miércoles, 16 de noviembre de 2011

El día de las ratas, de Dyonelio Machado*

Naziazeno es un hombre que se enfrenta a un gran problema: el lechero ha amenazado con dejar de repartirle dicho insumo si no le paga el adeudo que tiene con él. Y claro, está la esposa que lo presiona, pues la leche es básica para la alimentación del hijo, quien ha estado enfermo últimamente, y esto los ha obligado a pedir dinero prestado y las deudas y el trabajo que no da lo suficiente y las peleas y el azote de una puerta… Por ello, Naziazeno debe salir a buscar quién se apiade de él, le facilite el dinero que necesita (no es mucho, pues no pide nada para él o la mujer, sino sólo lo necesario para el bebé. No gastará en manteca, pan o queso, sino sólo en leche, así que quién puede negarse). Con estos elementos, Dyonelio Machado (Rio Grande do Sul, 1895 – Porto Alegre, 1985) describe la jornada de este personaje que parece tener todo en contra. Sin embargo, el lector en vez de apiadarse de él comienza por sentirse incómodo ante su holgazanería, luego se molesta cuando gasta el poco dinero que lleva en jugar a la ruleta (pensando ingenuamente que puede obtener el resto por medio de las apuestas), y termina muy enojado cuando observa cómo la preocupación de Naziazeno se reduce a pensar en medios para obtener el dinero, pero no hace nada por ayudar a sus amigos (quienes con tal de auxiliarlo empeñan un anillo con gran valor sentimental). Así, El día de las ratas es una novela que nos permite acompañar durante 24 horas a este fantasma que deja al destino resolver sus problemas y quien se la pasa de café en café tratando de provocar lástima, pero aprovechándose de la buena fe de los otros. Además, provoca la desesperación del lector cuando presencia cómo Naziazeno prefiere descansar en lugar de levantarse a impedir que las ratas roan el dinero que, aparentemente, tanto trabajo le ha costado reunir: “¡Siente pavor y un frío amargo dentro de sí! Aquel billete verde, grasoso, grasiento, está siendo roído… roído… roído. Ese hecho está ocurriendo ahora… ¡es contemporáneo a él…! Las ratas están royendo allí en la cocina… en la mesa… son dos… son tres… andan de aquí para allá… gritan… bailan… infatigables… afanosas… infatigables… ¡Se va a levantar! Va a hacer otro arreglo. Pero ¿cuál…?”. El día de las ratas es una novela que nos revela que un padre no es capaz de cualquier sacrificio por el bienestar de su hijo, pero sí puede, en cambio, utilizarlo como pretexto para dejar las labores del día, olvidarse de la esposa por unas horas, vagabundear por la ciudad no en busca del dinero, sino de algo que le permita descubrir lo que desea de la vida. El brasileño Dyonelio Machado cuenta que escribió esta novela en veinte noches y si esto es parte del mito alrededor de éste libro, también es cierto que El día de las ratas, que está narrado como si se fuera segando un campo (con frases breves, con descripciones mínimas, con violencia y de forma brusca), convierte a Naziazeno, su personaje principal, en uno de esos hombres consagrados únicamente a sí mismos que nos regalan algunas obras maestras: Bartleby, Stephen Dedalus y Oliveira, por ejemplo. Machado, Dyonelio. El día de las ratas. Adriana Hidalgo editora. 2010. *Publicado en Librosampleados

lunes, 7 de noviembre de 2011

Sobre e-books*



Hace 15 años un profesor nos habló de un “papel electrónico” que estaban desarrollando en el MIT. Nos dijo, según recuerdo, que era como una hoja, pero de plástico, en la que se podrían almacenar libros, revistas y periódicos; tendría una ranura que se conectaría a Internet y así se podría descargar toda la información del día. Me acuerdo que los alumnos supusimos que de ser cierto, esa tecnología llegaría muchos años después y sólo sería útil para ejecutivos de finanzas que desearan conocer los altibajos de sus acciones. Claro, era mediados de los noventa y nadie sospechaba cómo Internet cambiaría nuestra vida.

En ese momento Internet era un servicio muy caro y las páginas web eran pantallas con fondo negro en donde se podía encontrar información tecleando comandos muy similares, si no es que basados, en el programa MS-DOS.

