lunes, 9 de enero de 2012
El temor que conduce a la miseria*
Existe la falsa creencia de que leer convierte a la gente en mejores personas. Si esto fuera cierto, los escritores (quienes supuestamente leen mucho) serían tipos en quien confiar, sin embargo, al menos el personaje de Arraigo domiciliario, es un cobarde y un imbécil.
Novela que cuenta la época de desventura de un individuo de quien nunca se sabe el nombre, Arraigo domiciliario, de Óscar Escoffié Padilla (México, D.F., 1972), es una historia sobre las miserias de un joven quien con tal de no enfrentarse a los malos entendidos es capaz de llegar a la mendicidad y a olvidarse de familia, trabajo y futuro. Todo comienza cuando el abuelo del personaje llega a vivir con él e inventa chismes: al parecer al nieto le gustan las niñas y por eso las atrae regalándoles dulces. Así, el día que una pequeña aparece muerta y violada, las habladurías del abuelo parecen acusar al protagonista. Por lo anterior, cuando una turba va a lincharlo, el personaje huye de esa casa y empieza su recorrido por una ciudad que es hostil debido a las coincidencias que siempre juegan en contra de él.
Escritor de un semanario, maestro y antiguo autor publicado, este hombre es un desagradecido con las personas que le brindan su confianza: una prostituta a quien miente respecto a su identidad, un amigo que lo convierte en titular de un taller literario al que el escritor se empeñará en hacer fracasar, y un matrimonio que lo ve como héroe por brindarles unos minutos en que le muestran los versos que ha escrito la mujer (quien ahora vive en silla de ruedas).
Novela que narra la humildad de algunos personajes y la pobreza espiritual del protagonista, Arraigo domiciliario es una efectiva narración que le valió al autor el Premio Nacional de Novela (Premios Nacionales de Literatura Ciudad Ecatepec 2008 en homenaje a Enrique González Rojo Arthur). Muestra, además, la pedantería de cierto tipo de escritor que habla de miseria cuando nunca la ha sufrido y que cuando la padece se cree por encima de todos. Quizá por ello, el protagonista no hace sino criticar todo su entorno aún cuando es mejor que el caos en que vive: “Al principio prestar atención era morbosamente intrigante, luego, máxime si querías descansar, oír lo inevitable era realmente molesto”.
Sin embargo, cuando el personaje principal se convierta en un ser deleznable será cuando al fin consiga un poco de humanidad: “Un poquito de gentileza: a veces eso era todo lo que precisaba un derrotado para resistir cien batallas más”.
Arraigo domiciliario es una tragedia, es cierto, pero el protagonista es tan desfachatado que consigue que el lector ría de la mala suerte que lo persigue. Así, la novela se vuelve un retrato ameno sobre la caída de un hombre que teme enfrentar sus problemas.
Escoffié Padilla, Óscar (2008), Arraigo domiciliario, México, Verso destierro, 160 páginas.
* Publicado en Adefesio.com
jueves, 22 de diciembre de 2011
Moscas, niñas y otros muertos, de VV. AA.*
En 1966 Margo Glantz y Gastón García Cantú crearon la publicación Punto de partida en la UNAM, cuyo objetivo era promover y difundir la literatura entre los estudiantes universitarios. En 2004, la Dirección de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de esta universidad amplió la revista a un programa editorial y publicó el primer libro de esta colección en el cual incluye a cinco escritores mexicanos jóvenes: Maritza M. Buendía (Zacatecas, 1974), Humberto Macedo (Ciudad de México, 1976), Gerardo Piña (Ciudad de México, 1975), Abril Posas (Guadalajara, 1982) y Diego Velázquez Betancourt (Puebla, 1978).
Moscas, niñas y otros muertos. Antología de cuento joven muestra la obra de estos autores cuya única similitud es que abordan la muerte, el desasosiego y la violencia desde diferentes matices y con diferentes resultados. Buendía, por ejemplo, cuenta la historia de un abuso sexual cometido por parte de un ciego a una niña. En el cuento “Niña piel infinita” no hay escenas explícitas, si acaso se enuncian algunos detalles de forma violenta, pero al final del relato queda la sensación de haberse leído un texto innecesariamente agresivo: “Cuando sus manos percibieron que el aire y el agua, que todo el azul del uniforme se teñía de rojo, en una húmeda viscosidad, el viejo experimentó una sensación desconocida, recóndita y plural, una sensación infinita”.
