martes, 8 de mayo de 2012
¿Dónde andará Dulce Veiga?
¿Dónde andará Dulce Veiga?, de Caio Fernando Abreu (Santiago, Rio grande do Sul, 1948-Porto Alegre 1996), es una novela demoledora por las historias que cuenta y por el crecimiento de un personaje que de principio es gracioso pero termina siendo tragicómico. Es además, una historia que provoca que el lector se enamore de sus personajes (sobre todo de aquellos con más vicios) debido a su tono familiar, a la sinceridad con que se reflejan en estas páginas. Es, también, una muestra más de la literatura brasileña tan poco conocida en español y que recuerda por qué nombres como los de Joao Guimaraes Rosa o Clarice Lispector son considerados cumbres en la literatura. Caio Fernando Abreu bien podría estar al lado de estos maestros.
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El futuro NO es nuestro*
Una antología puede ser una reunión de textos o la selección de piezas destacadas. En literatura, las antologías buscan dar un panorama general de un autor o mostrar el trabajo de varios escritores. De principio, se supondría que los textos incluidos en estos ejemplares tendrían que ser los mejores de su obra. Sin embargo, este afán de reunión ha provocado que algunas de las antologías que hay en el mercado simplemente sean el conjunto de muchos autores sin importar la calidad. Además, el número de páginas que se brindan a cada escritor suele ser un factor en contra.
Por lo anterior, libros como El futuro NO es nuestro. Nueva narrativa latinoamericana, destacan sobre textos similares, pues su manufactura ha dejado de lado muchos de los defectos que una antología puede tener y parece dedicada a servir únicamente a los autores incluidos. Al respecto, dice Diego Trelles Paz, quien se encargó de la selección y el prólogo: “(ésta) se planteó como una antología hecha por escritores en busca de lectores y a la cual no le interesaba nada esa relación, a veces turbia, entre la literatura y la publicidad”.
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jueves, 3 de mayo de 2012
Turbulencia dos mil once. Narrativa Michoacana Actual, Alfredo Carrera (antologador)
Turbulencia dos mil once. Narrativa Michoacana Actual reúne a cuarenta escritores, pero a diferencia de Lenta turbulencia (Jus / Secretaría de Cultura de Michoacán, 2010) da una muy breve muestra de su obra. Además, llama la atención la similitud en el título, como si con ello quisiera identificarse una característica de la literatura de ese estado: un alboroto o perturbación que el lector no encontrará.
Destaca que en esta antología, los cuarenta congregados no necesariamente nacieron en Michoacán, sino que han escrito o desarrollado su obra ahí. Asimismo, los autores tienen marcadas diferencias de edad pues algunos nacieron en 1946 y los más jóvenes en 1994.
Sin embargo, esta disparidad no se ve reflejada en la calidad de los cuentos.
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El matrimonio es una larga enfermedad*
Los textos dramáticos son poco frecuentados. Uno va al teatro y observa la obra, pero casi nunca acude al texto que se recreó. Eso es normal y hasta lógico, sin embargo nos impide conocer obras que no están en cartelera y que tal vez nunca se repondrán. Por ejemplo, si hoy quisiéramos ver Romeo y Julieta, El jardín de los cerezos o Casa de muñecas, por hablar de tres obras clásicas, tal vez no las encontraríamos en cartelera y a consecuencia de esto tendríamos que acudir al libro. ¿Pero qué pasa con el teatro contemporáneo, que tras algunas semanas de funciones, no vuelve a reponerse? Desaparece por completo.
De ahí la importancia de colecciones como La centena, de editorial El milagro y Conaculta, pues nos acerca a textos dramáticos que serán difíciles de volver a representar. Un ejemplo de ello es Fiebre 107 grados, de Silvia Peláez (Cuernavaca, 1959), obra que fue estrenada por la Compañía Nacional de Teatro en 2006 y que fue traducida al inglés.