Cuando nos hablaron de un dispositivo como el “papel electrónico”, lo que visualizamos fue un periódico, una revista o un libro con el mismo formato que el impreso sólo que en otra plataforma. Hoy, en cambio, pensar en un e-book permite abrir todas las posibilidades que hasta hace años se conocían como metaliterarias. Me explico. Ahora hay libros impresos que incluyen un soundtrack para escuchar al mismo tiempo que se lee un pasaje especial de la narración, incluso parte de esta prehistoria podríamos hallarla en el libro Generación X, de Douglas Coupland que incluía al margen breves anotaciones sobre términos relacionados al relato y algunas imágenes que ilustraban el punto al que se refería un personaje. Digamos, que exploraba visualmente las antiquísimas notas al pie de página. Con el tiempo, estos libros que primero incluían imágenes y ahora sonidos, fueron reemplazados por sitios web literarios en los que era posible escuchar cierto tema musical al mismo tiempo que si pasábamos el cursor sobre una palabra aparecía la definición de la misma o una imagen. Así, los recursos electrónicos permitieron que el texto literario como tal abandonara lo plano del libro impreso y se resignificara por medio de expresiones ajenas, aunque complementarias, a las letras. Quizá estos recursos sean el verdadero antecedente del actual e-book y no los libros escaneados en la Biblioteca Gutenberg.

Hoy, hablar de e-books no es sólo tratar el tema de los dispositivos en los que se pueden visualizar, sino que nos permite pensar en opciones multimedia que ensanchan los contenidos de un libro. En nuestros días es posible leer en un dispositivo electrónico y hacer anotaciones, subrayados, pero también saber qué hay detrás de un texto: la explicación del autor sobre cierto pasaje, el origen de una palabra, el significado de la misma. Además, algunos libros electrónicos tienen la posibilidad de interactuar con los lectores del mismo texto, la llamada lectura social que propicia el debate y el diálogo entre lectores, algo similar a jugar Play Station con un competidor que está del otro lado del mundo. Es decir, el libro, con estas novedades empieza a visualizarse como un objeto de entretenimiento que debe ofrecer más opciones al lector y no sólo las palabras, que si bien son la base de este “artefacto”, también pueden complementarse con otros recursos. Sin embargo, pareciera que todo esto lo saben sólo unos cuantos y que el autor del texto sigue pensando en editar libros únicamente en papel.

Hace unos meses me enteré del caso de una joven de 27 años llamada Amanda Hocking. Autora de tres trilogías, esta muchacha comenzó a vender sus textos en Amazon a un precio que rondaba entre los 99 centavos y los tres dólares. Hasta el momento en que daba cuenta la nota informativa, la joven había comercializado más de un millón de ejemplares, vendiendo incluso más de 100 mil copias cada mes. Supuse, entonces, que todos los libros los había vendido en un dólar. De esta forma, el millón de ejemplares le había reportado alrededor de 12 millones de pesos. ¿Qué autor mexicano, de 27 años, no, de cualquier edad, ha vendido un millón de ejemplares y ha ganado 12 millones de pesos en un año? Que yo sepa, ninguno. Claro, a esa cantidad habría que descontarle el porcentaje que Amazon cobra y en dado caso, el de la editorial que la hubiera editado. Pensé catastróficamente: de esos 12 millones de pesos, al menos 6 millones eran completamente suyos, pues las editoriales web que pude consultar se quedaban cuando mucho con el 50 por ciento de las ganancias netas, y ese porcentaje ya incluía la mercadotecnia en web, la conversión de los textos a formato digital, así como el pago a Amazon.

Entonces, ¿no convendría publicar en formato electrónico? Los primeros comentarios a los que me enfrenté es que en México no se lee en papel y mucho menos en formato electrónico, además que muy pocas editoriales y librerías tenían disponibles libros en este formato y por eso el mercado no es propicio para hacer un “negocio” como éste.