Macedo, por su parte, narra las peripecias de un nerd para ser el mejor de la clase, de la escuela, en el cuento “El reto”. Con una comicidad sencilla, el narrador nos permite conocer a Braulio y a Lázaro, alter egos uno del otro que en su búsqueda por destacar llegan a convertirse en amigos y a compartir aficiones, amores y borracheras, hasta el día en que deciden que debe haber un ganador total y se retan a morir: “Lázaro puso la misma cara de siempre que lo retaba: abrió grandes los ojos, petrificando cada uno de sus músculos y resollando como buey en brama. ‘De acuerdo, pero desde ahora te lo digo, siempre te extrañaré”.
Gerardo Piña, en “Cuatro minutos” adentra al lector en la planificación de un asalto: dos hermanos que todo mundo conoce, asaltando el banco al que todos acuden, tratando de huir por las calles que siempre recorren y que son sorprendidos por el excelente final. Además, Piña apunta su cuento con ideas que agrandan lo dicho por una prosa eficiente: “Hay sucesos en la vida que nos parecen sorprendentes, pero es sólo que obedecen a una lógica distinta de la nuestra. Comprender un acto no es entenderlo, sino entender lo que lo causa”.
En “Napalm” Abril Posas va quemando poco a poco al lector, lo adentra en cada una de sus historias que se encadenan y permiten que la narración avance. Hay una niña que tras iniciar su vida sexual, deseará que el padre la haga gozar al igual que a su madre, pero lo tenso de la escena se diluye con humor: “La decisión fue unánime. Al día siguiente, sin hacer preguntas ni reclamos, internaron a la pequeña en el castillo, ubicado en las afueras. ‘Lo último que te voy a permitir, es que me quites al hombre de mi vida’, fue lo único que escuchó Yara de su mamá, ante el silencio de su padre”. Así, esta narración oscura antecede la literatura zombie hoy de moda, con unos personajes que van recogiendo a los habitantes de un pueblo donde los únicos que se salvarán son los locos que habitan el manicomio y aquellos a quienes no les importa servirlos.
Por último, Diego Velázquez Betancourt demuestra su humor negro, su sarcasmo vital, en el cuento “Las moscas”, donde retrata la vida de un joven obsesionado con estos insectos y quien, además, se considera un intelectual y un ser por encima de quienes lo rodean: “Poseo libros muy afamados, en ediciones nuevas, libros que envidiaría cualquier coleccionista: El Quijote, los Tratados morales de Cicerón, Los nueve libros de la historia de Herodoto, El señor de las moscas de Golding (que dicho sea de paso tiene mi más ferviente admiración y que pronto leeré), la obra completa de Homero, aunque se trate sólo de dos libros, ya lo sé, no soy ningún ignorante, pero tengo diferentes versiones, en inglés, en francés, en español y hasta en griego, y una vez que aprenda esos idiomas los voy a leer todos”.
Antología que vale la pena leerse para descubrir a estos cinco escritores, Moscas, niñas y otros muertos… logra que el proyecto Punto de partida impulse esta narrativa joven que hoy deberá mostrar su empeño al colocar en librerías los proyectos personales de cada uno de estos jóvenes.
VV. AA. Moscas, niñas y otros muertos. Antología de cuento joven, Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 2004.
* Publicado en Librosampleados
Moscas, niñas y otros muertos. Antología de cuento joven muestra la obra de estos autores cuya única similitud es que abordan la muerte, el desasosiego y la violencia desde diferentes matices y con diferentes resultados. Buendía, por ejemplo, cuenta la historia de un abuso sexual cometido por parte de un ciego a una niña. En el cuento “Niña piel infinita” no hay escenas explícitas, si acaso se enuncian algunos detalles de forma violenta, pero al final del relato queda la sensación de haberse leído un texto innecesariamente agresivo: “Cuando sus manos percibieron que el aire y el agua, que todo el azul del uniforme se teñía de rojo, en una húmeda viscosidad, el viejo experimentó una sensación desconocida, recóndita y plural, una sensación infinita”.
