miércoles, 3 de agosto de 2011

Ser andaluz, pero sentir y pensar como mexicano*


Tengo la impresión de que hay cierta poesía de la cual sólo podemos hablar en primera persona: esa que nos llega, que nos refleja, que nos levanta el ánimo después de un mal día. Así, esa poesía tiene cierto aire que nos parece personal, como si hubiera sido escrita por alguien que nos conociera muy bien. Quizá por ello, Enrique García-Máiquez (1969) nos dice: “Cuento mi vida pero lees la tuya. / Nombro un paisaje de mi infancia y tú visitas / -tramposo- aquel camino de arena hacia la playa / por donde corre un niño feliz, que no soy yo”.

También, esa poesía no necesariamente es la que habla del amor, sino de lo que todos pensamos pero no podemos poner en palabras tan bellas (al menos en su acomodo), tal como apunta Jaime García-Máiquez (1973): “Ir a malas películas / de cine, y llegar tarde. / No salir, por cenar / en casa de tus padres. / Quedar con amigas. / No poder concentrarme / en perpetrar poemas. […] En fin, no cabe duda, / amar es suicidarse”.

La poesía es, tal vez, esa forma en que suena más bonito cuanto nos pasa, una manera de ver la realidad de un modo que embellece incluso lo más cotidiano, como sucede con este poema de Inmaculada Mengíbar (1962): “Pero seamos realistas: / Penélope, cosiéndole, / no es más feliz que yo / ahora mismo rompiéndole / la cremallera”. Es, también, volver irónico lo que suena dramático, convertir en una sonrisa lo que nos llevaría a las lágrimas: “Buscó el aplauso hablando / de sus miserias. / Es poeta; un rentista / de la tristeza”, como apunta Juan Peña (1961).

Es, y aquí sólo imagino, un recuento que nos permite mirar el pasado con nostalgia, más no con tristeza: “Presiento que no soy el mejor yo / de todos los que quise ser y he sido. / He conocido otros más hermosos, / mejor amantes y mejor vividos. / -Todos, sin excepción, mucho más jóvenes, / prometedores y atractivos.- / No soy el mejor yo. / Pero, al menos, aguanto y sobrevivo. / Los demás, con sus sueños / -cansados, derrotados, aburridos-, / fueron cayendo / uno tras otro en el camino” (Javier Salvago, 1950).

A lo mejor también esta poesía es tan íntima, tan cercana, porque nos suena a una filosofía fácil de comprender: “Por miedo a la luz del sol / hay quien esconde de día / lo que de noche pensó” (José Luis Blanco Garza, 1950). O nos remite a los deseos frustrados, pero gozosos: “Estos días amargos –hablo en serio-, / cuando el dolor asfixia y uno quiere morir / para no ver los dientes a la vida, / cuando ni la ironía es un arma certera / ni el vino trae olvidos, / yo pagaría oro, vendería mi alma, / por volverme otra vez / niño de calzón corto saliendo de la escuela / camino de los brazos de mi madre”, como piensa (y poetiza) Pedro Sevilla (1959).

Esta poesía, pienso, es como si abriéramos un álbum familiar y nos viéramos en todas las fotos y por eso mismo todas las imágenes nos dijeran tanto de lo que somos o podemos ser. Esta poesía, es sombra hecha de luz, como dice el título de esta antología de poesía andaluza actual, y también es claridad llena de claroscuros. Es, por último, un acercamiento a una forma de ser de los andaluces que asombrosamente se parece tanto a la de los mexicanos.