Fiebre 107 grados es una versión libre de la vida de Ted Hughes y Sylvia Plath, enfocada entre los años 1951 y 1963, cuando Plath se suicida. La obra muestra a un Ted Hughes frío, conciliador, amoroso (a veces) y enfocado en su trabajo: entonces tenía una gran actividad poética, además que era guionista de la BBC de Londres. En tanto, Sylvia es una mujer temperamental, celosa y una poeta que evalúa su obra a la sombra de lo que su esposo hace. De esta manera, cuando publica el célebre poemario El coloso se queja de que la crítica no sea tan amplia como con los libros de Hughes; cuando le publican La campana de cristal, lamenta hacerlo bajo un seudónimo, mientras Ted firma todas sus colaboraciones. Así, el lector asiste a una guerra que se desarrolla en este matrimonio que navega entre el amor, las dudas y la competencia.
Con un lenguaje poético, debido en gran parte al oficio de ambos personajes, la obra avanza con imágenes eficientes, como cuando Sylvia, al cumplir años, le pide a Ted que no le dé un regalo envuelto en celofán, pues éste material asfixia. A partir de esta imagen ha de crearse un juego en donde Sylvia se siente atrapada en su cotidianidad, en la que debe cuidar y amamantar a sus dos hijos, arreglar la casa y celar a Ted, mientras él tiene tiempo libre para escribir sin ser molestado, viajar a Londres y convertirse en amante de una de las mejores amigas de la pareja: Assia. “SYLVIA: Mira quién habla de protagonismo: héroe, mi héroe. ¿Quién te ayudó a transcribir tus poemas? Sylvia Plath. ¿Quién cría a tus hijos? Sylvia Plath. ¿Quién escribe en los ratos libres? Sylvia Plath. ¿Quién espera y espera por las noches al magnífico poeta Ted Hughes? Sylvia Plath”.
Debido a esta desesperación, Plath comienza a volverse loca y recae en intentos de suicidio, incluso en un momento, fuera de sí y con fiebre, rompe los poemas de Hughes como una forma de vengarse de él. Aquí, la autora, Silvia Peláez, ofrece indicaciones dramáticas que permiten al lector ubicar perfectamente cómo deben ser interpretados los personajes: “Ted va a la cocina. Regresa con una taza de té y una toalla húmeda que coloca sobre la frente de Sylvia. Ella bebe a sorbos. Ted recoge los restos de su trabajo destruido y los coloca sobre la mesa con cuidado, como si enterrara a un ser amado”.
Tal vez lo más fácil hubiera sido contar la versión de que Ted Hughes era un mujeriego, quien provocó el suicidio de Plath, como el mito general dicta. Sin embargo, la descripción de las manías de Plath y el no crear personajes sólo de dos tonos es lo que permite a Fiebre 107 grados ser un espléndido texto que acerca a la obra de estos poetas, más que a su vida. Muestra de esta objetividad autoral queda plasmada en parte del monólogo final de Ted Hughes, quien tras enterrar a Sylvia vuelve a casa con los poemas que Plath jamás vería publicados y resume: “Dejaste cartas hirientes, palabras demoledoras y el diario. Fue como si dijeras al mundo que yo era tu verdugo, y el mundo lo creyó. ¿Cómo saber que tu alma se debatía en tales tempestades? Ahora mi cuerpo se hunde en el cuento de hadas en un bosque donde los lobos aúllan. Dos huérfanos lloran junto al cadáver de su madre, aún tibio”.
Fiebre 107 grados es un texto dramático valioso más allá de que sus personajes hayan sido personas reales o de que contenga diálogos poéticos. Es una obra imprescindible porque nos muestra a una mujer, Sylvia Plath, quien se obsesionó con su padre muerto, con su madre dictadora; quien recibió electroshocks para salir de sus depresiones, quien se casó con un poeta famoso y quien escribió algunos de los poemas más desgarradores del siglo XX, pero que a pesar de ellos terminó siendo, tal como ella misma dice, “una sombra recortada en papel blanco”.