Macedo, por su parte, narra las peripecias de un nerd para ser el mejor de la clase, de la escuela, en el cuento “El reto”. Con una comicidad sencilla, el narrador nos permite conocer a Braulio y a Lázaro, alter egos uno del otro que en su búsqueda por destacar llegan a convertirse en amigos y a compartir aficiones, amores y borracheras, hasta el día en que deciden que debe haber un ganador total y se retan a morir: “Lázaro puso la misma cara de siempre que lo retaba: abrió grandes los ojos, petrificando cada uno de sus músculos y resollando como buey en brama. ‘De acuerdo, pero desde ahora te lo digo, siempre te extrañaré”.
Gerardo Piña, en “Cuatro minutos” adentra al lector en la planificación de un asalto: dos hermanos que todo mundo conoce, asaltando el banco al que todos acuden, tratando de huir por las calles que siempre recorren y que son sorprendidos por el excelente final. Además, Piña apunta su cuento con ideas que agrandan lo dicho por una prosa eficiente: “Hay sucesos en la vida que nos parecen sorprendentes, pero es sólo que obedecen a una lógica distinta de la nuestra. Comprender un acto no es entenderlo, sino entender lo que lo causa”.
En “Napalm” Abril Posas va quemando poco a poco al lector, lo adentra en cada una de sus historias que se encadenan y permiten que la narración avance. Hay una niña que tras iniciar su vida sexual, deseará que el padre la haga gozar al igual que a su madre, pero lo tenso de la escena se diluye con humor: “La decisión fue unánime. Al día siguiente, sin hacer preguntas ni reclamos, internaron a la pequeña en el castillo, ubicado en las afueras. ‘Lo último que te voy a permitir, es que me quites al hombre de mi vida’, fue lo único que escuchó Yara de su mamá, ante el silencio de su padre”. Así, esta narración oscura antecede la literatura zombie hoy de moda, con unos personajes que van recogiendo a los habitantes de un pueblo donde los únicos que se salvarán son los locos que habitan el manicomio y aquellos a quienes no les importa servirlos.
Por último, Diego Velázquez Betancourt demuestra su humor negro, su sarcasmo vital, en el cuento “Las moscas”, donde retrata la vida de un joven obsesionado con estos insectos y quien, además, se considera un intelectual y un ser por encima de quienes lo rodean: “Poseo libros muy afamados, en ediciones nuevas, libros que envidiaría cualquier coleccionista: El Quijote, los Tratados morales de Cicerón, Los nueve libros de la historia de Herodoto, El señor de las moscas de Golding (que dicho sea de paso tiene mi más ferviente admiración y que pronto leeré), la obra completa de Homero, aunque se trate sólo de dos libros, ya lo sé, no soy ningún ignorante, pero tengo diferentes versiones, en inglés, en francés, en español y hasta en griego, y una vez que aprenda esos idiomas los voy a leer todos”.
Antología que vale la pena leerse para descubrir a estos cinco escritores, Moscas, niñas y otros muertos… logra que el proyecto Punto de partida impulse esta narrativa joven que hoy deberá mostrar su empeño al colocar en librerías los proyectos personales de cada uno de estos jóvenes.
VV. AA. Moscas, niñas y otros muertos. Antología de cuento joven, Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 2004.
* Publicado en Librosampleados
jueves, 15 de diciembre de 2011
El fantasma y el poeta, de Carmen Boullosa*
El cuento, en tanto una historia que tiene un inicio, un desarrollo y un final, que cuenta la anécdota de uno o varios personajes y que crea un microcosmos en el espacio-tiempo narrado, dejó su lugar al relato: hijo bastardo que se asemeja a una historia que puede tener o no fin, que es un pretexto para contar un hecho sin necesidad de llegar a “buen puerto”, sino con la única finalidad de crear una atmósfera o mostrar algunos pasajes interesantes dentro de la vida de un “relator” o un personaje.
El fantasma y el poeta, de Carmen Boullosa (Ciudad de México, 1954), es un libro de relatos que tienen como punto de encuentro Nueva York y que muestra la corriente literaria en donde el escritor (en este caso Boullosa) no debe ocultarse detrás de un personaje para contarnos un hecho, sino que puede asumirse como sí mismo y a partir de ahí manifestar sus fobias, pasiones y temas recurrentes. Así, cerca del final, el “relator”-personaje nos confiesa: “Si esto que está aquí escrito fuera un cuento, por el privilegio de la ficción yo hubiera tenido permiso de estar en dicho salón [al que acude un joven poeta]… Pero esto aquí escrito no necesita ser cuento, quedó armado con lo que le dio la realidad, las verdades y las mentiras de estos y aquellos, sin necesidad de que intervenga yo en el salón, ni la señorita de nariz desgraciada y pelo en pecho, ni nada más”.