Entonces, qué había que hacer: ¿quedarse publicando en impreso, a la zaga, a la espera de que en un futuro el libro electrónico nos alcance? Si bien es cierto que en México se lee poco y, según reportan los periódicos, muy pocas personas utilizan dispositivos de lectura, la invasión de smartphones hace viable la publicación digital. Sin embargo, como toda innovación, los e-books levantan sospechas más por desconocimiento que por una causa real.

Así como se menosprecia la autopublicación por sospecharse de una falta de calidad en dicho material (aún se cree que sólo las editoriales avalan un texto), la edición de un #e-book plantea la posibilidad de que el autor se esté autopublicando. Esto se debe a que así como hay muchos autores que acuden con un impresor para publicar su obra, hay otros tantos que acuden a empresas dedicadas a publicar libros electrónicos a cambio de un porcentaje de las ventas (tal como hacen las editoriales tradicionales), sólo que invirtiendo muy pocos recursos (los cuales, algunas veces, son proporcionados por el autor).

Por otra parte, están las editoriales “tradicionales” que empiezan a incursionar en el libro electrónico, pero al ser sus comienzos siguen con la idea de que un e-book es únicamente la versión digital de un texto, sin apostar por incluir herramientas u opciones en dichos libros que permitan crear un libro realmente digital.

Si bien es cierto que muchos de los libros ya escritos deben ser digitalizados, pues esto permitirá el acceso a ellos en cualquier parte del mundo y hará posible tener en nuestro dispositivo de lectura libros hoy agotados, también es verdad que el libro electrónico plantea un reto para el autor, quien ahora deberá escribir para estos formatos y pensar en un libro más allá del texto; es decir, ahora deberá ser un autor electrónico: tal y como los guionistas de televisión deben pensar en los diálogos y en las imágenes, ahora los autores deberán pensar en los recursos tecnológicos que pueden aportar a un lector que ya no se “conforma” con seguir su lectura de principio a fin, sino que debido a sus hábitos de consumo, si en su lectura aparece el nombre de una canción es posible que acuda a Internet para buscar la historia del grupo musical e incluso, para escucharla o comprarla. Es decir, este nuevo tipo de lectura radial posibilita que una novela esté acompañada por esos agregados que antes incluían las ediciones comentadas de los libros y que expandían la llamada lectura lineal o profunda del texto.

Pensemos en Rayuela, de Cortázar, una novela ya escrita y que hoy podría resignificarse gracias al e-book. ¿Qué podría incluir este hipotético libro? Un mapa de París que pueda visualizarse cada que La Maga u Oliveria recorran una calle, que crucen un puente; el capítulo 7 podría acompañarse con la narración del autor que está disponible en infinidad de sitios web. Además, puede incluir la biografía del autor junto con algunos videos o documentales que aborden su vida y obra. Es decir, además de la Rayuela que hoy conocemos, este e-book nos permitiría escuchar al autor, convivir con él y con los otros lectores; nos dejaría, además, ir más allá del texto y profundizar en él (¿acaso no estaría bien que las frases en francés incluyeran su traducción al español y el lenguaje porteño de Traveler pudiera incluir los sinónimos en el español mexicano?).

Habrá quien prefiera los libros en papel y otros en digital, pero el objetivo final es que los lectores se acerquen a los libros de acuerdo a los hábitos de consumo o de lectura que posean. Los libros, como base, tienen un texto literario y habrá quien prefiera leerlo de una forma tradicional, impresa, pero los nuevos lectores podrán también acercarse a él gracias a los e-books.

Es decir, si antes se consideraba que la lectura era un diálogo del lector con el libro, ahora este diálogo puede convertirse en tertulia con otros lectores, el autor mismo y el libro y sus anexos.

El e-book no sólo consiste en incluir tecnología en un libro, sino en saber qué hacer con esa tecnología para convertir al libro en un producto no sólo cultural, sino de consumo para los nuevos tipos de lectores, al mismo tiempo que toma en cuenta a los lectores tradicionales. De ahí que sea tan importante cambiar nuestros hábitos de consumo; es decir, darle una nueva oportunidad a estas plataformas de lectura que no compiten con el tradicional libro impreso, sino que sólo expanden la oferta de libros generando, a su vez, nuevos lectores.

