lunes, 1 de febrero de 2010

"Qué diminuta aventura / para hacerse tan monumental en nuestro matrimonio"



Cartas de cumpleaños no es un libro de poemas, es una gran novela de terror. En ella, Ted Hughes (1930-1998) reconstruye su relación con un fantasma, Sylvia Plath, que vivió atormentada por otro fantasma, Otto Plath (“Tú no querías ser como Cristo. Aunque tu padre / era tu Dios y no hubo otro, tú no querías / ser como Cristo […]”). No en balde se dice que a los ocho años, cuando el padre de Sylvia murió, ella prometió que jamás le volvería a dirigir la palabra a Dios, en represalia por haberse llevado al fascista que “toda mujer adora”.
Cartas de cumpleaños son poemas que Hughes escribió a lo largo de más de 25 años, a partir del suicidio de Plath en 1963, en Londres. En ellos, el poeta narra desde el momento cuando conoció a Sylvia (ella era becaria de Fulbright), comparándola con un melocotón (“Era el primer melocotón fresco que probaba. / Me costó darme cuenta de cuán delicioso era. / A mis veinticinco años estaba anonadado otra vez / ante mi ignorancia de las cosas más sencillas.”), hasta los tormentosos días que pasaron juntos: en una casa que parecía encantada, con el miedo de procrear a su primera hija, con el fantasma de Otto Plath que siempre estuvo inmiscuido en sus vidas.
Pero sobre todo, Cartas de cumpleaños son una forma de revivir al fantasma, de mostrar al mundo, quizás a sí mismo, que Hughes fue más que el esposo infiel y saboteador de una buena poeta que los admiradores de Plath han construido; son la biografía de un hombre desesperado que añora a la mujer de quien se enamoró: “[…] Y me hice consciente del misterio de tus labios, / como de nada antes en mi vida, / de su espesor aborigen. Y de tu nariz, / ancha y apache, como de boxeador casi, /el anverso de Scorpio ante el águila semita / que convertía en enemiga cada cámara, / la carcelera de tu vanidad, la traidora / de tus Sueños Eróticos Sociedad Anónima, / nariz tipo hordas de Atila: una cara prototípica / que pudo haberme mirado a través del humo / de la hoguera de un campamento navajo. Y tus sienes pequeñas / en las que se aglomeraba la raíz de tu pelo, apocada / por aquel flequillo encantador y de moda. / Y tu barbilla, tu barbilla Piscis. / Nunca fue un rostro en sí. Nunca el mismo. / Fue como el rostro del mar, un escenario / para climas y corrientes, juegos del sol y la luna. / Nunca un rostro hasta aquella mañana final / cuando se tornó la cara de una niña –su cicatriz / como defecto de fábrica […]”.
En este poemario, Ted Hughes es el cazador y vigía cruel y sentimental que se lee en sus poemas de animales, sólo que el animal al que acosa no es otro que él mismo, visto a partir de la mujer que transformaría su vida: “[…] Vendrá la Fama. Especialmente para ti la Fama. / La Fama no puede evitarse. Y cuando llegue / la habrás pagado con tu felicidad, /con tu marido y con tu propia vida”.
Podría decirse, como establece Luis Antonio de Villena en el “Aviso del traductor”, que el lector que no conozca la obra de Plath o su biografía al lado de Hughes, “se tardaría en entrar en la médula –muy compleja- de unos poemas de fondo narrativo y autobiográfico”, pero la poesía de Hughes adquiere tal fuerza al ser honesta, que no es necesario conocer más que el poema que se está leyendo.
Cartas de cumpleaños es una novela de terror, una biografía compartida, un excelente poemario y el seguimiento del poeta laureado Ted Hughes, un escritor patético, como él dice, que se la pasa “[…] escondiéndose e / inventando […]” y escribiendo en su diario: “[…] observaciones / de las erratas de mi corazón […]”.

Hughes, Ted (1999), Cartas de cumpleaños, traducción de Luis Antonio de Villena, Barcelona, Lumen, 459 páginas.

sábado, 30 de enero de 2010

¿No tiene sueño?