Quizá por eso mismo, por ser la poeta Boullosa quien está detrás de la pluma, se regodea con juegos de palabras que en ocasiones surten efecto tras una relectura: “Repetía tres veces las rutinas de sus caminatas, escribía tres veces su nombre en una carta, requería en la mesa tres servilletas dobladas, tres copas y tres vasos, etcétresra”. Pero por eso mismo, porque el “relator”-personaje es demasiado real, en ocasiones resulta inverosímil lo que cuenta: datos que pueden ser resultado de investigaciones muy profundas o de un listado de cosas que debes saber antes de… incluidas en Selecciones del Reader’s Digest: “Jan Rodrigues fue el primer forastero que permaneció un verano completo en lo que es hoy la ciudad de Nueva York, podríamos decir que es el primer manhatannita porque él fue quien exportó la palabra manhattan de las lenguas nativas a las europeas y la usó para nombrar este lugar”.
Hay, sin embargo, dos relatos que al conjuntarlos nos permiten conocer sobre la estadía de Rubén Darío en Nueva York, así como de la ocasión cuando rechazó tres ofrecimientos para beber (algo muy inusual en él), así como la vez que provocó que el fantasma de Jan Rodrigues abandonara el islote donde vivía y lo llevó hasta una calle oscura donde, tras lanzarlo en forma de flatulencia, consiguió desorientarlo (con el benéfico resultado de que muchos años después Octavio Paz se topara con este fantasma y en una especie de borrachera, de viaje sensorial, recitara y creara en su mente los primeros versos de “Piedra de Sol”).
Asimismo, un relato sobre la misoginia en Pedro Páramo, regala al lector una frase que bien vale el libro (la historia se desarrolla en un bar y una joven intenta que el conquistador ebrio que tiene enfrente acepte que el libro de Rulfo es machista; el borracho, desesperado por la verborrea, piensa: “Pinche vieja … ya quisieras que te cogiera Pedro Páramo en un día de fiesta”).
En algunos momentos mordaz, en otros demasiado inocente o petulante, El fantasma y el poeta constituye una muestra de esa literatura que habla de libros, de escritores y de leyendas que, en apariencia, sólo les interesan a los grandes y profundos lectores.
Boullosa, Carmen. El fantasma y el poeta. Sexto Piso. 2007
* Publicado en Librosampleados
martes, 6 de diciembre de 2011
Job, de Joseph Roth*
José María Pérez Gay, traductor y presentador de Job, de Joseph Roth (Galitzia 1894-París, 1939), dice que ésta es la novela más judía de la literatura alemana. Tal vez lo acota porque al interior del texto hay judíos, se viven las tradiciones judías y porque el personaje principal, Mendel Singer, es un hombre temeroso de Dios y quien vive bajo sus preceptos sin importarle la justicia de estos. Sin embargo, Job es mucho más que eso: es la novela de un hombre sencillo, como señala el subtítulo de la obra, que está siendo puesto a prueba por su creador.
Mendel Singer es un profesor casi mediocre que hace malvivir a su familia con el poco dinero que gana de enseñarle las escrituras a cuatro o cinco niños (a veces seis o siete). Su esposa, Déborah, está arrepentida de haber desperdiciado su belleza al lado de este ser disminuido. De sus cuatro hijos, Jonás anhela convertirse en cosaco; mientras Schemarjah quiere imitar la vida gris de su padre; Miriam, por su parte, sueña con viajar y convertirse en la amante de aquellos que le galanteen, y Menuchim… él sólo dice “mamá”, pues nació idiota, con la cabeza grande y con la mente nublada.
Así, la existencia de estos personajes está unida por un pueblo, Zuchnov, en los albores de la Primera Guerra Mundial, en las tierras del zar ruso quien manda llamar a todos los jóvenes para hacerlos parte de su ejército; pero más allá, estos personajes no comparten sino un apellido, pues cada uno desea estar fuera del círculo al que pertenecen y descubrir lo que significa vivir.