*Publicado en Librosampleados

La invención de un mito rockandrollero*



Con su novela Luz estéril Iván Ríos Gastón había conseguido retratar a la generación que en los noventa vivía su juventud: drogas, aburrimiento, experiencias extremas… Ahora, con su libro Broadway Express consigue, además, inventar (para esa generación y para cualquier lector) un nuevo mito de la música: Ian Beckam. Asimismo, nos revela un Nueva York con reminiscencias del 11 de septiembre, pero que ha superado ese único suceso para transformarse en la capital de un universo literario.

Compuesto de cinco aparentes cuentos, Broadway Express es en realidad una novela divida en cinco capítulos, pues los personajes que cruzan por estas páginas, además de interactuar entre las diversas historias, van más allá de la anécdota que se vive en los relatos. Son individuos quienes crecen a lo largo del texto: están bien trazados y por eso los sentimos junto a nosotros, los vemos sentamos en el Metro que a diario abordamos, los escuchamos hablar y nos interesan sus palabras: “no teníamos hijos ya que, por fortuna, Debra es tan egoísta como yo”, “la religión, al menos, es un defecto histórico-cultural. Con tantos siglos de hegemonía, se ha ganado el derecho a decepcionarnos”.

Estos cinco momentos que Ríos Gastón le robó a Nueva York se podrían resumir en la ilusión de un hombre porque sea verdad lo que dice el libro El secreto y así, al decretar que una mujer se enamore de él, lo consiga; el abandono de dos amantes y la travesía de una de ellas por las calles de esta ciudad donde encontrará sensual a una mujer gorda; la canción que comparten dos amantes y la fascinación que él siente por oír las aventuras sexuales de la mujer a quien se niega a penetrar; la búsqueda de un reportero sobre la verdadera causa de la muerte del rockero Ian Beckam, y la decadencia de Max Stein, afamado crítico literario quien pierde la cordura cuando una mujer lo abandona.

Broadway Express logra envolvernos en una atmósfera donde es posible escuchar el soundtrack que resuena en cada relato: “la nostalgia de Diane fue desplazada por la imagen de Johnny Cash que sonaba en mi mente y, sobre todo, por la ansiedad que me inspiraban la paz, la libertad recuperada y la aventura”. Asimismo, Ríos Gastón se burla de sus personajes y de esta forma los vuelve más entrañables: “cuyo lujo eran dos pilas de libros, otra torre semejante de compactos y unas cuantas películas de cine de arte, los tesoros de un esnob frustrado”.

Sin embargo, todos estos encantos quedan de lado al leer sobre Ian Beckam y su historia contada por un reportero quien da seguimiento al asesinato del rockstar. Es una mezcla de nuevo periodismo, con tintes filosóficos, con música de fondo y con un personaje decrépito (pues “los genios son más imperfectos que el resto de los mortales”) que resulta incomprendido por todos quienes lo rodean, menos por el lector. “Una historia está hecha de alegorías. Para descubrirlas, sólo necesitas un poco de paciencia…”, se lee en algún momento.

Hay en esta parte de la novela momentos vívidos que se pueden visualizar, como si estuviéramos disfrutando una película mezcla del antiguo Woody Allen, con música de Joaquín Sabina, frases del El guardián entre el centeno y nos lo estuviera relatando Truman Capote: “‘Ah, Todo se debe a que no sabes lo que estoy haciendo… Te lo voy a mostrar…’”, le contesta Ian Beckam a su esposa, durante una pelea marital antecedida por días esquivos, por drogas, por infidelidades, “Tomó la guitarra y cantó ‘Ghost’s Diary’, quizá la rola más hermosa del Barren Light, y me derrumbé completamente… ¿Quién es ella?, le pregunté cuando acabó. Sin dudarlo, respondió: Se llama Sarah. Es modelo. Neoyorquina. She put a spell on me… Y como una lluvia torrencial, los recuerdos me empaparon de arriba abajo”, señala la desencantada esposa.

De esta forma, Broadway Express es un libro en donde el lector termina siendo cómplice de los personajes; donde cada vez que ellos sufren, el corazón duele, y donde así como en Luz estéril las personas nacidas en los setenta podían sentirse personajes secundarios que habitaban esas páginas, ahora en esta novela el lector se transforma en un voyeuar sentimental que llora por la muerte de Ian Beckam y se regocija con cada una de las felaciones que humedecen esta novela.