Feu, Abel (antologador) (2006), Sombra hecha de luz. Antología de poesía andaluza actual (1950-1978), México, UNAM, 256 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

miércoles, 20 de julio de 2011

Un cuerpo, una sensación, un recuerdo llamados Alicia*



Existen juegos que nos gustan más por cuanto pasa en ellos que por las reglas que se nos plantean para poder jugarlos. Algo parecido ocurre con Navidad y Matanza, del chileno Carlos Labbé (Santiago de Chile, 1977). Esta llamada “novela-juego” narra la desaparición de dos hermanos: Alicia y Bruno Vivar, durante la Transensorial Beyond Seasons Celebration, una fiesta de personas ricas. Todo esto narrado por un joven periodista que sigue los pasos de estos misteriosos personajes a lo largo de muchos años. Además, la novela es una historia (la ya descrita) contada por siete investigadores (apodados con cada uno de los nombres de la semana) que han sido confinados en un lugar secreto para experimentar en ellos una nueva droga y que se envían correos electrónicos con fragmentos del supuesto reportaje.

Sin embargo, todo lo anterior, es el marco para contar la bella historia de Alicia Vivar, una muchacha con ciertos toques de Lolita, quien persigue a su hermano por las playas chilenas y quien toma de la mano a un hombre que a veces se llama Boris, otras es su tío y otras adquiere diferentes personalidades. Y es Alicia, quizá, el personaje que hace entrañable este libro, pues lo más insospechado puede aparecer en una de sus reflexiones al ver el mar: “Boris Real llevaba de la mano a la pequeña Alicia Vivar, entonces una niña de 12 años. Iban algunos metros más atrás que el resto del grupo. Ella le pedía que la acompañara a las rocas, en busca de conchitas. No lo trataba de usted ni le decía tío, sino Boris. Luego hablaron de las tonalidades rojizas de las nubes a esa hora y ella le preguntó cuánto faltaba para el fin del mundo”.

Alicia es un personaje, pero también la obsesión del periodista, quien regresa a Matanza tras algunos años para ver si la gente ahora que ya no corre ningún riesgo sí quiere hablar. Y es así como el dependiente de una gasolinería le comienza a platicar del día que los Vivar llegaron a su casa, una choza humilde que un hombre extraño con un instrumento musical llamado theremin le había alquilado unas horas antes (Boris en alguna de sus distintas personalidades). Y le dice, tras intercambiar su historia por unas cuantas cervezas, cómo Alicia era una mujer en el cuerpo de una niña, y cómo fue creciendo su atracción por ella y cómo ha empezado a recordar a Alicia como si fuera su hermana o su sobrina y cómo todo puede ser posible en esos poblados a los que ya nadie vuelve después de aquella historia, incluso que la dependienta del restorán a donde han ido puede ser la misma Alicia…

Es pues, una narración cuya novedad no sólo reside en la forma, sino en la estructura de ciertas oraciones que las convierten en aforismos y no en simples enunciados: “De todas maneras, el tipo andaba todo el tiempo con resaca. La resaca del odio y del miedo, que es una especie de aburrimiento” o “Los grillos y los sapos competían por llenar con sus cantos ese espacio de la noche que los de la ciudad llamamos silencio”.

Navidad y Matanza es un juego, es una novela, es una historia de amor y es una vuelta a la obsesión de un hombre por una mujer que no conoce, pero que a través de lo que cuentan de ella se le ha vuelto necesaria, aunque pueda llamarse Alicia, ser un personaje ficticio o una investigadora apodada Sábado.

Labbé, Carlos (2007), Navidad y Matanza, España, Editorial Periférica, 176 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

domingo, 10 de julio de 2011

El amor a la tierra y a Dios *



En el principio fue el hombre, y el hombre era Isak. Aún no había veredas ni caminos en aquella montaña, sino que sus pasos los fueron formando. Tampoco había vida, ni siembra, ni un lugar donde refugiarse. Por eso Isak, a punta de partirse el lomo, creó el mundo y ese mundo se llamaba Sellanraa. Pero como a todo hombre, le faltaba una mujer, por lo que corrió la voz para que alguien se arrimara a aquella montaña y cooperara con el amor que le hacía falta. Así fue como llegó Inger. Ella mintió: dijo que sólo iba de paso. Él hizo como si no viera el labio leporino de la mujer y con amabilidad la invitó a comer: “Entraron en la choza, comieron de la provisión que ella traía, y bebieron leche de cabra; prepararon luego café del que la muchacha venía provista y, entre tanto, reinaba ya la cordialidad entre los dos, antes de retirarse para dormir. Durante la noche, Isak la codiciaba, y ella no se negó”.