Peláez, Silvia (2006), Fiebre 107 grados, El milagro / Conaculta, México, 120 páginas.
* Publicado en Adefesio.com
viernes, 20 de abril de 2012
Nuevos clásicos infantiles*
Hace tres siglos Jonathan Swift, el autor de Los viajes de Gulliver, publicó un peculiar ensayo: “Modesta proposición para impedir que los niños de los irlandeses pobres sean una carga para sus progenitores o para su país”. El irónico texto planteaba la posibilidad de procrear hijos para después venderlos antes de que cumplieran un año, cuando su carne aún era tierna. De esa forma se evitaría la hambruna y los católicos pobres (quienes eran mayoría) se harían de unas cuantas monedas. Claro, Swift lo proponía cuando el más pequeño de sus hijos tenía nueve años y su mujer ya no podía engendrar.
“Un niño sano y bien nutrido es, al año de edad, manjar delicioso, nutritivo y completo, ya se lo haga estofado, asado, al horno o hervido […] Quienes sean más económicos (como, debo confesar, exige la época) pueden desollar el niño, de cuya piel, artificialmente curtida, se harán guantes admirables para damas y calzado de verano para caballeros de gusto refinado. […] Los criadores constantes, además de la ganancia de ocho chelines por año que les produciría la venta de sus hijos, se librarán del gasto de mantenerlos”.
Este ensayo, que en su momento seguramente fue terrorífico, en nuestros días podría ser un cuento infantil con miras a convertirse en clásico. No es sólo que la literatura para niños se esté nutriendo del terror, como podría demostrarlo Bonícula (de James y Deborah Howe), sino que la actitud transgresora del texto es una de las características de la modernidad en la literatura infantil.
Si bien es cierto que por un momento se apeló a que los libros para menores debían dejar su afán educativo y moralizante, hoy estos tópicos no están peleados con lo lúdico. Además, los autores que escriben para niños (y que consiguen la atención de los mismos) han dejado de considerarlos como un público fácil a quien se le puede menospreciar. Algunos ejemplos de esto podrían ser los siguientes:
La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa, un cuento donde el personaje principal es una mujer que fuma puro, da a sus hijos comida para perro, agrede a las personas y es capaz de construir una muralla que rodea el pueblo donde habita con tal de que todos queden a su merced. El autor ha comentado que cuando quiso publicarlo se enfrentó a las negativas de los editores, pues su personaje era un antihéroe que estaba lleno de defectos y era agresiva (conductas que se intentaban eliminar de los niños). Sin embargo, cuando se editó, con ilustraciones de Rafael Barajas El Fisgón, pronto se convirtió en un best seller debido a la fascinación que ejerció en los niños: les causaba una especie de miedo gozoso, les provocaba una risa que les salía de lo más profundo de sus temores.
El caso de Roald Dahl puede caracterizar también esta nueva forma de escribir para los niños. Sus personajes son infantes que sufren el mundo de los adultos. Por ejemplo, en Matilda, ella padece por la ignorancia de sus padres y es tal su descontento con la vida vacía a la que la obligan, que la niña prefiere ser adoptada por su maestra. O el caso de James y el melocotón gigante, donde el protagonista es capaz de vivir entre insectos y gusanos antes que con sus tías, quienes cuando le hablan con cariño le dicen “pequeña bestia repugnante”, “sucio fastidio” o “criatura miserable”.
Otro libro que ha ocupado un héroe fuera de lo común es Limoncito: un cuento de Navidad, de Javier Sáez. En esta narración el oso Limoncito deberá salvar a su antiguo dueño de vivir una vida sin sentido, llena de comida chatarra, cerveza y cigarros. Para ello lo hará recordar cómo fue de niño (agresivo con tal de defender a sus amigos) y le provocará sufrimiento con tal de que pueda rectificar.
Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, es un álbum que además de resaltar por sus bellas y amigables ilustraciones, nos permite conocer a Max, un niño enfundado en traje de lobo que hace y deshace al lado de sus amigos los monstruos, pero quien después de divertirse como siempre ha deseado deberá decidir qué hacer: regresar a casa a tomar su sopa o quedarse en el mundo de los monstruos a gobernarlos.
Marjolaine Leray, a su vez, en Una caperucita roja, redescubre esta historia donde esta niña más moderna, sabedora de sus derechos, no se amedrenta ante el lobo feroz y es capaz de vencerlo por medio de la astucia.
Así, ante la falsa creencia de que los cuentos infantiles que tienen un aprendizaje escondido entre líneas son aburridos; que las fábulas están pasadas de moda, y que a los niños de hoy se les debe atrapar con mecanismos más allá del texto e ilustración, estos ejemplares demuestran que lo importante es no brindar textos fáciles o complacientes, pues cuando un niño deja de percibir un riesgo (en su lectura y en la historia) se siente defraudado: los niños quieren sentirse grandes y si el libro que les ponemos enfrente los hace saber que siguen siendo infantes, entonces ellos preferirán hacer algo más que les permita cumplir su objetivo: ser, por unos instantes, adultos.
No debe olvidarse que así como los hijos imitan a sus padres al rasurarse un ilusorio bigote o tomando un portafolio para aparentar que van a trabajar, así a los pequeños lectores les agrada encontrarse con palabras desconocidas, con temáticas que les son inquietantes, que los emocionan y les hacen saborear ese platillo que nadie les ha digerido para ayudarlos, al que aparentemente sólo los adultos tienen acceso.
Estos nuevos clásicos apelan a conquistarlos por las historias, por demostrar que incluso esta generación que privilegia la fugacidad y el exceso de imágenes (cuyos integrantes, se cree, no podrán concentrarse en un texto que no sea interactivo), es un público ávido de temáticas interesantes, que les hagan erizarse de miedo, que les permitan burlarse del mundo adulto, que les dejen sentirse libres.
Estos nuevos clásicos son una oportunidad para regresar a la infancia, pero también para inmiscuirnos en un mundo que trasgrede con tal de recuperar el orden, donde no importa si un padre vende a su hijo con tal de hacerse de ocho chelines, o si lo guisa como estofado, sino que nos demuestran que la diversión es lo principal, pero no por ello se olvida de la moraleja, de los mensajes entre líneas, ni de los viejos clásicos.
Estos nuevos clásicos son, además, una clara muestra de que los niños ya no son tan inocentes y por ello no hay nada mejor que ofrecerles retos, y si estos van empastados, mucho mejor.
* Publicado en revista Bicaa'lu, diciembre 2011.
“Un niño sano y bien nutrido es, al año de edad, manjar delicioso, nutritivo y completo, ya se lo haga estofado, asado, al horno o hervido […] Quienes sean más económicos (como, debo confesar, exige la época) pueden desollar el niño, de cuya piel, artificialmente curtida, se harán guantes admirables para damas y calzado de verano para caballeros de gusto refinado. […] Los criadores constantes, además de la ganancia de ocho chelines por año que les produciría la venta de sus hijos, se librarán del gasto de mantenerlos”.
Este ensayo, que en su momento seguramente fue terrorífico, en nuestros días podría ser un cuento infantil con miras a convertirse en clásico. No es sólo que la literatura para niños se esté nutriendo del terror, como podría demostrarlo Bonícula (de James y Deborah Howe), sino que la actitud transgresora del texto es una de las características de la modernidad en la literatura infantil.
