miércoles, 22 de junio de 2011

Evocaciones de un espejismo*



El poeta Matthias Stimmberg (Heifenberg, 1901-Viena, 1979), ser apolítico, quien regaló 40 de los 50 ejemplares de su primer libro de poesías a una mujer para que le sirvieran de alimento a sus cabras (junto con una edición de Mi lucha, de Hitler), en marzo de 1979 grabó en la CBC-Radio Canada una charla en francés de poco más de hora y media. Años después, un escritor mexicano habría de escuchar dicha grabación y componer una especie de memorias del poeta de habla alemana. ¿El resultado? Evocación de Matthias Stimmberg.

Así, este libro que es una maravilla mínima (por su extensión) nos retrata a un ser irónico, sarcástico, burlón; que se autodenigra; que sabe de la pedantería de los poetas, y que va por la vida iluminando la cotidianidad con frases que son tan ácidas que podrían destrozar cualquier buena intención. Por ejemplo, tras haber acudido a un programa de televisión, un poeta en ciernes lo identifica en el transporte y quiere enviarle sus poemas. Matthias, con la confusión por la plática con “un imbécil mimado por las musas”, equivoca su dirección aun con el pesar de saber que se perderá de “un cofrecillo de tesoros, suspiros, listones”…

Matthias, yendo y viniendo por su vida, nos cuenta de sus sueños, de aquel en donde vislumbró a la joven que amaba lamiendo las manos grasientas de un regimiento de soldados; o nos narra del día que conoció a “un grosero campesino, patán proclive por igual a la cerveza y a la mentira” que era un estudioso de la esperanza.

Qué decir de la determinante descripción que hace cuando encuentra a su padre a punto de morir: “El particular olor de los enfermos que han pasado largo tiempo en cama inundaba la pieza. Allí estaba mi padre, envuelto en un torbellino inmóvil de sábanas arrugadas, frágil, como un jilguerillo sin plumas”.

Stimmberg es, por decirlo de alguna forma, un poeta maldito que asume su condición. Sabedor que su poesía no sirve para gran cosa, como se dijo, regala gran parte de su primer libro editado a una vieja para que alimente a sus cabras: “De entre mis libros ha sido ése, el primero, el que, me parece, corrió con mejor suerte”, dice un sincero y autoflagelante Mattias.

Además, Mattias Stimmberg es el personaje perfecto que ha inventado Alain-Paul Mallard (Ciudad de México, 1970) quien con este primer libro, o al menos “el primero que se atreve a publicar”, se revela como un fabulador que a cada palabra le exprime todos sus significados y nos permite regodearnos en la sátira y el odio que nos genera este ser ficticio tan pedante. Evocación de Matthias Simmberg es un libro de cuentos breve, que a pesar de terminar en la página 42, deja la impresión de que aún nos quedan muchas relecturas para poder disfrutar de estas memorias apócrifas.

Mallard, Alain-Paul (1995), Evocación de Matthias Stimmberg, México, Ediciones Heliópolis, 48 páginas.

* Publicado en Adefesio.com

miércoles, 8 de junio de 2011

"Habiendo chocolate, había pedido fresa"*



Dicen que una de las cosas buenas que dejó la Revolución en la Habana son los helados de Coppelia. Ahí van los cubanos, se forman un rato y cuando llegan a ordenar reciben un helado que realmente sabe a helado. Ahí mismo una tarde David conoció a Diego, un maricón (son palabras de Diego) que le cambió la vida: “Los que son como yo, que ante la simple insinuación de un falo perdemos toda compostura, mejor dicho, nos descocamos, esos somos maricones, David, ma-ri-co-nes, no hay más vuelta que darle”.