Amaneció y ambos no se dijeron nada, sino que sólo se quedaron juntos y empezaron a vivir como marido y mujer: cosechando la montaña, sembrando en el vientre de Inger, dando gracias a Dios por esa bendición de la tierra. Fueron también dando forma al hogar (no a la casa): “Isak izaba las vigas por medio de cuerdas, ella empujaba un poco con la mano y a él le parecía que ella ayudaba con su sola presencia”.

Como es de sospechar, la bendición trajo un hijo y ese vástago trajo la felicidad. También, como es de sospechar, la felicidad y el progreso trajeron las envidias y alguien llegó a hablar mal del matrimonio, y el Estado, que hasta entonces desconocía la existencia de aquel lugar, le puso precio y exigió que se pagaran impuestos. Pero Dios es grande, eso lo sabe Isak, y permitió que hubiera un hombre bueno (Geissler), quien reconoció la labor de Isak, y sbaía que el país y el mundo requerían de hombres como Isak, por lo que ayudó a que pagara poco por el terreno y empezó a darle ideas de cómo hacer que Sellanraa progresara aún más. Luego vino la cárcel para Inger, más hijos, el mundo que de a poco iba llegando a Sellanraa y, a lo mejor, la penitencia y la disculpa. De esto, de la creación de un mundo nuevo, es de lo que trata Bendición de la Tierra, del Premio Nobel Knut Hamsun (Noruega 1860-1952).

Hamsun es un autor ligado a Dios, al católico, quizá por ello su prosa tiene la cadencia de los Salmos y la violencia humana del Antiguo Testamento. Es, además, un autor que nos presenta los paisajes y nos descubre el espíritu de sus personajes. Es un escritor con la cadencia de un abuelo sabio, con la visión fina que sólo se logra a través de la contemplación y el análisis (algo tendrá que ver el que haya sido aprendiz de zapatero, periodista y pescador).

Bendición de la tierra es, por decirlo de alguna forma, el canto a un verdadero hombre nuevo, no de ese que nace de las revoluciones, sino del que nace y se forma con el trabajo diario, tal como Hamsun nos hace saber: “(Isak) Es campesino de las tierras solitarias hasta la médula y agricultor de pies a cabeza. Un resucitado de tiempos remotos que señala hacia el futuro, un hombre de los primeros tiempos de la agricultura, un labriego de novecientos años de edad y, pese a ello, el hombre del día”.

Hamsun, Knut (1979), Bendición de la tierra, México, Promexa, 346 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

miércoles, 22 de junio de 2011

Evocaciones de un espejismo*



El poeta Matthias Stimmberg (Heifenberg, 1901-Viena, 1979), ser apolítico, quien regaló 40 de los 50 ejemplares de su primer libro de poesías a una mujer para que le sirvieran de alimento a sus cabras (junto con una edición de Mi lucha, de Hitler), en marzo de 1979 grabó en la CBC-Radio Canada una charla en francés de poco más de hora y media. Años después, un escritor mexicano habría de escuchar dicha grabación y componer una especie de memorias del poeta de habla alemana. ¿El resultado? Evocación de Matthias Stimmberg.

Así, este libro que es una maravilla mínima (por su extensión) nos retrata a un ser irónico, sarcástico, burlón; que se autodenigra; que sabe de la pedantería de los poetas, y que va por la vida iluminando la cotidianidad con frases que son tan ácidas que podrían destrozar cualquier buena intención. Por ejemplo, tras haber acudido a un programa de televisión, un poeta en ciernes lo identifica en el transporte y quiere enviarle sus poemas. Matthias, con la confusión por la plática con “un imbécil mimado por las musas”, equivoca su dirección aun con el pesar de saber que se perderá de “un cofrecillo de tesoros, suspiros, listones”…

Matthias, yendo y viniendo por su vida, nos cuenta de sus sueños, de aquel en donde vislumbró a la joven que amaba lamiendo las manos grasientas de un regimiento de soldados; o nos narra del día que conoció a “un grosero campesino, patán proclive por igual a la cerveza y a la mentira” que era un estudioso de la esperanza.