Déborah reza para salvar a Menuchim, pero sus oraciones son despreciadas por Mendel, quien de a poco ha ido desconfiando de los milagros y de su propio Dios: “Dios es cruel, y cuanto más le obedecemos, más implacable se muestra con nosotros […] Dios prefiere aniquilar a los débiles. La flaqueza de un hombre despierta su fuerza, y la obediencia, su ira. […] Si acatas sus mandamientos, te dice que sólo lo acatas por tu propia conveniencia, Si dejas de acatar alguno de ellos, te persigue sin cesar con mil castigos y condenas. Si intentas sobornarlo, te abre un proceso. Y si eres un hombre honesto con él, acecha tu intención de soborno”. Todo esto lo piensa Mendel porque al parecer sobre él se están dejando caer todas las plagas bíblicas: sufre el odio de su esposa, sus hijos han sido enrolados y deberán partir a servir al zar, su hija se ha enredado con varios cosacos y Menuchim no hace más que estar en un rincón de la casa gritando, murmurando, gesticulando un “mamá” que a todos desconcierta. Hasta que su vida cambia: su hijo Schemarjah viaja a Estados Unidos y decide llevarse a la familia con él. De este modo, lo que parece un giro en su fortuna se convierte en la saña de su Dios contra Mendel Singer.
Narrada con belleza, esta novela es el cúmulo de personajes antes descritos, mismos que han sido delineados con maestría por Joseph Roth, quien regala frases mordaces o incuestionables. Por ejemplo, cuando Déborah acude con el rabino para solicitar consejo respecto a Menuchim lo que obtiene es un decreto (no una respuesta): “Menuchim, hijo de Mendel, se curará. En todo Israel no habrá muchos como él. El dolor lo hará sabio, la fealdad lo hará bondadoso, la amargura lo hará dulce y la enfermedad lo hará fuerte. Sus ojos serán grandes y profundos, y sus oídos claros y llenos de resonancias. Su boca callará, pero cuando abra los labios anunciará cosas buenas. No tengas miedo y vuelve a casa”. Mas esto no logra convencer a Mendel, quien decide abandonar al hijo en Rusia mientras él, su esposa e hija viajan a América en busca de esos sueños que comienzan a convertirse en epidemia entre los judíos: la libertad y el bienestar.
Job es la novela de Mendel Singer, quien “vivía entre los demás como un triste ejemplo de la crueldad de Jehová”, al mismo tiempo que es la historia de un hombre quien ha dejado de creer en los milagros, quien se sienta a orar únicamente por seguir la tradición, pero no porque tema, quiera u odie a Dios. Es el libro de un hombre que recuerda todo el peregrinar del pueblo judío, esa larga etapa en la que parecen no llegar a su destino; es la tragedia de un individuo que ha sido puesto a prueba por su Dios y que en esta prueba jamás conseguirá el triunfo. Es, como dicen, un libro cien por ciento judío, pero además es una obra que en cada oración nos pregona el amor del hombre por el hombre, el cariño que Joseph Roth le tiene a cada uno de sus personajes, y nos da muestra de que la literatura, la gran literatura, es el retrato de las miserias y bendiciones de hombres sencillos como Mendel Singer.
Roth, Joseph. Job. 1ª reimpr. Ediciones Cal y Arena, 2010
* Publicado en Librosampleados
El ocaso de la “Generación de la fiesta”*
Los treintañeros clasemedieros de hoy no vivieron la guerra, ni las ideologías, ni el hambre. Saben de ello porque sus padres les contaron sus experiencias en las marchas, en las guerrillas, en los movimientos culturales. Los treintañeros clasemedieros de hoy, a falta de algo mejor en qué creer, durante la década de los noventa vivieron la fiesta, se reventaron en discotecas, se metieron drogas (legales e ilegales) y buscaron el caos como una forma de subsistir. Crearon, también, nuevos mundos de escape. Pero de pronto el cuerpo, la realidad, les dijo algo importante: “Es ya en la tercera década de la existencia cuando el auténtico impulso vital empieza a disminuir, y la persona para quien a los treinta existen tantas cosas valiosas y llenas de significado como diez años antes posee sin duda un alma simple”, tal como escribiera Francis Scott Fitzgerald.