David, muchacho revolucionario (como todo cubano DEBE ser), andaba aún con ganas de ir a dar una vuelta, así que fue a sentarse a Coppelia, pidió un helado y no dijo nada cuando Diego se sentó frente a él y empezó a embrujarlo con las palabras, cuando dejó asomar un ejemplar de Mario Vargas Llosa prohibido por el régimen y le dijo que podía prestárselo, incluso no puso mucha resistencia cuando Diego lo invitó a su Guarida para que pudiera leer algunos otros libros prohibidos. Y cómo lo iba a hacer, si su deber con la Revolución era investigar a esas personas que quieren acabar con lo ganado en la lucha, saber qué tantos contactos tienen, cuál es su plan contrainsurgente.

Por eso, y porque Diego es capaz de embrujar incluso a los lectores, es que David llegó a sentarse en el sillón de John Donne, a saborear un banquete lezamiano (tal como aconseja don José en su libro Paradiso), además de leer libros que sólo ahí podía encontrar (La guerra del fin del mundo, Tres tristes tigres…), a ver esculturas de santos, a tomar té por las tardes, a conocer la historia de ese maricón que tiene algunos problemas: “Uno: soy maricón. Dos: soy religioso. Tres: he tenido problemas con el sistema; ellos piensan que no hay lugar para mí en este país, pero de eso, nada; yo nací aquí; soy, antes que todo, patriota y lezamiano, y de aquí no me voy aunque me peguen candela por el culo. Cuatro: estuve preso cuando lo de la UMAP. Y cinco: los vecinos me vigilan, se fijan en todo el que me visita”.

El lobo, el bosque y el hombre nuevo, del cubano Senel Paz (Cuba, 1950), ganó el Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo en 1990. Es la historia no sólo de Diego y David, sino de la vida contra la muerte, de las reglas contra la insurgencia, de la cotidianidad contra el gozo. Tal vez por eso, Diego sea gay, por el antiguo significado de esta palabra: gozo, diversión. Por eso, mientras David piensa en que debe asumir todo lo que sus compañeros socialistas le dicen pues él sólo era un hijo de campesinos a quien la Revolución le permitió estudiar; Diego, es un treinteañero que vive cada segundo sabedor que en cualquier instante irán por él, más por ser un hombre rebelde que por estar en contra de lo que dictan los dogmas.

Cuento que exalta el erotismo de vivir, historia que hace una excelente radiografía de una amistad entre opuestos, El lobo, el bosque y el hombre nuevo, de Paz, nos invita a imitar a David y salir directo a una nevería a disfrutar una bola de helado: “Quise cerrar el capítulo agradeciéndole a Diego, de algún modo, todo lo que había hecho por mí, y lo hice viniendo a Coppelia y pidiendo un helado como éste. Porque había chocolate, pero pedí de fresa”.

Paz, Senel (1991), El lobo, el bosque y el hombre nuevo, México, Ediciones Era, 64 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

lunes, 23 de mayo de 2011

Vouyeristas tras las ventana*


De principio habrá de aceptarse que al acercarnos al diario o biografía de un personaje famoso buscamos saciar nuestro morbo: uno quiere enterarse de detalles íntimos, de posibles situaciones que tuvieron una relación directa con lo que hará o le sucederá después a ese personaje. Así, convertirnos en intrusos en las vidas ajenas puede dejarnos insatisfechos o con la necesidad de profundizar cada vez más, es decir, meternos hasta la cocina.

Hay quien dice que uno debe conocer a los escritores únicamente por su obra, pues al descubrirlos en su vida diaria podemos decepcionarnos. De ahí el doble riesgo que asume Javier Marías (Madrid, 1951) en Vidas escritas en donde realiza el perfil de 20 escritores.

Este libro es un compendio de biografías en el cual Marías se olvida de los datos duros (lugar y fecha de nacimiento, por ejemplo) de estos escritores y nos cuenta sus vidas como si fueran un chisme, como si aquellos de quienes platica hubieran sido sus amigos y no hiciera falta presentarlos de una manera formal. Por ejemplo, nos entera de que William Faulkner adoraba el silencio y que en su vida sólo fue al teatro cinco veces: en tres ocasiones a presenciar Hamlet, una El sueño de una noche de verano y una Ben-Hur.