Ríos Gastón, Iván (2011), Broadway Express, México, Ediciones cal y arena / Círculo Editorial Azteca, 280 páginas.

* Publicado en Adefesio.com

lunes, 31 de octubre de 2011

Sobre el estilo, AA. VV.*



Hablar del estilo de un autor es referirse a su transposición en letras, en imágenes, en oraciones. Por eso el conde de Buffon, al ingresar a la Academia Francesa en 1753, diría que “el estilo es el hombre mismo”. Pero qué se puede decir de este asunto (a quién censurar, a quién elogiar), en qué consiste la propuesta de un escritor si no es en el estilo mismo y en ciertas tendencias narrativas.
Sobre el estilo es una selección de cinco ensayos en donde se aborda dicho tema, además de hacerse un análisis de El Paraíso perdido, de Milton, con base en la sencillez del texto y las cumbres ideológicas que puede alcanzar.
El primer ensayo, de Jonathan Swift (1667-1745), es una irónica propuesta para liberar a los libros de adornos en portadas y para hacer de ellos objetos que muestren el buen uso del lenguaje: “Me comprometo a enviar a usted un catálogo de libros ingleses publicados en los últimos siete años, que de entrada le costarían cien libras, y no podrá encontrar en ellos diez renglones de buena gramática o de sentido común”, dice Swift quien agrega que estos aportes extras no son sino modos de ocultar la falta de ingenio, de sentido, de humor y de cultura que deberían ser indispensables en cualquier escritor.
Por su parte, David Hume (1711-1776), hace un alegato por escribir con sencillez, imitando la realidad pero sin ser una copia de la misma. Respecto a la experimentación, acota que los textos que sorprenden sin ser naturales, no pueden brindar un entretenimiento duradero: “Las expresiones poco comunes, los fuertes toques de ingenio, los símiles exagerados y los giros epigramáticos, en especial cuando aparecen con excesiva frecuencia, son un desfiguro, en lugar de un embellecimiento del discurso”. Añade, quizá de forma humorística, que los libros son como las mujeres: las sencillas y con buenos modales resultan más gratas que las muy pintadas y engalanadas por vestimentas, quienes pueden deslumbrar el ojo pero no llegar a los afectos.
El puntilloso y siempre atinado William Hazlitt (1778-1830) cierra el libro con el ensayo “Sobre el estilo familiar” en donde no sólo apuesta por la sencillez, sino que exige la precisión en el uso de las palabras. Adelantándose a lo que Ernesto Sabato diría sobre los escritores que usan palabras grandilocuentes para ocultar lo poco que tiene que decir, Hazlitt se sorprende al comentar: “¡Qué fácil es ser digno sin soltura, ser pomposo sin significado!”. Este texto, además, abunda no sólo en el estilo, sino en el significado de las palabras y su revalorización de acuerdo al uso de las mismas. “La fuerza propia de las palabras no se encuentra en ellas mismas, sino en su aplicación. Una palabra puede tener un sonido bello, ser de insólita longitud y muy imponente, porque muestra su cultura y novedad, y sin embargo, en la conexión en que se la introduzca puede ser absolutamente absurda e improcedente. No es la pompa o la pretensión, sino la adaptación de la expresión a la idea, lo que asegura el sentido de un escritor”.
De esta forma, Sobre el estilo es un llamado de atención a las literaturas que ponen toda su atención en los experimentos verbales, en las historias sorprendentes; es una defensa de las historias que convierten a las palabras en literatura gracias al buen uso del idioma. Es decir, no está en contra de ninguna temática, sino del despliegue de adornos que se anteponen a la escritura correcta. Es, por decirlo de algún modo, una alerta a quienes creen que escribir de forma sencilla es lo más fácil y por eso privilegian los modismos, la experimentación, el despliegue de temáticas complicadas. Se podría decir que así como los pintores deben primer dibujar con los moldes clásicos para llegar después a la experimentación conceptual, estos autores recomiendan primero escribir de forma correcta y ateniéndose a las normas, para después crear un nuevo estilo. Claro, vale aclarar que todos ellos son autores de los siglos XVII al XIX (pero sus consejos no han pasado de moda)…

