, con sus sueños / -cansados, derrotados, aburridos-, / fueron cayendo / uno tras otro en el camino” (Javier Salvago, 1950).

A lo mejor también esta poesía es tan íntima, tan cercana, porque nos suena a una filosofía fácil de comprender: “Por miedo a la luz del sol / hay quien esconde de día / lo que de noche pensó” (José Luis Blanco Garza, 1950). O nos remite a los deseos frustrados, pero gozosos: “Estos días amargos –hablo en serio-, / cuando el dolor asfixia y uno quiere morir / para no ver los dientes a la vida, / cuando ni la ironía es un arma certera / ni el vino trae olvidos, / yo pagaría oro, vendería mi alma, / por volverme otra vez / niño de calzón corto saliendo de la escuela / camino de los brazos de mi madre”, como piensa (y poetiza) Pedro Sevilla (1959).

Esta poesía, pienso, es como si abriéramos un álbum familiar y nos viéramos en todas las fotos y por eso mismo todas las imágenes nos dijeran tanto de lo que somos o podemos ser. Esta poesía, es sombra hecha de luz, como dice el título de esta antología de poesía andaluza actual, y también es claridad llena de claroscuros. Es, por último, un acercamiento a una forma de ser de los andaluces que asombrosamente se parece tanto a la de los mexicanos.

Feu, Abel (antologador) (2006), Sombra hecha de luz. Antología de poesía andaluza actual (1950-1978), México, UNAM, 256 páginas.

*Publicado en Adefesio.com