José Mariano Leyva (Cuernavaca, 1975) sabe todo lo anterior (lo ha estudiado incluso en su libro El complejo Fitzgerald) y por eso en su novela Imbéciles Anónimos hace un retrato social de estos nuevos viejos que crearon su vida a partir del rechazo que sentían por todas las obsesiones de sus padres. Así, en este libro aparecen cinco personajes que delinean de forma general a la generación de los nacidos en los setenta: Sunny B., una mujer que creyendo que es feminista se olvida de ser mujer y la guerra contra el hombre la convierte en una batalla feroz contra su femineidad; Carlos, un escritor que ante el aburrimiento de su vida matrimonial un día encuentra el escape perfecto en una relación homosexual la cual no le pide comprometerse; Elías, un hombre que escapa de su realidad mediante las drogas, que inventa padecimientos para poder consumir cocaína; Marsé, un conquistador de mujeres mayores (casi ancianas) en quienes quiere hallar a la madre-amante, al mismo tiempo que dañar a este símbolo de su pasado, y José Mariano Leyva, el personaje, quien se ha ocultado del mundo a partir de que su familia (sus padres y dos hermanos) fueron asesinados.
La historia empieza en una casa de Cuernavaca, propiedad de José Mariano Leyva, donde reúne a los otros cuatro personajes que están ansiosos por evadirse, una vez más, de la realidad. Elías, sin embargo, ocasiona que un judicial vaya a visitarlos e intente abusar sexualmente de Sunny B., al tiempo que se burla de los otros tres. Esto ocasiona que lo maten y a partir de entonces su vida cambie (eso quieren creer ellos). Es en ese momento cuando la novela toma otro cariz: la reflexión, en ocasiones exhaustiva, de esta generación que no está conforme con lo que es, pero que tampoco sabe hacia dónde ir. Por ejemplo, el personaje José Mariano Leyva se describe así: “Mi camisa tiene un estampado de líneas que no se decide entre hippie y yuppie, de aquellas épocas en las que las breves ideologías aún eran tomadas en serio”. Después confiesa: “Los padres de Leyva tenían propósitos más caros que coger, drogarse, mentir y prolongar remedos ideológicos. Ellos eran la ideología, cuando la ideología no estaba tan despreciada. Cuando la crítica no era masiva, aplastante y aún permitía creer”.
Así, Imbéciles Anónimos es una descarnada crítica a estos treintañeros que aborrecen el pasado revolucionario, pero también aquel del México de la picardía, los albures y Mike Laure y La Sonora Santanera; a estos individuos que “son incapaces de sostener largas pláticas. Son aficionados de los diálogos rápidos y punzantes. Sus conversaciones son telegráficas”, de estos seres en contra de la generación de sus progenitores, pues “los pobres padres de Leyva tuvieron un mal final, cierto, pero sus hijos tuvieron un mal principio”.
José Mariano Leyva, el autor, el narrador, hace un balance negativo de estos seres: Sunny B., Elías, Carlos, Marsé: “No los culpo. La contracultural cocaína, el militarismo homosexual, la batalla feminista, la huida de la pasión, son buenos espectros para calmar la conciencia. Para llenar la vida. Son la ideología del fin de siglo”. No conforme con eso, no salva a ninguna de sus creaciones, sino que se regodea en sus defectos. Dice Sunny B.: “Antes creía que la guerra de sexos era una eterna batalla. Pero en esa lucha sin cuartel, las mujeres comienzan a copiar el estilo de vida de los hombres. Y no hay peor sumisión que eso: ignorar las características que nos vuelven incomparables. Más de una amiga, por ejemplo, decidió no tener hijos. Esos diminutos ladrones, aseguraban, quitaban tiempo, dinero, energías. Su valentía fue robusta a los veinte, dubitativa a los treinta, abatida en el número cuarenta”. Por su parte, Carlos repite la frase hecha con tal de justificar su fracaso: “La pareja es una aspirina para sentir menos la soledad. La neurosis que significa vivir con otra persona te ocupa lo suficiente como para no tener energías y realizar otro tipo de tonterías. No es la salida, es un paliativo. Nada más”.