Swift, J.; Addison, J.; Hume, D.; Lamb, C. y Hazlitt, W. Sobre el estilo. UNAM, 2006

*Publicado en Librosampleados

jueves, 27 de octubre de 2011

De experimentación y pecado*



Las vanguardias literarias que surgieron durante la primera mitad del siglo XX intentaron transformar la literatura desde muchos puntos de vista: olvidándose del hombre como personaje principal, privilegiando a la máquina y el futuro como elementos creativos, atendiendo al impulso inconsciente a la hora de crear y agrediendo las normas establecidas de la lengua, entre otras formas.

Así, para la mitad del siglo, ya había experimentos que se enfocaban en dislocar el lenguaje como fue el caso de En la masmédula, de Oliverio Girondo (“en los enlunamientos / en lo erecto por los excesos lesos del erofrote etcétera / o en el bisueño exhausto del ‘dame toma date hasta / el mismo testuz de tu tan gana’”) o, posteriormente, la creación del gliglico cortazariano: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sústalos exasperantes”.

Erik Martínez (México, DF, 1961), así, en su novela Las virtudes capitales prosigue por este camino y hace que el lenguaje se convierta en el actor principal de su libro. ¿El tema? Una prostituta lee el periódico donde anuncian que tres agentes del orden fueron degollados y se encontró también el torso destetado de una señorita, además hace el recuento de los hechos (al parecer fue testigo) y los reinventa una y otra vez, hasta el infinito, añadiendo detalles, personajes, citas literarias. En algunas ocasiones hay marines estadounidenses en el burdel manteniendo relaciones sexuales con prostitutas y prostitutos; en otras es un señor muy importante quien es fotografiado en orgías con niños; algunas veces más son los regentes del lugar quienes platican cómo podrán sacar mejores ganancias (asaltando a los clientes ebrios, por supuesto). Pero todo esto ocurre en una ciudad fronteriza, así que los personajes hablan en una especie de espanglish, mezclado con nuevas palabras.

La novela, de esta forma, hace a un lado a los personajes y deja que el lenguaje sea el protagonista de este enredo: “pero me adelanto (debería decir mejor me atraso), me pierdo, otra vez, perdón, porque yo estaba recordando al Apo, en pedacitos, y no, que me he vuelto a perder, voy en reversa otra vez, échenme aguas, quebrándome toda, dele, dele güerita, ai ta güeno, ai sale, que Dios la cuide, que le vaya bien, ora sí derecho al pinche güero productor…”.

Hay momentos, sin embargo, en que esta experimentación es demasiada y pierde al lector que únicamente ya se guía por el ritmo de las palabras (que llega a sonar a cacofonía): “En el rito diario de ir al puesto de diarios a comprar el diario le comenta ella al mulato ella una de las así coronadas con esa aura áurea de ser aún de las potables que leer no es como coger pinche negro que si te gustara un chirris la panocha bien lo sabrías”.

Y entonces, sin saber muy bien cómo, de repente uno se encuentra entre problemas entre narcos, en medio del pecado que surge en un burdel donde lo mismo se confunden las viejas prostituas con los trasvestis y los niños (hijos de las prostitutas), con soldados enfermos, con sidosos famosos, con políticos que cambian un acostón por una orden de dejar pasar, por hacerse de la vista gorda…

Las virtudes capitales es, de esta forma, un libro que se convierte en un río agresivo de palabras, donde es muy fácil hundirse, pero donde también se puede experimentar el vértigo y la emoción que provocan lo arriesgado, pues tal vez, como se nos dice en el final, después del recuerdo, de la resignación “the rest is silence”.

Martínez, Erik (2008), Las virtudes capitales, México, Editorial Resistencia, 88 páginas.