Si bien es cierto que por un momento se apeló a que los libros para menores debían dejar su afán educativo y moralizante, hoy estos tópicos no están peleados con lo lúdico. Además, los autores que escriben para niños (y que consiguen la atención de los mismos) han dejado de considerarlos como un público fácil a quien se le puede menospreciar. Algunos ejemplos de esto podrían ser los siguientes:
La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa, un cuento donde el personaje principal es una mujer que fuma puro, da a sus hijos comida para perro, agrede a las personas y es capaz de construir una muralla que rodea el pueblo donde habita con tal de que todos queden a su merced. El autor ha comentado que cuando quiso publicarlo se enfrentó a las negativas de los editores, pues su personaje era un antihéroe que estaba lleno de defectos y era agresiva (conductas que se intentaban eliminar de los niños). Sin embargo, cuando se editó, con ilustraciones de Rafael Barajas El Fisgón, pronto se convirtió en un best seller debido a la fascinación que ejerció en los niños: les causaba una especie de miedo gozoso, les provocaba una risa que les salía de lo más profundo de sus temores.
El caso de Roald Dahl puede caracterizar también esta nueva forma de escribir para los niños. Sus personajes son infantes que sufren el mundo de los adultos. Por ejemplo, en Matilda, ella padece por la ignorancia de sus padres y es tal su descontento con la vida vacía a la que la obligan, que la niña prefiere ser adoptada por su maestra. O el caso de James y el melocotón gigante, donde el protagonista es capaz de vivir entre insectos y gusanos antes que con sus tías, quienes cuando le hablan con cariño le dicen “pequeña bestia repugnante”, “sucio fastidio” o “criatura miserable”.
Otro libro que ha ocupado un héroe fuera de lo común es Limoncito: un cuento de Navidad, de Javier Sáez. En esta narración el oso Limoncito deberá salvar a su antiguo dueño de vivir una vida sin sentido, llena de comida chatarra, cerveza y cigarros. Para ello lo hará recordar cómo fue de niño (agresivo con tal de defender a sus amigos) y le provocará sufrimiento con tal de que pueda rectificar.
Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, es un álbum que además de resaltar por sus bellas y amigables ilustraciones, nos permite conocer a Max, un niño enfundado en traje de lobo que hace y deshace al lado de sus amigos los monstruos, pero quien después de divertirse como siempre ha deseado deberá decidir qué hacer: regresar a casa a tomar su sopa o quedarse en el mundo de los monstruos a gobernarlos.
Marjolaine Leray, a su vez, en Una caperucita roja, redescubre esta historia donde esta niña más moderna, sabedora de sus derechos, no se amedrenta ante el lobo feroz y es capaz de vencerlo por medio de la astucia.
Así, ante la falsa creencia de que los cuentos infantiles que tienen un aprendizaje escondido entre líneas son aburridos; que las fábulas están pasadas de moda, y que a los niños de hoy se les debe atrapar con mecanismos más allá del texto e ilustración, estos ejemplares demuestran que lo importante es no brindar textos fáciles o complacientes, pues cuando un niño deja de percibir un riesgo (en su lectura y en la historia) se siente defraudado: los niños quieren sentirse grandes y si el libro que les ponemos enfrente los hace saber que siguen siendo infantes, entonces ellos preferirán hacer algo más que les permita cumplir su objetivo: ser, por unos instantes, adultos.
No debe olvidarse que así como los hijos imitan a sus padres al rasurarse un ilusorio bigote o tomando un portafolio para aparentar que van a trabajar, así a los pequeños lectores les agrada encontrarse con palabras desconocidas, con temáticas que les son inquietantes, que los emocionan y les hacen saborear ese platillo que nadie les ha digerido para ayudarlos, al que aparentemente sólo los adultos tienen acceso.
Estos nuevos clásicos apelan a conquistarlos por las historias, por demostrar que incluso esta generación que privilegia la fugacidad y el exceso de imágenes (cuyos integrantes, se cree, no podrán concentrarse en un texto que no sea interactivo), es un público ávido de temáticas interesantes, que les hagan erizarse de miedo, que les permitan burlarse del mundo adulto, que les dejen sentirse libres.