Qué decir de la determinante descripción que hace cuando encuentra a su padre a punto de morir: “El particular olor de los enfermos que han pasado largo tiempo en cama inundaba la pieza. Allí estaba mi padre, envuelto en un torbellino inmóvil de sábanas arrugadas, frágil, como un jilguerillo sin plumas”.

Stimmberg es, por decirlo de alguna forma, un poeta maldito que asume su condición. Sabedor que su poesía no sirve para gran cosa, como se dijo, regala gran parte de su primer libro editado a una vieja para que alimente a sus cabras: “De entre mis libros ha sido ése, el primero, el que, me parece, corrió con mejor suerte”, dice un sincero y autoflagelante Mattias.

Además, Mattias Stimmberg es el personaje perfecto que ha inventado Alain-Paul Mallard (Ciudad de México, 1970) quien con este primer libro, o al menos “el primero que se atreve a publicar”, se revela como un fabulador que a cada palabra le exprime todos sus significados y nos permite regodearnos en la sátira y el odio que nos genera este ser ficticio tan pedante. Evocación de Matthias Simmberg es un libro de cuentos breve, que a pesar de terminar en la página 42, deja la impresión de que aún nos quedan muchas relecturas para poder disfrutar de estas memorias apócrifas.

Mallard, Alain-Paul (1995), Evocación de Matthias Stimmberg, México, Ediciones Heliópolis, 48 páginas.

* Publicado en Adefesio.com

miércoles, 8 de junio de 2011

"Habiendo chocolate, había pedido fresa"*



Dicen que una de las cosas buenas que dejó la Revolución en la Habana son los helados de Coppelia. Ahí van los cubanos, se forman un rato y cuando llegan a ordenar reciben un helado que realmente sabe a helado. Ahí mismo una tarde David conoció a Diego, un maricón (son palabras de Diego) que le cambió la vida: “Los que son como yo, que ante la simple insinuación de un falo perdemos toda compostura, mejor dicho, nos descocamos, esos somos maricones, David, ma-ri-co-nes, no hay más vuelta que darle”.

David, muchacho revolucionario (como todo cubano DEBE ser), andaba aún con ganas de ir a dar una vuelta, así que fue a sentarse a Coppelia, pidió un helado y no dijo nada cuando Diego se sentó frente a él y empezó a embrujarlo con las palabras, cuando dejó asomar un ejemplar de Mario Vargas Llosa prohibido por el régimen y le dijo que podía prestárselo, incluso no puso mucha resistencia cuando Diego lo invitó a su Guarida para que pudiera leer algunos otros libros prohibidos. Y cómo lo iba a hacer, si su deber con la Revolución era investigar a esas personas que quieren acabar con lo ganado en la lucha, saber qué tantos contactos tienen, cuál es su plan contrainsurgente.

Por eso, y porque Diego es capaz de embrujar incluso a los lectores, es que David llegó a sentarse en el sillón de John Donne, a saborear un banquete lezamiano (tal como aconseja don José en su libro Paradiso), además de leer libros que sólo ahí podía encontrar (La guerra del fin del mundo, Tres tristes tigres…), a ver esculturas de santos, a tomar té por las tardes, a conocer la historia de ese maricón que tiene algunos problemas: “Uno: soy maricón. Dos: soy religioso. Tres: he tenido problemas con el sistema; ellos piensan que no hay lugar para mí en este país, pero de eso, nada; yo nací aquí; soy, antes que todo, patriota y lezamiano, y de aquí no me voy aunque me peguen candela por el culo. Cuatro: estuve preso cuando lo de la UMAP. Y cinco: los vecinos me vigilan, se fijan en todo el que me visita”.