Por principio están los personajes: hombres, todos ellos, que hablan sin parar, en una verborrea que lo mismo va del aburrido cine francés que están obligados a ver los tahitianos hasta la posibilidad de establecer una educación realmente útil a los individuos: “Enseñan cosas que no sirven para nada: botánica, civismo, raíces griegas y latinas, geografía… ¡háblele usted de terrenos carpetovetónicos a una mujer que trata de seducir y se le dormirá!”. También está un hijo del pintor Paul Gauguin, quien parece lo único interesante de Tahití, mismo que reconoce las obras originales de su padre por un lazo de sangre que lo une al hombre a quien nunca conoció. Y hay un narrador: recién llegado a ese país, insomne, caminando por su hotel, tratando de llenarse de lo típico de Tahití, viendo un canal de televisión en donde sólo se ve el oleaje del mar y otro en donde lo único que se observa es un escritorio.
Insomnes en Tahití, novela publicada de forma póstuma, parece la más clara propuesta de Pedro F. Miret (Barcelona, 1932- Cuernava, 1988) respecto a su forma de hacer literatura: un juego cuyas reglas no se entienden de principio, pero que por su amenidad, ligereza y, en ocasiones, irracionalidad resulta atractivo jugar hasta el final. Por ejemplo, a cada página los personajes insisten en recalcarnos que están en Tahití; ponen de manifiesto su extranjería (lo mismo hablan en español, inglés y francés -por cierto, siempre hay alguno encargado de traducir-, y ya dicen un refrán español, expresan un estereotipo argentino o hacen una burla al estilo francófono).
Más allá de la anécdota también están las opiniones que los personajes (Benito, el Che, Jean-Paul y el narrador) tienen de la pintura, del cine, de la literatura. Quizá es ahí donde se pueda encontrar a F. Miret: “Lea cualquier libro de un escritor latinoamericano y encontrará que todos los personajes son como él. No interesan por su densidad sino por su rareza. No interesa lo que piensan sino lo que dicen, no lo que dicen sino cómo lo dicen. Todos son excéntricos. Ninguno es finalmente serio. Serio en el buen sentido de la palabra…”.
Así avanza la novela, con una amenidad que no se atina a saber de dónde viene, pero que impulsa a seguir página tras página. Si pudiera hablarse de algunos libros “bien escritos” y otros con una “historia de agallas”, Miret se encontraría en medio, sin preocuparse por una u otra cosa, sino por contar lo que quiere: “Un panadero no necesita convencer a nadie de las virtudes del pan, pero un pintor se pasa la vida tratando de abrirle los ojos a quienes, por principio, no les gusta o sencillamente no les entusiasma su obra”.
Insomnes en Tahití es una obra irónica, llena de humor, lejana a los puntos suspensivos con que se ha tratado de identificar la obra de F. Miret, pero también es un relato profundo por lo que dicen y piensan los personajes; es una novela sencilla que por lo mismo resulta un cuadro que puede verse de mil maneras; y es, también, un juego que nunca acaba, que es imposible de terminar pues su narrador ha de estar despierto por siempre, aun cuando en la televisión no pase ningún programa bueno, incluso cuando en Tahití no sea posible disfrutar del mar, sino sólo hablar de las representaciones que el omnisciente Gauguin hizo de ese espacio y sus habitantes, incluso cuando este divertimento termine burlándose de su lector al que también le será imposible conciliar el sueño después de leer a Pedro F. Miret.

F. Miret, Pedro (1989), Insomnes en Tahití, México, Fondo de Cultura Económica, 143 páginas.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Lunar park: una pelea entre realidad y ficción