También se mofa un poco de James Joyce y su egolatría por cuanto escribía. Además de sus fantasías sexuales y de su gran imaginación y capacidad de embeleso con sus cartas obscenas: “y en las que incluso hallaba momentánea felicidad, ya que al final de más de una confiesa haberse corrido (son sus palabras) mientras le escribía cochinadas” a quien sería su esposa, Nora Barnacle.

Así, en estas Vidas escritas nos podemos enterar que Henry James odió a Gustave Flaubert porque una vez que fue a visitarlo el autor francés lo recibió en bata: “para él Flaubert era ya un hombre que lo hacía todo en bata, y sus libros eran por consiguiente un fracaso, salvo Madame Bovary, que, concedía James, quizá fue escrito en chaleco”.

También descubrimos que a Thomas Mann le encantaba escribir en su diario sobre sus padecimientos y cómo el escritor de La montaña mágica podía ser muy escueto y escatológico: “ligeros dolores abdominales”, “pude hacer mis necesidades después del desayuno”. Y, por otra parte, que Óscar Wilde siempre combatió, tal vez inútilmente, a la obesidad y que la mano con que saludaba “era mullida como un cojín, o más bien fofa como plastilina gastada y algo grasienta, y uno tenía la impresión de haberse manchado después de estrechársela”.

Vidas escritas es un acercamiento irreverente a la vida de estos y otros escritores, que además de mostrárnoslos como hombres con virtudes y manías, nos impulsa a asomarnos a sus obras, pues detrás de cada perfil biográfico se esconden las palabras de un gran admirador: Javier Marías.

Marías, Javier (1992), Vidas escritas, Madrid, Siruela, 186 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

martes, 3 de mayo de 2011

Leer en tiempos de Nick Jr. y Wii*



En México sabemos mucho de literatura. Sabemos, por ejemplo, que leer un libro es algo que nos otorga prestigio social y sabemos, además, que leer “El Quijote” nos muestra como personas cultas. Por ello, como una manera de demostrar que confiamos en la cultura, pretendemos acercar a los niños a los libros, a los “grandes libros”.

En los planes de estudio se le muestra a los niños lo que es la literatura: fragmentos del Poema del Mío Cid, trozos de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra o, si bien les va, un poema casi impenetrable de Julio Cortázar: “Aplastamiento de las gotas”. Después de esto, están listos para ir a una librería, comprar un libro y regodearse con una entretenida lectura (¡ojalá!). La realidad, sin embargo, es que ese acercamiento es un fraude, no por los textos que se ocupan, sino porque estos resultan lejanos a la realidad que niños y jóvenes viven en nuestro país.

No sólo estos esfuerzos resultan vanos, sino gran parte de la maquinaria cultural que nos proporciona el gobierno: por acercarnos a las obras clásicas de cada arte, se olvidan que éstas son incomprensibles si es que antes no se tiene un bagaje cultural. Por ejemplo, Conaculta hace unos años impulsó un programa de lectura a través de libros que se vendían en los puestos de periódicos. ¿Para un joven sería atractivo leer a Sor Juana Inés de La Cruz o a autores del siglo XVIII? Debe decirse que la colección completa no vio el fin en dichos estanquillos, sino en librerías de saldos y ferias de remate.

Algo similar ocurre con los programas de estímulos para niños: lecturas que no están destinadas a chiquillos de este tiempo, habituados a programas televisivos que les exigen atención debido a constantes cambios de escenarios, a tramas complicadas, a un humor que va más allá del chiste fácil. Aunado a ello, los de hoy son niños acostumbrados a interactuar con la tecnología, misma que les implica un esfuerzo intelectual mayor y habilidades que requieren estrategias mentales (un ejemplo de ellos son los videojuegos en donde se construyen ciudades y civilizaciones, o aquellos que les piden estar atentos a la pantalla al mismo tiempo que mueven su cuerpo).