El lobo, el bosque y el hombre nuevo, del cubano Senel Paz (Cuba, 1950), ganó el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo en 1990. Es la historia no sólo de Diego y David, sino de la vida contra la muerte, de las reglas contra la insurgencia, de la cotidianidad contra el gozo. Tal vez por eso, Diego sea gay, por el antiguo significado de esta palabra: gozo, diversión. Por eso, mientras David piensa en que debe asumir todo lo que sus compañeros socialistas le dicen pues él sólo era un hijo de campesinos a quien la Revolución le permitió estudiar; Diego, es un treinteañero que vive cada segundo sabedor que en cualquier instante irán por él, más por ser un hombre rebelde que por estar en contra de lo que dictan los dogmas.

Cuento que exalta el erotismo de vivir, historia que hace una excelente radiografía de una amistad entre opuestos, El lobo, el bosque y el hombre nuevo, de Paz, nos invita a imitar a David y salir directo a una nevería a disfrutar una bola de helado: “Quise cerrar el capítulo agradeciéndole a Diego, de algún modo, todo lo que había hecho por mí, y lo hice viniendo a Coppelia y pidiendo un helado como éste. Porque había chocolate, pero pedí de fresa”.

Paz, Senel (1991), El lobo, el bosque y el hombre nuevo, México, Ediciones Era, 64 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

lunes, 23 de mayo de 2011

Vouyeristas tras las ventana*


De principio habrá de aceptarse que al acercarnos al diario o biografía de un personaje famoso buscamos saciar nuestro morbo: uno quiere enterarse de detalles íntimos, de posibles situaciones que tuvieron una relación directa con lo que hará o le sucederá después a ese personaje. Así, convertirnos en intrusos en las vidas ajenas puede dejarnos insatisfechos o con la necesidad de profundizar cada vez más, es decir, meternos hasta la cocina.

Hay quien dice que uno debe conocer a los escritores únicamente por su obra, pues al descubrirlos en su vida diaria podemos decepcionarnos. De ahí el doble riesgo que asume Javier Marías (Madrid, 1951) en Vidas escritas en donde realiza el perfil de 20 escritores.

Este libro es un compendio de biografías en el cual Marías se olvida de los datos duros (lugar y fecha de nacimiento, por ejemplo) de estos escritores y nos cuenta sus vidas como si fueran un chisme, como si aquellos de quienes platica hubieran sido sus amigos y no hiciera falta presentarlos de una manera formal. Por ejemplo, nos entera de que William Faulkner adoraba el silencio y que en su vida sólo fue al teatro cinco veces: en tres ocasiones a presenciar Hamlet, una El sueño de una noche de verano y una Ben-Hur.

También se mofa un poco de James Joyce y su egolatría por cuanto escribía. Además de sus fantasías sexuales y de su gran imaginación y capacidad de embeleso con sus cartas obscenas: “y en las que incluso hallaba momentánea felicidad, ya que al final de más de una confiesa haberse corrido (son sus palabras) mientras le escribía cochinadas” a quien sería su esposa, Nora Barnacle.

Así, en estas Vidas escritas nos podemos enterar que Henry James odió a Gustave Flaubert porque una vez que fue a visitarlo el autor francés lo recibió en bata: “para él Flaubert era ya un hombre que lo hacía todo en bata, y sus libros eran por consiguiente un fracaso, salvo Madame Bovary, que, concedía James, quizá fue escrito en chaleco”.

También descubrimos que a Thomas Mann le encantaba escribir en su diario sobre sus padecimientos y cómo el escritor de La montaña mágica podía ser muy escueto y escatológico: “ligeros dolores abdominales”, “pude hacer mis necesidades después del desayuno”. Y, por otra parte, que Óscar Wilde siempre combatió, tal vez inútilmente, a la obesidad y que la mano con que saludaba “era mullida como un cojín, o más bien fofa como plastilina gastada y algo grasienta, y uno tenía la impresión de haberse manchado después de estrechársela”.

Vidas escritas es un acercamiento irreverente a la vida de estos y otros escritores, que además de mostrárnoslos como hombres con virtudes y manías, nos impulsa a asomarnos a sus obras, pues detrás de cada perfil biográfico se esconden las palabras de un gran admirador: Javier Marías.