* Publicado en Adefesio.com

lunes, 24 de octubre de 2011

Gangster de ultratumba*



Hay muchas campañas de lectura que pretenden acercarnos a los libros: porque nos hacen mejores personas, porque nos crean una conciencia crítica, porque estimulan la imaginación, pero pocas nos dicen que se puede leer por diversión. Para eso, claro está, se requieren textos que sean entretenidos, que su historia avance de forma atractiva y que los personajes sean verosímiles y cercanos al lector para que éste pueda identificarse con ellos y de esta forma disfrutar lo que se narra. Gansgter de ultratumba, de Rafael Tonatiuh (Xalapa, Veracruz, 1964) es una muestra de este tipo de libros que se disfrutan y nos dibujan una sonrisa.

Alevy, “Ale” para los amigos y “Don Alevi” para sus subordinados, es un joven científico que viaja a Las Vegas para intentar volverse millonario. Lo acompaña su novia Bethzy, quien ve esas vacaciones como una oportunidad para comprar algunos recuerdos, visitar algún museo y conocer el campus de la Universidad de Nevada. Ambos, sin embargo, desconocen que son los personajes centrales de una conspiración cósmica en la que la existencia del universo está en juego y, curiosamente, cada que Alevy arroje los dados sobre alguna mesa de craps se desencadenará el “final”.

En esta aventura los acompañarán algunos arcángeles enviados por el Sacro 1, y convivirán con espíritus malignos que encarnarán en sus cuerpos, así como delincuentes famosos y diosas de la belleza. Así, Alevy será poseído por Samael, un ser divino que anhela adueñarse de Las Vegas para aumentar la energía negativa universal y así lograr la desaparición de nuestra realidad (consiguiendo con ello la derrota de Sacro1). Pero para esto deberán recurrir, también por medio de la encarnación, a Bugsy, un jugador profesional que vivió a principios del siglo XX y quien participó en la fundación de Las Vegas. Por su parte, Bethzy se convertirá en la depositaria de las almas de Virginia Hill, la amante de Bugsy, y de Lilith, aquel ser primigenio que se reveló a Sacro 1.

Gangster de ultratumba, con estos personajes, se convierte en una mezcla de El Padrino con ciertas novelas de Raymond Chandler, donde enormes negros ataviados de forma atractiva se convierten en los eslabones de la historia. Además, combina una prosa divertida y precisa. Por ejemplo, el narrador cuenta: “Alevy lo miró con ojos de un rinoceronte con encabronadamente mal humor” o se escucha a Lilith decir: “¡No soy una dama, pendejos, así que dejen de hablar como Shakespeare en mi presencia!”.

Además, esta novela de tintes policíacos, se permite las reflexiones (“¿Cuál es el motivo por el que existe todo? Porque Dios lo creó. ¿Y por qué Dios lo creó? Para auto-conocerse”) con la broma recurrente, como cuando en medio de una escena melodramática el narrador se inmiscuye con un detalle para hacernos reír: “Sacó de sus bolsillos un mechón de caireles envueltos en cinta roja y lo arrojó en un tambo de basura orgánica (la lata de refresco la depositó en la basura inorgánica)”.

Con una mezcla de arcángeles que se drogan y otros que quieren vacaciones para pintar sus casas, recuperar discos prestados y escribir poesía, Gangster de ultratumba muestra el tono relajado que Rafael Tonatihu utiliza en sus columnas de Milenio Diario, al mismo tiempo que nos muestra a un Patricio Betteo (ilustrador del libro) que logra darle vida a estos personajes con trazos muy al estilo del libro vaquero o de Frank Miller (si es posible esta relación). Así, esta novela es el perfecto ejemplo de por qué se debe leer: porque hacerlo, al igual que ver la televisión, jugar al billar o entretenernos con un videojuego, resulta divertido.

Tonatiuh, Rafael (2008), Gangster de ultratumba, México, Editorial Resistencia, 120 páginas.