Ante este panorama, ¿qué debe ofrecer la literatura infantil para que un niño le dedique 10 minutos al día? Ser lúdica, dejar de lado las historias edificantes y las moralejas, pensar que el público infantil es mucho más exigente que el adulto y por eso merece que no se le ofrezcan historias simplonas.

Hábitos de lectura

Según la Encuesta Nacional de hábitos y consumos culturales, realizada por Conaculta en agosto de 2010, de las personas a quienes se interrogó, 41% acudió a una librería. De ese porcentaje, 20% compró un libro, y sólo 3% compró libros infantiles (cabe aclarar que a la par 2% compró Harry Potter, de J. K. Rowling, y 2% Crepúsculo, de Stephen Meyer). Además, de 27% de las personas que contestaron que leyeron un libro, sólo 7% señalaron que leen por gusto.

Qué es lo que falla: ¿nuestros hábitos culturales o los prejuicios respecto a la literatura (sólo es literatura la que escriben autores clásicos o consagrados)? ¿Cómo es posible que casi la misma cantidad de gente compre Harry Potter o Crepúsculo que libros infantiles? ¿Qué tienen esos best sellers que los vuelve tan atractivos? Arriesguemos una respuesta: una historia atractiva, fácil de leer y un lenguaje sencillo. Entonces, ¿los libros deben apostar por lo fácil para ser consumidos? No. Lo que un libro debe poseer para ser atractivo a un niño o a un joven es diversión.

Un ejemplo: La peor señora del mundo, escrita por Francisco Hinojosa e ilustrada por Rafael Barajas “El Fisgón”, cuenta la historia de una mujer que le da comida para perros a sus hijos y deja pelones a los leones. Al final del libro hay una moraleja, pero ésta no es la parte central del libro. Otro ejemplo: Matilda, de Roald Dahl, una niña que a través del ingenio es capaz de soportar el mundo de los adultos e incluso vengarse de las acciones malas de sus padres.

Estos libros están alejados de las clásicas historias infantiles creadas hace dos siglos como una forma de aleccionar. Es decir, Caperucita roja pretendía enseñar a los niños franceses que debían cuidarse al salir de casa, pues los bosques estaban llenos de bandoleros y campesinos pobres que robaban los alimentos de la gente de la ciudad debido a la hambruna que vivía el país. Hoy, sin embargo, fuera del momento en que el lobo abre las fauces para comerse a Caperucita y su abuela, la historia es incluso muy ligera para niños que acostumbran ver la muerte del Coyote cada vez que el Correcaminos usa un producto Acme (por no mencionar a todos los enemigos que destruye Ben 10).

Libros para niños hiperactivos

Si a lo anterior se suma que nuestros métodos para acercar la literatura a los niños se basan en nuestra intuición y nuestro poco o mucho conocimiento de literatura infantil, el resultado es que los infantes terminan detestando los libros. ¿Qué hacer entonces? Algunos expertos recomiendan eliminar de nuestra mente la dicotomía entre libros y televisión o videojuegos. Cada una de estas diversiones tiene un tiempo y características que las hacen complementarias, no excluyentes. Además, los padres deben acercar a sus hijos a lecturas interesantes (para los niños, no para el adulto). Si la niña quiere un libro de Barbie, éste es un buen comienzo, tal vez después vaya por uno de princesas y después por una historia más compleja.

Las lecturas no deben ser prolongadas ni por obligación. Pueden realizarse mientras los niños se bañan y el adulto les lee, o por la noche, antes de acostarse. Incluso, si el niño ya tiene edad para leer solo, se le puede pedir que cuando tenga un poco de tiempo lea el libro y comentar la historia a la hora de la comida o la cena. Para esto es importante que el adulto también lea el libro y pueda interactuar con el niño (sin juzgar jamás la lectura hecha por el infante).