Marías, Javier (1992), Vidas escritas, Madrid, Siruela, 186 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

martes, 3 de mayo de 2011

Leer en tiempos de Nick Jr. y Wii*



En México sabemos mucho de literatura. Sabemos, por ejemplo, que leer un libro es algo que nos otorga prestigio social y sabemos, además, que leer “El Quijote” nos muestra como personas cultas. Por ello, como una manera de demostrar que confiamos en la cultura, pretendemos acercar a los niños a los libros, a los “grandes libros”.

En los planes de estudio se le muestra a los niños lo que es la literatura: fragmentos del Poema del Mío Cid, trozos de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra o, si bien les va, un poema casi impenetrable de Julio Cortázar: “Aplastamiento de las gotas”. Después de esto, están listos para ir a una librería, comprar un libro y regodearse con una entretenida lectura (¡ojalá!). La realidad, sin embargo, es que ese acercamiento es un fraude, no por los textos que se ocupan, sino porque estos resultan lejanos a la realidad que niños y jóvenes viven en nuestro país.

No sólo estos esfuerzos resultan vanos, sino gran parte de la maquinaria cultural que nos proporciona el gobierno: por acercarnos a las obras clásicas de cada arte, se olvidan que éstas son incomprensibles si es que antes no se tiene un bagaje cultural. Por ejemplo, Conaculta hace unos años impulsó un programa de lectura a través de libros que se vendían en los puestos de periódicos. ¿Para un joven sería atractivo leer a Sor Juana Inés de La Cruz o a autores del siglo XVIII? Debe decirse que la colección completa no vio el fin en dichos estanquillos, sino en librerías de saldos y ferias de remate.

Algo similar ocurre con los programas de estímulos para niños: lecturas que no están destinadas a chiquillos de este tiempo, habituados a programas televisivos que les exigen atención debido a constantes cambios de escenarios, a tramas complicadas, a un humor que va más allá del chiste fácil. Aunado a ello, los de hoy son niños acostumbrados a interactuar con la tecnología, misma que les implica un esfuerzo intelectual mayor y habilidades que requieren estrategias mentales (un ejemplo de ellos son los videojuegos en donde se construyen ciudades y civilizaciones, o aquellos que les piden estar atentos a la pantalla al mismo tiempo que mueven su cuerpo).

Ante este panorama, ¿qué debe ofrecer la literatura infantil para que un niño le dedique 10 minutos al día? Ser lúdica, dejar de lado las historias edificantes y las moralejas, pensar que el público infantil es mucho más exigente que el adulto y por eso merece que no se le ofrezcan historias simplonas.

Hábitos de lectura

Según la Encuesta Nacional de hábitos y consumos culturales, realizada por Conaculta en agosto de 2010, de las personas a quienes se interrogó, 41% acudió a una librería. De ese porcentaje, 20% compró un libro, y sólo 3% compró libros infantiles (cabe aclarar que a la par 2% compró Harry Potter, de J. K. Rowling, y 2% Crepúsculo, de Stephen Meyer). Además, de 27% de las personas que contestaron que leyeron un libro, sólo 7% señalaron que leen por gusto.

Qué es lo que falla: ¿nuestros hábitos culturales o los prejuicios respecto a la literatura (sólo es literatura la que escriben autores clásicos o consagrados)? ¿Cómo es posible que casi la misma cantidad de gente compre Harry Potter o Crepúsculo que libros infantiles? ¿Qué tienen esos best sellers que los vuelve tan atractivos? Arriesguemos una respuesta: una historia atractiva, fácil de leer y un lenguaje sencillo. Entonces, ¿los libros deben apostar por lo fácil para ser consumidos? No. Lo que un libro debe poseer para ser atractivo a un niño o a un joven es diversión.