Imbéciles Anónimos es la novela que apaga la luz después de la fiesta, es la resaca al siguiente día; es el espejo que refleja a los treintañeros después de la narrativa que insistió en hacerlos creer que todo iría mejor, que por el momento no tenían que pensar, sino de disfrutar; de las novelas que van de Breat Easton Ellis y Douglas Coupland, pasando por los mexicanos Iván Ríos Gascón y Tryno Maldonado, entre otros, hasta llegar a José Mariano Leyva, quien casi sepulta a la generación a la que pertenece: “Por eso nuestra generación va a hacer sólo eso: nada. Es demasiada estupidez, demasiada alienación, demasiado MTV, demasiados videojuegos, demasiada coca, demasiados anuncios vistos, demasiados resorts en la playa, demasiadas noticias en diarios que sólo son chismes políticos, demasiado vacío. No vamos a hacer nada”.
La generación de la fiesta se divirtió en los noventa, tuvo la oportunidad de cambiar su rumbo en la primera década del dos mil, pero como su propuesta se centró en estar en contra de sus predecesores, terminó formando parte de estos Imbéciles Anónimos. Ahora, derrotada, deberá pasar la estafeta a los nacidos en los ochenta… Eso parece después de leer a Leyva.
Leyva, José Mariano (2011), Imbéciles Anónimos, México, Random House Mondadori, 328 páginas.
*Publicado en Adefesio.com
martes, 22 de noviembre de 2011
Ni muertos, ni extranjeros: el lector soy yo, Villagrán-Todorova*
¿Qué se puede esperar de una antología que incluye sólo tres cuentos? ¿Qué si además contiene la crítica a esos textos? ¿Y si también reúne la respuesta del autor al crítico? No sólo eso, asimismo cuenta con entrevistas a ambos… El resultado es un excelente libro que engloba todo el proceso de la lectura: la forma cómo surgió el cuento, el relato mismo, la lectura del receptor, la acogida del creador a dicha crítica y un enfrentamiento entre ambos participantes del texto.
Ni muertos, ni extranjeros: el lector soy yo… es un libro destinado a escritores, estudiosos de la literatura y lectores persistentes. ¿Por qué? Debido a que este ejemplar es una extrañeza como antología, desde la franqueza con que se presenta hasta el resultado de este collage de expresiones. Las compiladoras lo explican: “En un círculo aparentemente sin salida, el escritor funge a la vez como su propio lector y el de sus congéneres; cumple con el papel de reseñista y crítico, cuando no de académico o investigador literario. Un círculo cada vez más endogámico, que por resistir al embate mercantil, ha preferido formar parte de un sistema de subvenciones y apoyos. Y si bien esta forma de resistencia funciona, también ha creado la ilusión de que con escribir, y a veces publicar, basta.”
Esta antología reúne a tres narradores: Noé Blancas (con el cuento “De tijeretazos y perros negros”), Gregorio Cervantes Mejía (“Lobo”) y Alejandro Badillo (“Ícaro”); así como a los críticos Eduardo Sabugal, Jesús Bonilla Fernández y José Sánchez Carbó.
El orden en que se presentan los textos, sin embargo, varía en cada caso. A veces se presenta primero la respuesta del escritor al texto crítico, en otras el cuento y en otras las entrevistas a creador y crítico. Esto genera un resultado distinto tras la lectura, pues se confirma cómo un cuento puede generar referencias en la reseña que en realidad no existen, como cuando Eduardo Sabugal expone una cercanía entre el cuento de Noé Blancas y el lenguaje usado por Juan Rulfo, pero el narrador responde que al momento de escribir el texto no conocía al autor de Pedro Páramo.
Por otra parte está el caso de Gregorio Cervantes Mejía, cuyo cuento consta de siete páginas, y el texto crítico de Jesús Bonilla Fernández es de 13 páginas (dos de ellas de bibliografía).
Sin embargo, más allá de estas consideraciones, la antología muestra a tres cuentistas sólidos, cuyas narraciones vuelven al pasado (mitológico o costumbrista) y de ahí parten para mostrar una nueva forma de hacer literatura; así como a tres críticos que hacen un esfuerzo porque la reseña retome la solidez teórica de otros tiempos. Por ejemplo, Eduardo Sabugal expone: “La crítica literaria es una práctica que consiste en sugerir una o más lecturas sobre un texto, en ocasiones hacer alguna valoración, identificar su genealogía, sus aportes, sus vicios, carencias o errores”, pero cae en el juego de satanizar al editor y al mercado: “En las grandes casas editoriales, muchas veces el editor toma el papel del crítico al decidir qué se publica o no; y lo que es peor, muy probablemente estén usando criterios mercadológicos para definir qué vale la pena y qué no. Esto ocasiona que el escritor se vuelva sumiso ante el editor porque en ello le va su modus vivendi hablando económicamente”. De este modo, pareciera que sólo lo que no es vendible tiene calidad literaria.