Otro punto importante es permitir que el niño se apropie de los libros: estos no son algo sagrado, así que si quieren rayar, colorear o arrugar las hojas, no hay problema. Los libros no dejan de existir por contener un dibujo o un rayón.

Una última recomendación: si los padres no saben qué libro darle a los niños no deben temer preguntar al librero. Actualmente hay muchas historias que además de divertidas contienen ilustraciones atractivas. Además, las editoriales poseen criterios que dividen los tipos de libros de acuerdo a la edad: para los que no leen, para los que empiezan a leer, para pequeños grandes lectores, etcétera.

Hoy, debe desmitificarse a los libros. No será hasta que esto suceda cuando nuestros programas de fomento a la lectura tengan buenos resultados. Para convertirnos en un país de lectores no basta con acercar a los niños a los libros, sino predicar con el ejemplo. Si un adulto lee una revista de espectáculos, ya está fomentando la lectura. Puede que el niño empiece por los suplementos de caricaturas de un periódico, tal vez después siga con la revista Nickelodeon y quién sabe, a lo mejor un día en verdad llega a leer El ingenioso hidalgo, Don Quijote de la Mancha.

Algunas lecturas divertidas

Dahl, Roald. Matilda. Alfaguara.
_______. Jim y el melocotón gigante. Alfaguara.
Ende, Michael. El ponche de los deseos. Ediciones SM.
_______. La historia sin fin. Alfaguara.
Groening, Matt. Guía para la vida: Bart Simpson. Ediciones B.
Hinojosa, Francisco. La peor señora del mundo. FCE.
_______. Cuéntame, historias para todos los días. Ediciones Castillo.
Howe, Deborah y James Howe. Bonícula, una historia de misterio conejil. FCE.
Sendak, Maurice. Donde viven los monstruos. Alfaguara.

*Publicado en Elhorizontal.com

lunes, 25 de abril de 2011

Dime qué lees y te diré qué temes*



¿Qué se puede esperar de un libro escrito por un perro tonto? ¿Qué se puede esperar del libro si el autor se pone a escribir “por pura casualidad”? Es más, ¿qué se puede esperar del libro si el perro-autor desconfía de su texto: “Espero que encuentren esta historia suficiente interés para usted y sus lectores como para justificar su publicación”? Lo que resulta es Bonícula, una espléndida novela infantil de terror con la que el lector podrá también reír.

Harold X es un ser cuyo trabajo de tiempo completo es ser perro. Vive con la familia “X”, a quien para proteger denomina “los Monroe”. Sus dueños son los señores Monroe, Toby, un niño de ocho años, y Pete, de diez. Además, comparte la casa con el gato Chester, quien lee libros de terror y tiene un amplio conocimiento en literatura. Son, como Harold los llama, una típica familia norteamericana, hasta la noche cuando los niños llevan a vivir con ellos a un pequeño conejo a quien nombran “Bonícula”.

Fuera de los normales celos que provoca en Chester el nuevo integrante de la familia, todo parece normal. Sin embargo, debido a que le quitan su leche para dársela al conejo, el gato le toma “ojeriza” y comienza a espiarlo. Así, la primera noche, mientras todos duermen, Chester se arrellana en su sillón favorito y tras leer La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe, sólo iluminado por un rayo de luz de luna y tras una tormenta, el gato se siente impulsado a mirar la jaula donde está Bonícula:

“—No sé lo que me pasó —me dijo a la mañana siguiente—, pero un escalofrío me recorrió el lomo. El conejito se había empezado a mover por primera vez desde que lo pusieron en la jaula. Levantó su naricilla e inhaló profundamente, como si juntara alimento de la luz lunar. ?Replegó las orejas y las pegó a su cuerpo, y por primera vez —dijo Chester— le noté una marca rara en la frente. Lo que parecía una mancha negra, común y corriente, entre las orejas tomó una extraña forma de V, que se conectaba con el gran manchón negro que le cubría el lomo y ambos lados del cuello. Parecía como si llevara un abrigo… no, era más bien una capa que un abrigo”.