Un ejemplo: La peor señora del mundo, escrita por Francisco Hinojosa e ilustrada por Rafael Barajas “El Fisgón”, cuenta la historia de una mujer que le da comida para perros a sus hijos y deja pelones a los leones. Al final del libro hay una moraleja, pero ésta no es la parte central del libro. Otro ejemplo: Matilda, de Roald Dahl, una niña que a través del ingenio es capaz de soportar el mundo de los adultos e incluso vengarse de las acciones malas de sus padres.

Estos libros están alejados de las clásicas historias infantiles creadas hace dos siglos como una forma de aleccionar. Es decir, Caperucita roja pretendía enseñar a los niños franceses que debían cuidarse al salir de casa, pues los bosques estaban llenos de bandoleros y campesinos pobres que robaban los alimentos de la gente de la ciudad debido a la hambruna que vivía el país. Hoy, sin embargo, fuera del momento en que el lobo abre las fauces para comerse a Caperucita y su abuela, la historia es incluso muy ligera para niños que acostumbran ver la muerte del Coyote cada vez que el Correcaminos usa un producto Acme (por no mencionar a todos los enemigos que destruye Ben 10).

Libros para niños hiperactivos

Si a lo anterior se suma que nuestros métodos para acercar la literatura a los niños se basan en nuestra intuición y nuestro poco o mucho conocimiento de literatura infantil, el resultado es que los infantes terminan detestando los libros. ¿Qué hacer entonces? Algunos expertos recomiendan eliminar de nuestra mente la dicotomía entre libros y televisión o videojuegos. Cada una de estas diversiones tiene un tiempo y características que las hacen complementarias, no excluyentes. Además, los padres deben acercar a sus hijos a lecturas interesantes (para los niños, no para el adulto). Si la niña quiere un libro de Barbie, éste es un buen comienzo, tal vez después vaya por uno de princesas y después por una historia más compleja.

Las lecturas no deben ser prolongadas ni por obligación. Pueden realizarse mientras los niños se bañan y el adulto les lee, o por la noche, antes de acostarse. Incluso, si el niño ya tiene edad para leer solo, se le puede pedir que cuando tenga un poco de tiempo lea el libro y comentar la historia a la hora de la comida o la cena. Para esto es importante que el adulto también lea el libro y pueda interactuar con el niño (sin juzgar jamás la lectura hecha por el infante).

Otro punto importante es permitir que el niño se apropie de los libros: estos no son algo sagrado, así que si quieren rayar, colorear o arrugar las hojas, no hay problema. Los libros no dejan de existir por contener un dibujo o un rayón.

Una última recomendación: si los padres no saben qué libro darle a los niños no deben temer preguntar al librero. Actualmente hay muchas historias que además de divertidas contienen ilustraciones atractivas. Además, las editoriales poseen criterios que dividen los tipos de libros de acuerdo a la edad: para los que no leen, para los que empiezan a leer, para pequeños grandes lectores, etcétera.

Hoy, debe desmitificarse a los libros. No será hasta que esto suceda cuando nuestros programas de fomento a la lectura tengan buenos resultados. Para convertirnos en un país de lectores no basta con acercar a los niños a los libros, sino predicar con el ejemplo. Si un adulto lee una revista de espectáculos, ya está fomentando la lectura. Puede que el niño empiece por los suplementos de caricaturas de un periódico, tal vez después siga con la revista Nickelodeon y quién sabe, a lo mejor un día en verdad llega a leer El ingenioso hidalgo, Don Quijote de la Mancha.

Algunas lecturas divertidas

Dahl, Roald. Matilda. Alfaguara.
_______. Jim y el melocotón gigante. Alfaguara.
Ende, Michael. El ponche de los deseos. Ediciones SM.
_______. La historia sin fin. Alfaguara.
Groening, Matt. Guía para la vida: Bart Simpson. Ediciones B.
Hinojosa, Francisco. La peor señora del mundo. FCE.
_______. Cuéntame, historias para todos los días. Ediciones Castillo.
Howe, Deborah y James Howe. Bonícula, una historia de misterio conejil. FCE.
Sendak, Maurice. Donde viven los monstruos. Alfaguara.

*Publicado en Elhorizontal.com