Lunar Park no parece una novela de Breat Easton Ellis (BEE), no del Bret Easton Ellis que escribió American Psycho. Sin embargo, que el personaje principal se llame Breat Easton Ellis, que haya escrito American Psycho (Menos que cero y Las leyes de la atracción), que haya entrado sin rienda en el mundo de la joven literatura norteamericana, de las drogas y los excesos nos permite reconocer que si no es BEE quien escribió esta novela, al menos es alguien que lo conoce a la perfección.
Así, Lunar Park comienza con BEE haciendo un recuento de su ascenso en la literatura y su consecuente derrumbe en la vida personal. Por ello, para escapar de todo ese pasado, de las mujeres que lo han amenazado por crear un personaje tan misógino como Patrick Bateman, decide casarse con la actriz Jayne Dennis, con quien hace algunos años tuvo un hijo.
Los primeros meses de convivencia resultan atroces: el niño, quien no lo reconoce como padre, lo desprecia; tiene problemas con Jayne, y la única persona que lo estima es Sarah, la hija que Jayne tuvo con otro hombre. A pesar de todo, las cosas no parecen ir peor que cuando Ellis se la pasaba entre drogas y excesos.
Hay algo, sin embargo, que lo tiene desconcertado: la desaparición de niños (de la edad de su hijo) y que recibe correos que son enviado justo a la hora cuando murió su padre (en quien por cierto se basó para crear al personaje de American Psycho). Además, durante una fiesta de Halloween aparece un hombre disfrazado de Patrick Bateman y un juguete de Sarah (un pajarraco llamado Terby) se ha salido de control y parece amenazar la seguridad no sólo de la niña, sino la vida entera de Bret.
Lunar Park es una gran novela de terror, donde no se distingue entre la realidad y la fantasía, donde un personaje supuestamente real (BEE) atraviesa por una resaca de abstinencia de drogas y la subsiguiente recaída. Es una novela que está ligada con American Psycho, pero que puede leerse sin conocer al yuppie asesino que es Bateman. Es, además, una historia que por partes puede resultar inverosímil, pero que en el mundo de Ellis resulta más que real, apabullante. Aquí no hay drogas (o al menos no se ven en todo el texto), no hay asesinatos, no hay marcas y más marcas; en Lunar Park todo esto es parte de la vida de un escritor rico casado con una actriz millonaria a quienes las marcas no los definen como personajes, sino que son parte de su cotidianidad.
Lunar Park es una gran metáfora del escritor que debe entenderse con sus fantasmas, que debe afrontar su pasado en el cual se basó para crear y que debe asumir las consecuencias de todo lo que sale de su imaginación, es BEE que “arremete contra su propia biografía”. Llena de morbidez, de escenas descarnadas, en este libro Ellis no recurre a descuartizamientos ni escenas pornográficas para provocar náuseas en el lector. Esta vez, en esta novela, es el propio Breat Easton Ellis quien nos provoca asco y terror.

Ellis, Breat Easton (2006), Lunar Park, México, Mondadori, 382 páginas.