* Publiacado en Elhorizontal.com

El circo de la soledad, de Patricia Laurent Kullick*



Sylvia Plath, en uno de sus poemas, confiesa que es vertical, pero preferiría ser horizontal, abandonar las costumbres impuestas y sentirse libre, dejar el papel de madre para poder tenderse junto a los árboles y platicar con el cielo… Las mujeres de El circo de la soledad, de Patricia Laurent Kullick (Tampico, Tamaulipas, 1962) sin embargo, son semi verticales: “Somos producto de lo que miles de años se ha considerado femenino y masculino. Mejor dicho, somos un semi producto. Seguras de estar a la par con la liberación de la mujer, puesto que todas somos profesionistas y madres […] No hemos podido conciliar nuestro deseo con nuestras acciones”.
Estas mujeres, además, son cinco amigas que se reúnen los viernes a tomar, a olvidarse de sus vidas desgraciadas, a fingir que todo está bien, aunque el suelo donde caminan esté quebradizo. Miguela, por ejemplo, es una mujer casi loca, obsesionada con hacerle escenas de celos y de ruptura a su esposo (un gringo que se siente mexicano), y quien también habla con “la Fosa”, un hueco que ella percibe en su cerebro y que es el resultado de sus lecturas y de su manía por imaginar (al parecer es escritora). Son tales sus arrebatos que sus amigas no la toman muy en serio (¿y cómo hacerlo si para llegar al equilibrio mental y espiritual come chiles al por mayor?).
Por su parte, Sara es la amante de Valdemar (el esposo de su amiga Pilar) y aunque sabe que está siendo injusta al traicionar a Pilar, su gusto erótico la obliga a vivir a escondidas, disfrutando de los buenos momentos que Valdemar le brinda.
Eva, en tanto, es una mujer que al morir su primogénito quedo embalsamada: su matrimonio se vino abajo y es incapaz de confesar el secreto que guarda: haber visto morir a su hijo (enfermo terminal) cuando se aventó al río para suicidarse.
Pilar es la esposa engañada, la fiel, la que siempre está preocupada por sus hijos, porque el lunch vaya perfectamente guardado, porque al esposo no le falte la comida caliente, porque todo en su vida sea orden. Sin embargo, sus celos la obligan a cometer una imprudencia.
Por último, Aminta es la mujer reservada, que no es capaz de liberarse ni siquiera en su interior: vive un matrimonio aburrido y para escapar de él sale en busca de taxistas con quienes se acuesta en moteles baratos y con quienes comparte las caricaturas que veía en su niñez.
Así, con estas características, el viernes cuando ocurre esta reunión a la que asistimos, Pilar llega para decirles que teme haber matado a Valdemar, y mientras acompañamos a estas cinco amigas en un viaje, descubrimos no sólo el alma de estas mujeres, sino la eficacia narrativa de Laurent Kullick. Es decir, sus personajes no son los de una novela feminista, sino mujeres que nos muestran sus entrañas en cada frase: “Lloraba y hablaba de sus intentos fallidos como mujer […] pero no es la muerte –decía-, ni siquiera el sueño, es el inicio de un viaje a la insensibilidad, como una inyección de anestesia en el corazón”, “No puede convencerla que prefiere mil veces que ella esté tranquila. Prefiere saber que la protege un poco de sí misma y convencerla de que ella es la casa de él, el país de él, la única geografía que reconoce”, “Si yo supiera que es tristeza, me quedo aquí, sintiéndola. Si supiera que es espera, me siento frente a la ventana. Si reconociera la depresión, me meto pastillas. No reconozco nada. Ni siquiera puedo asirlo en el lenguaje para describirlo. Siento, pero ignoro qué. No puedo decir más”.
Al mismo tiempo, Laurent Kullick juega con el lenguaje, con la amargura, con la tristeza y con el drama. Es capaz de convertir una reflexión en una sonrisa: “Guy piensa que es como estar viendo un baile que al principio es sensual en sus movimientos, pero después es aburridamente repetitivo. Y sin embargo, no quita la vista del baile de su mujer, porque sabe que es la manera de apoyarla, como un gran amigo que ve el mismo número teatral y siempre felicita a los artistas por los cambios en la rutina que en la realidad jamás ocurrieron”, narra Laurent Kullick sobre el stripteasse de Miguela.
El circo de la soledad es una entrañable novela, una road movie al estilo de Thelma y Louis; es un viaje a las entrañas de cinco mujeres que si algo consiguen es ser queridas y protegidas por el lector; es un libro que retrata a la generación de cuarentonas que, al igual que Sylvia Plath, son verticales, pero preferirían ser horizontales.

Laurent Kullick, Patricia. El circo de la soledad. Ediciones intempestivas. 2011.

*Publicado en Librosampleados