Estos nuevos clásicos son una oportunidad para regresar a la infancia, pero también para inmiscuirnos en un mundo que trasgrede con tal de recuperar el orden, donde no importa si un padre vende a su hijo con tal de hacerse de ocho chelines, o si lo guisa como estofado, sino que nos demuestran que la diversión es lo principal, pero no por ello se olvida de la moraleja, de los mensajes entre líneas, ni de los viejos clásicos.
Estos nuevos clásicos son, además, una clara muestra de que los niños ya no son tan inocentes y por ello no hay nada mejor que ofrecerles retos, y si estos van empastados, mucho mejor.
* Publicado en revista Bicaa'lu, diciembre 2011.
Descubrimientos, de Clarice Lispector
Los diarios (ahora los blogs) son la forma de descubrir a los escritores en su faceta menos conocida, es decir en su intimidad. En estos cuadernos, los autores apuntan situaciones cotidianas, revelan manías e influencias. Algo similar ocurre con la obra periodística, las columnas y artículos de opinión, cuando se reúnen en un tomo. Muestra de ello, son las crónicas (término demasiado amplio para describir estos textos) que Clarice Lispector (Chechelnyk, Ucrania 1920-Río de Janeiro 1977) publicó todos los sábados en el Jornal do Brasil de 1967 a 1973 y que se reúnen en dos tomos: Revelación de un mundo y Descubrimientos.
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Ted Hughes, el poeta que quiso recuperar la intimidad de sus propios sentimientos*
Edward James (Ted) Hughes (Mytholmroyd, 1930-Londres, 1998) nació en los mismos páramos que la legendaria Emily Brönte, autora de Cumbres borrascosas. Debido a su rebeldía y a la mitología alrededor de él, su vida y sus mujeres, lo llegaron a apodar el Heathcliff de la poesía, en honor al personaje de dicha novela. Sin embargo, más allá de esto, Ted Hughes se hizo famoso por sus poemarios que se convertían en best sellers al salir al mercado, mismos que le valieron ser nombrado Poeta Laureado en su país.
La poesía de Hughes (su vida incluso), además, está marcada por su relación con la poeta Sylvia Plath, su primera esposa. Asimismo, el suicidio de ésta, así como el de su hijo provocaron que los poemas de este autor se analizaran desde un punto de vista morboso, tratando de hallar en ellos las causas de estas muertes. A pesar del escarnio que los críticos hicieron de él, Ted Hughes pocas veces contestó a estos ataques, y las pocas ocasiones que lo hizo fue para defender a Plath, a quien han tachado de neurótica y loca. Quizá por ello decidió publicar el poemario Cartas de cumpleaños, una larga relación de hechos de su vida al lado de Plath: desde el momento cuando la conoció hasta el día de su muerte y las posteriores visitas fantasmales que le hizo al poeta.
Esta situación, que ha dejado de lado el valor de la poesía de Hughes, ocasionó que incluso su hija, Frieda Hughes, poeta y pintora, escribiera unos versos desgarradores respecto a la relación de sus padres y la posterior saña de los críticos: “Mientras sus madres descansan en sus tumbas / recortadas con verdes guijarros y flores / en un bote de mermelada, [ellos] desenterraron a la mía […] // Al salir del horno ya la habían destripado, pelado y aderezado. // La llamaban suya”.
Aunado a esto, la obra de Hughes ha sido poco traducida al español, por lo que El azor en el páramo es una valiosa recolección de parte de su poesía, que muestra el por qué es un autor de éxito en Inglaterra y también por qué se le sigue estudiando, editando y leyendo.
El azor en el páramo recoge 68 poemas que abarcan la obra de Hughes, mismos que dan una idea de los intereses (religiosos, místicos) del autor. Asimismo, permiten conocer a un hombre cuyo único deseo, según dijo en una entrevista, era recuperar la intimidad de sus propios sentimientos y conclusiones sobre Plath para evitar que los contaminaran: “Cada obra de arte surge de una herida que hay en el alma del artista […] Cuando una persona recibe una herida, su sistema inmunitario entra en acción y se produce el proceso de autocuración, mental y físico […] Hay artistas que se concentran en la expresión del daño, la sangre, los huesos, la explosión del dolor, para levantar y sacudir al lector. Y hay otros que apenas mencionan las circunstancias de la herida; lo que les preocupa es la curación”, dice en el espléndido estudio introductorio.