Además, los labios del conejo tienen una sonrisa macabra y en vez de tener incisivos, posee unos colmillos puntiagudos. A eso, habrá que agregar que en la casa comenzarán a aparecer frutas y verduras descoloridas, como si les hubieran chupado el jugo. La narración completa se convertirá en “una historia de misterio conejil” donde los personajes principales serán Chester y Harold.

Bonícula, escrito por los estadounidenses Deborah y James Howe e ilustrada por Francisco Nava Bouchaín es una novela infantil que logra reinventar el mito del vampiro a partir de un tierno conejo que provoca el recelo de Chester y del miedoso Harold. Es, además, un libro que mantiene un misterio basado en el buen humor y que nos hace reír con las conclusiones a las que llega el perro tonto-narrador y con los prejuicios que tiene el entrañable Chester. Por si fuera poco, existe una segunda entrega de las aventuras de estos tres misteriosos animales: La posada del aullido, también muy recomendable.

Howe, Deborah y Howe, James (2008), Bonícula, 11a reimpresión, México, Fondo de Cultura Económica, 96 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

viernes, 15 de abril de 2011

El problema de reseñar libros de editores y críticos literarios*

Algunos libros de literatura merecen más un análisis político que uno literario. ¿Cuáles? Aquellos escritos por editores o críticos literarios. Si el ejemplar es bien recibido en una reseña, de inmediato se sospecha la cercanía del reseñista con el autor: es su amigo, su editor o quiere que lo edite bajo el sello a su cargo. Por el contrario, si se le critica, se sospecha de inmediato un ajuste de cuentas.

En México, hay algunos casos que pueden ejemplificar esto: Informe (Tusquets, 2008), libro de cuentos de Rafael Lemus (crítico literario de Letras Libres); Perra brava (Planeta 2010), novela de Orfa Alarcón (editora en Random House Mondadori); Oficios ejemplares (Páginas de espuma / Colofón, 2010), cuentario de Paola Tinoco (editora de Colofón y responsable de Anagrama en México), y El cantante de muertos (Almadía, 2011), novela de Antonio Ramos (editor de Jus).

Cuando las primeras reseñas de Informe se publicaron, la mayoría eran negativas: consideraban el epílogo del libro como un autojustificarse de Lemus, a la vez que una declaración de sus influencias y plagios. Pocos reseñistas vieron cualidades en los cuentos y el adjetivo que se le colgó al libro es que era el “balbuceo” de un escritor. Habrá que aclararse que el propio Lemus dijo no temer a la crítica negativa, sobre todo porque él la ejercía y ejerce a través de las páginas de Letras Libres. Después, el libro quedó en el olvido.

Respecto a Perra brava, Orfa Alarcón aprovechó el lanzamiento de su novela e hizo uso de las redes sociales (facebook y twitter, principalmente). Pronto, la novela que relata la vida de Fernanda Salas (la novia de un narco) se convirtió en un fenómeno de ventas, consiguiendo el “honroso” placer de ser pirateada (lo cual, en México, refleja un éxito comercial). La historia fue bien recibida por la crítica: Élmer Mendoza y Cristina Rivera Garza festejaron la aparición de un libro tan honesto y que daba una verdadera voz a la mujer contemporánea mexicana. Además, recientemente el libro fue seleccionado por el jurado del Premio Iberoamericano de Narrativa Las Américas como uno de los finalistas (la única mujer, y mexicana, entre los cinco seleccionados), aunado a que varios críticos lo consideraron entre los mejores libros de 2010. La calidad de Perra brava entonces fue avalada por el paso del tiempo.