viernes, 2 de octubre de 2009

El Cocodrilo mayor: Efraín Huerta


Efrén Huerta Romo, más tarde conocido como Efraín Huerta o El Cocodrilo, nació en Silao el 18 de junio de 1914. Hijo de José M. Huerta, quien era un apasionado de la literatura, un excelente abogado y un cumplido juez municipal; y de doña Sara, cuya fortaleza de carácter y dignidad le fueron heredados.
En Irapuato, a donde viajó por el trabajo de su padre, aprendió tipografía y si no trabajó como impresor fue porque le daban miedo las máquinas. Entonces vivía en el barrio de las Cuatro Esquinas, en cuyo mercado vendía pan. Ahí aprendió a jugar futbol y conoció las gardenias. Posteriormente, en Guanajuato, acosados él y su familia por una epidemia de tifus, vio morir a tu hermana Carmen, “Melita”, y la imagen de su ataúd cubierto de margaritas lo acompañó por siempre. Allí los alcanzó la miseria y sólo comían atole, piloncillo, frijoles y tortillas.
Tenía seis o siete años cuando llegaron a Léon, donde Efraín vendía periódicos y ganaba cinco pesos semanales, mismos que no llevaba a su casa, sino que los gastaba en zapatos de futbol.
En 1924, se mudaron a Querétaro, donde El Cocodrilo se pasaba el tiempo dibujando, jugando futbol y trabajando de gritón de la lotería. Además, se pasaba horas dibujando la iglesia de Santa Rosa de Viterbo. Alrededor de 1928 fundó en Irapuato, junto con los hermanos Prado, el semanario La Lucha, donde comenzó a publicar sus primeras columnas satíricas en contra del presidente municipal, amigo, por cierto, de su padre.
En 1930 llegó al Distrito Federal a cursar el Bachillerato de Filosofía y Letras. Gracias a que en la “perrera” de San Pedro y San Pablo, en San Ildefonso, había puros alumnos irregulares, muchachos mayores, conoció bien la ciudad. Así llegó a ver lugares de mala muerte, como el teatro María Guerrero, en el que uno de sus amigos era boletero y los dejaba entrar “de gorra” a ver semidesnudos y sketches, y donde le impresionó la bella Lulú Labastida, quien fingía desvestirse.
Entonces, durante su época de preparatoriano, Cristóbal Sáyago, el rico de la Prepa, le prestaba libros que Efraín Huerta copiaba íntegros; además que se pasaba todo el tiempo en la Biblioteca Iberoamericana leyendo. En 1933 ingresó a Leyes y tomaba clases en Filosofía y Letras, mas nunca terminó la licenciatura.
Luego descubrió el marxismo y encontró a algunos de sus mejores amigos: José Alvarado, Rodolfo Dorantes, José Revueltas. En 1935 publicó Absoluto Amor y las reseñas lo nombraron una voz nueva y estimablemente timbrada. Tenía “la negra plata de los veinte años” y comenzaba a llamarse Efraín.
Después publicó Línea del alba, libro por el que le pagaron cincuenta pesos plata. También colaboró en El Popular, Esto y en la Editorial Nuevo Mundo. Ya en ese tiempo, era gran amigo de Octavio Paz, quien trabajaba en Hacienda, a donde iba Efraín por él y lo esperaba en el patio arbolado que daba a la calle de Corregidora. Poco después participaría en la revista Taller.
En 1941 se casó con Mireya Bravo, la “Andrea Plata” de sus poemas. Posteriormente colaboró en Nuevo Mundo y La República y era redactor en Esto. Luego vinieron los viajes a Francia, Italia, Portugal, Checoslovaquia, la URSS, Hungría, Polonia, Nueva York. Años después narraría que cuando vio en París a Octavio Paz éste le echó en cara que no tuviera tiempo para escribir, y de paso lo regañó por no haber leído El laberinto de la soledad: “Siempre hay tiempo de escribir y de leer, agregó”. Corría 1950.
Se la pasaba apoyando las causas sociales, a los mineros de Nueva Rosita, Coahuila; viajando de nuevo a la URSS, a Checoslovaquia, a Polonia, a Austria, a Suiza.
En cuanto a su apodo, El cocodrilo, existen dos versiones: la primera contada por testigos y actores, quienes señalan que en 1949 se inauguró en San Felipe Torres Mochas, Guanajuato, una primaria que lleva el nombre de Margarita Paz Paredes. Ella invitó a varios amigos a la ceremonia. Contaron cuentos de cocodrilos y Huerta dijo: “Es que todos llevamos dentro un cocodrilo”. Así nació el cocodrilismo, “escuela lírica y social que en mucho se opone al existencialismo, extraordinaria escuela de optimismo y alegría”. La segunda hipótesis no tiene nada de alegre ni de optimista: la realidad se ha vuelto insoportable, la única manera de resistirla es meterse bajo la dura piel del cocodrilo: animal que soporta, persevera y no se esconde: sigue allí, bostezando o a lo mejor riéndose de nosotros. “Cocodrilismo: refutar el dolor con el humor”.