Ahora bien, los poemas dan cuenta de un punto de vista reflexivo y que es capaz de hallar la maravilla en la cosa más común. Por ejemplo, al visitar un zoológico y ver al jaguar en su jaula, apunta el poeta: “Gira junto a los barrotes, aunque no hay jaula que pueda con él / Como no hay celda que aprese al visionario: / Su zancada es el páramo de la libertad: / El mundo rueda bajo el largo impulso de su talón / Que allega los horizontes al suelo de su jaula”. Así, el poeta consigue que lo exterior del mundo se expanda al interior de la jaula, debido a que el jaguar es una especie de Dios que resulta la medida de las cosas. Por decirlo de otra forma, no es el mundo quien alberga al animal, sino que éste existe gracias que en cada paso el jaguar lo recrea.
Esta idea, además, es recurrente en la cosmovisión de los animales según Hughes, pues cuando pasa revista al azor, el ave se convierte en Dios al enunciar la realidad: “¡Qué bien me vienen estos árboles altos! / La fluidez del aire y el rayo del sol / Son una ventaja para mí; / Y la tierra alza su rostro para que yo lo escrute. // Mis garras se aferran a la corteza áspera. / Hizo falta toda la Creación para producir / Cada una de mis patas, cada una de mis plumas: / Ahora apreso la Creación entre mis garras […] El sol está detrás de mí. / Nada cambió desde que empecé. / Mi mirada no permite ningún cambio. / Y voy a mantener las cosas tal y como están”.
Es decir, Hughes nos muestra un mundo en donde el hombre es un elemento más, pero no el principal; un sitio donde el punto de vista es lo que otorga la grandeza a cada una de las cosas existentes: “El mar grita con su voz sin sentido / Tratando por igual a sus vivos y a sus muertos, / Hastiado probablemente de la apariencia del cielo / Tras millones de noches sin poder / Conciliar el sueño, realizar su propósito, autoengañarse”.
Aunado a estas temáticas, El azor en el páramo también da cuenta de la influencia que Sylvia Plath tuvo en Hughes, quien en cada poema donde escribe sobre ella muestra el inmenso amor que le tuvo y hace un balance (tal vez demasiado objetivo) de lo que fue su matrimonio: “Eras como una fanática religiosa / Pero sin dios –incapaz de rezar. / Querías ser escritora. / ¿Querías escribir? ¿Qué había en tu interior / Que necesitase contar una historia? / La historia que precisa ser contada / Es el Dios del escritor, el que emergiendo del sueño / Te pide de un modo inaudible: ‘Escribe’. / Escribir, ¿qué?”.
Así, esta recopilación es una obra que muestra a un autor que debiera ser más leído, no sólo por sus descubrimientos estéticos y lingüísticos, por sus temáticas y por el aura de misterio que lo rodean, sino por el encumbramiento de los animales, los objetos, las cosas que permiten vislumbrar el mundo, el universo, desde una perspectiva inusual que hacen sino más hermosa nuestra realidad, sí más estrujante. El resultado haría feliz a Plath, quien en uno de los poemas se le aparece ya muerta a Ted Hughes y según él le pide: “Y me hablaste –apremiante, sobrecogedora como una voz familiar / Surgida del tumulto de un río, cercana, urgente, / Rotunda: ‘Ésta es la última vez. La última. Así que ahora / No me falles’”, y Ted Hughes no le falló.
Hughes, Ted (2010), El azor en el páramo, Traducción, introducción y notas de Xoán Abeleira, Madrid, Bartleby Editores, 428 páginas.
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