Los Oficios ejemplares, de Paola Tinoco, sin duda, representan un libro difícil para cualquier reseñista: en la contraportada pueden leerse comentarios halagadores de Ricardo Piglia, Andrés Neuman y Enrique Vila-Matas. Además, en los agradecimientos del ejemplar aparecen nombres tales como Jorge Herralde (editor de Anagrama), Daniel Sada, Juan Villoro, Peter Stamm, Gilles Lipovetsky, Jostein Gaarder, entre otros muchos. Si a esto se agrega que Tinoco es un filtro para poder llegar a la editorial de la fiebre amarilla, en la que muchos escritores latinoamericanos quieren publicar, se comprenderá la difícil tarea de quien deba hacer un análisis de este libro (que por lo demás tiene algunos cuentos muy disfrutables). Hasta el momento, poco se ha escrito del cuentario de Tinoco. El tiempo dirá.

El último caso, el de Antonio Ramos y El cantante de muertos, también es un ejemplo de un libro difícil (para el reseñista, se aclara). La novela cuenta la historia de tres generaciones de la familia Rodas, unos cantantes de muertos que prestan sus servicios en Nuevo León. Ramos consigue un libro que refleja un ajuste con el pasado, a la vez que por medio de la nostalgia dichosa muestra las tradiciones que hoy parecieran perdidas. Sin embargo, aquí el problema es de quienes ejercen la crítica en los medios: jóvenes creadores que ven en este oficio una oportunidad para ir adentrándose en el mundo literario mientras consiguen publicar o difundir su obra creativa. Ese detalle cobra relevancia si se piensa que Ramos es editor de una de las editoriales mexicanas que más apuestan por los jóvenes creadores. Sin embargo, el currículum de Ramos Revillas, los libros publicados con anterioridad (en especial Dejaré esta calle –Fondo Editorial Tierra Adentro, 2006-) y los premios que ha ganado, eliminan cualquier duda sobre la calidad de ésta su primer novela.

Ahora bien, por qué meterse en camisa de once varas y tratar de reseñar a estos autores. Si se les conoce personalmente, pensarán algunos, sería mejor hacer los comentarios “en corto”, mencionando cualidades y omitiendo las carencias. Si son amigos del reseñista con más razón.

Dos comentarios al respecto: a) En México las librerías exhiben las novedades editoriales un tiempo promedio de uno a tres meses. Si el libro es de una editorial comercial y el autor es un best seller podrá mantenerse en la mesa de novedades incluso un mes, pero después se va directo a la estantería, donde a menos que haya una recomendación de por medio, el probable lector nunca llegara. Si se toma en cuenta que en México se lee poco más de un libro al año y que las personas no suelen visitar con frecuencia las librerías, la posibilidad de que se topen con un libro en particular cuando está en mesa de novedades o en estantería es casi nula. Es decir, si una persona en promedio visita una librería cada seis meses, habrá dejado de ver muchos de los libros que se editan a lo largo de un año.

A esto debe agregarse: b) Los libros de autores que aún no son reconocidos mundialmente (a diferencia de Vargas Llosa, García Márquez, J. K. Rowling, Stephen Meyer, por ejemplo), son poco publicitados, además que se les mira con recelo pues su precio llega a ser más elevado que el de un “clásico”. Así, si se toma en cuenta que los libros la mayoría de las veces se compran por recomendación o porque se conoce o reconoce el nombre del autor, entonces, ¿quién comprará los libros de estos autores de quienes pocos hablan?

De lo anterior se desprende la necesidad de que se reseñen, desde un punto de vista literario, libros como los aquí expuestos. La sinceridad es el único camino que permitirá al reseñista salir avante. La duda estará presente en los lectores “avezados”, pero si con unas cuantas líneas se consigue llevar un lector “de a pie” a un libro habrá valido la pena el riesgo.

A final de cuentas, los reseñistas deberán aprender de los payasos de fiestas infantiles, quienes al final del espectáculo nos aleccionan: “si les gustó el show (el libro), recomiéndenlo; si no, no digan nada y dejen que otros caigan”. El tiempo, como el lugar común indica, será el encargado de establecer si las reseñas eran políticas o literarias.