Por su parte, la entrevista con el narrador permite acercarse a su forma de pensar, a su manera de privilegiar su oficio, como en el caso de Alejandro Badillo, quien considera que la gente interesada en las letras es más crítica con su entorno y de ahí que la literatura tenga un valor social.
Es cierto, como dice José Sánchez Carbó: Para contribuir a la difusión de la literatura, el crítico debe ser consciente del lector al que se dirige, y esta antología es un libro maravilloso para quienes les interesa el texto creativo (en este caso el cuento), pero también la recepción y el círculo que se forma entre autor-texto-lector. Una antología, pues, que no está dirigida a un lector ocasional, pero no por eso poco valiosa.
Villagrán Mora, Abigail y María Todorova Gueoguieva (compiladoras). Ni muertos, ni extranjeros: el lector soy yo. Antología de narrativa y crítica literaria contemporánea en Puebla. UPAEP. 2011.
* Publicado en Librosampleados
Un juguete incendario: el corazón desnudo de un hombre*
“Se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia”, dijo Roberto Artl (Buenos Aires 1900-1942) cuando las primeras críticas a El juguete rabioso lo acusaban de cometer errores gramaticales y estilísticos. Es cierto, hay frases extrañas, uso de guiones más raros aún, pero nada de eso estropea la genial aventura que es la vida de Silvio, un joven que termina siendo hombre y quien experimenta el hartazgo de una vida llena de fracasos, mas todos se da otra oportunidad.
Silvio es un adolescente que quiere ser ladrón: algo de ese deseo le viene de las novelas de bandidos que leía gracias a un viejo, pero también algo se debe a que sueña con “doncellas” que caerán rendidas ante él cuando se enteren que es un ladrón. Por eso, junto con Lucio y Enrique planean el gran robo: a la biblioteca de una escuela (¡!), donde descubrirá al poeta Charles Baudelaire: “Leí en voz alta: Yo te adoro al igual que la boveda nocturna, / ¡oh vaso de tristeza, ¿oh blanca taciturna! ‘Eleanora’, pensé. ‘Eleanora’ [la novia que lo ha dejado]. Y vamos a los asaltos, vamos, / como frente a un cadáver, un coro de gitanos. –Che, ¿sabes que esto es hermosísimo? Me lo llevo a casa”, dice en medio del asalto, mientras sus cómplices se llevan bombillas o libros de química y álgebra.
Sin embargo, su carrera de ladrón se verá frustrada cuando su madre lo obligue a trabajar, pues si bien él abandonó la escuela, al menos deben procurar que su hermana sí asista. Claro, el joven Silvio, quien prefiere quedarse a leer en su habitación, ha de tomar a mal dicha petición: “¿Trabajar, trabajar de qué? […] Hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas, odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo una pena innominable: La certeza de la propia inutilidad”. Así que en su vida fantasiosa, decide hacer ayudante de una librería de viejo (¡!), donde incluso tendrá que cargar la canasta del mandado y lavar baños inmundos: “¡Y yo era el que había soñado en ser un bandido grande como Rocambole y un poeta genial como Baudelaire!”.
De esta forma, este personaje irónico, entra al ejército y después lo echan; se vuelve vendedor de papel y sufre las largas caminatas en donde se confiesa que lo único que desea es ser reconocido por los demás, pero cómo ha de hacerlo si a cada apuesta siempre pierde. Todo eso redundará en su última decisión, que es casi la declaración del asqueado hombre de principios del siglo XX (tal vez de todo el siglo): “Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo que sé… de destrozar para siempre la vida de un hombre… y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos”.
Novela que aborda al hombre citadino, quien vive atormentado pero diario renace, El juguete rabioso es un libro lleno de sarcasmo, de verdades, incluso de poesía (“No era yo, sino el dios que estaba dentro de mí, un dios hecho con pedazos de montaña, de bosques, de cielo y de recuerdo”). Es también un libro que no tiene la asepsia de otros, pero sin duda cuenta con el coraje y el ánimo que engatusan al lector de sus páginas.
Arlt, Roberto (2008), El juguete rabioso, México, Axial, 144 páginas.
*Publicado en Adefesio.com
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