*Publicado en elhorizontal.com

jueves, 14 de abril de 2011

La peor señora es la mejor historia*



“En el norte de Turambul, había una vez una señora que era la peor señora del mundo. Era gorda como un hipopótamo, fumaba puro y tenía dos colmillos puntiagudos y brillantes. Además, usaba botas de pico y tenía unas uñas grandes y filosas con las que le gustaba rasguñar a la gente”. Este es el inicio de una historia, pero no de cualquier historia, sino de la historia para niños más exitosa en la literatura mexicana: La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa (México, 1954).

Como todo éxito hay muchos mitos alrededor de este libro que ha vendido más de 300 mil ejemplares (algo impensable en nuestro país), que ha sido traducido al portugués y otros idiomas, que en el 2010 llevaba 16 reimpresiones y que ha dado pie a adaptaciones teatrales, a canciones y a un sinfín de reconocimientos.

Se dice, por ejemplo, que se escribió en tan sólo cinco horas; que el primer editor a quien Hinojosa le llevó el manuscrito lo rechazó tajantemente y le recomendó olvidarse de escribir para niños, y que ha salido o está por salir una línea de juguetes con la imagen de la peor señora del mundo. Por cierto, hace poco, la revista El chamuco, al rendirle un homenaje a Rafael Barajas “El Fisgón”, ilustrador del libro, hizo una parodia de su personaje y creó a La peor señora de México, quien tenía el rostro de Elba Esther Gordillo.

¿Pero qué tiene La peor señora del mundo que la hace tan especial? Aventuremos algunas respuestas. La protagonista de la historia es una villana que le da de comer carne para perros a sus hijos, que deja pelones a los leones y a quien le teme todo el pueblo. Es decir, es una antiheroína a quien se le saltan las venas de los ojos ante su maldad. Es, por llamarla de alguna forma, un ser que en lugar de lograr que los lectores se identifiquen con ella, lo que consigue es inspirar temor. Tal vez de ahí el interés de los niños.

Otra posibilidad: el cuento, a pesar de la crueldad, no busca otra cosa más que divertir. Está lejos de las historias edificantes (aunque no por eso no tenga una “moraleja”), no tiene príncipes azules ni princesas rosas, no hay dragones sino palomas mensajeras alimentadas con salsa de chile. Así, lleva al lector a identificarse con “el pueblo” y a querer que la peor señora del mundo obtenga un castigo.

Una última: Los dibujos de “El Fisgón” llegan a ser grotescos, tal como muchas de las caricaturas de hoy en día. No son dignos de un sueño, sino de una pesadilla. Además, provocan tanto terror que con el desenlace llega un relajamiento que se logra sólo con el espléndido final.

Pero, más allá de todo esto de qué trata el libro: La peor señora del mundo vive martirizando a un pueblo. Cuando los habitantes se hartan se marchan del poblado. Al verse sola, la peor señora del mundo alimenta a una paloma (que desafortunadamente no pudo huir al estar enjaulada) con tal de mandarle un recado de arrepentimiento a los pobladores: “He recapacitado y creo que yo era una mala persona. Ya no volveré a ser como era antes. Para que me lo crean, me voy a dejar pisar y rasguñar por todos los que quieran hacerlo”, les escribe para convencerlos. Una vez que logra que regresen construye una muralla para que nadie pueda huir. A partir de ahí, los habitantes deberán pensar una estrategia para no continuar siendo víctimas de la peor señora del mundo.

Historia entretenida, de terror, infantil, que provoca risas, La peor señora del mundo es un excelente libro para niños, y para todos los amantes de los buenos libros. Por cierto, hay una edición de aniversario, con pasta dura y todos los dibujos a color, muy recomendable.

Hinojosa, Francisco (2010), La peor señora del mundo, ilustraciones de Rafael Barajas, “El Fisgón”, 10ª reimpresión, México, Fondo de Cultura Económica, 48 páginas.

*Publicado en Adefesio.com