Tal vez no hacía falta, pero el que le publicara Joaquín Mortíz sus Poemas 1935-1968 le dio un nuevo vuelco a su carrera. No faltaron los homenajes e incluso la UNAM, en 1969, le grabó en un disco de su colección Voz Viva de México.
Sin fatiga alguna, fue a Cuba y a Panamá (donde ofreció un curso de poesía mexicana) y tal vez cansado, en 1973, el 24 de mayo, ingresó al Hospital de Oncología, a la habitación 602, donde el Dr. Roberto Garza le realizó una laringectomía. Perdió la voz.
A pesar de ello, nos regaló sus Poemas prohibidos y de amor, Los eróticos y otros poemas, 50 poemínimos y Circuito Interior. Todos ellos a lo largo de la década de los setenta.
En esa década recibió el Premio Villaurrutia, el Premio Nacional de Literatura, un homenaje en la Universidad de Querétaro y otro más en Chiapas. José López Portillo le entregó el Premio Nacional de Periodismo (rama cultural) y su estado le honró al crear el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta. Además, el Distrito Federal le rindió un homenaje en el que, por cierto, su amigo Jaime Sabines confesó: “Todas las mujeres se enamorarían de Efraín si no fuera tan feo el pobre”. Estampida de poemínimos, Transa Poética y Amor, patria mía marcarían lo último de su producción, en 1980.
El 3 de febrero de 1982, luego de 67 años de vida, de haber habitado por 52 años la Ciudad de México, no resistió más el no poder hablarnos. El último de enero había sufrido un paro cardiaco.
Dicen que cuando lo estaban velando entró un hombre alto y delgado y, sin mirar a nadie, se dirigió a poner una bala junto a la rosa roja que estaba sobre su ataúd. De inmediato se retiró y nadie volvió a verlo. Cuentan que sólo Efráin Huerta pudo congregar a personas tan disímiles a su alrededor. Y Mónica Mansour recuerda, que un año después de su muerte, en Milpa Alta, al pie de los volcanes, en donde fue enterrado, hubo un fuerte movimiento de tierra. Sin duda, Efraín, nunca supo estarse quieto.
Ahora bien, la poesía de Huerta puede dividirse en tres grandes vertientes: la que enarbola las luchas políticas y sociales, la amorosa y la que retrata a la ciudad de México. En esta última división, se puede decir que la geografía de la poesía de Efraín Huerta fue avanzando del centro Histórico de la ciudad de 1950 a los rumbos de Polanco al final de su vida. Así, describió el zócalo, la avenida Juárez, Reforma, las nuevas líneas del Metro y las calles de Polanco, así como a una perrita judía y a la muchacha ebria.
En tanto que de su obra amorosa, resaltan sus ejercicios humorísticos, donde, por ejemplo, en el “Manifiesto Nalgaísta, Aleluya cocodrilos sexuales, aleluya” nos dice: “Nalgaístas de todos los países subyugados / ¡OEA OEA OEA OEA uníos! / Así pues como los cocodrilos empantanados/ alma mía de cocodrilo / -claro está que soy hijo de una paloma azul / y un ancho saurio de dorado sexo / Nalgaísta hasta la médula de los huesos / (dije huesos) / hasta la marchita deseperación…” y después nos habla de una mujer a la que bien podrían decirle simplemente la Culona (esto extraído de un texto de Julio Cortázar), y remata sentenciando: “Una nalga es una nalga una nalga una nalga una nalga / No voy al paraíso ni al infierno / yo voy directamente al Nalgatorio / oh cielos”.
Así, hoy es deseable regresar a la poesía de un hombre con humor, quien retrato a la ciudad y la poetizó, dejándonos poemas tan breves y concisos como aquel de “Perdone las molestias que esta obra (poética) le ocasiona” o uno que aplica no sólo a sus poemas, sino a la poesía en general: “Salido el poema no se admite reclamación”.

domingo, 31 de mayo de 2009

Fausto Rasero, Por qué os desprecio


Fausto Rasero es un hombre calvo desde la niñez; con un rostro impenetrable. Es un ser ilustrado, metido en libros de historia, que conoce Francia desde su fundación, pero ignora la ciudad que vive en el siglo XVIII. Además, es un vidente quien con cada orgasmo vislumbra el mundo que vendrá dos siglos después. Es, como asegura Francisco Rebolledo, un ente que nació en el siglo de la Ilustración y murió en el del Progreso, pero sus orgasmos lo llevaron al siglo del Horror.
Gran conversador, Fausto Rasero es amigo de Diderot, de Voltaire; le presta un piano a un joven Mozart a punto de quebrantar sus ideales cuando se muere de hambre en un París que ha olvidado al niño prodigio. Además, es un alquimista que le permite a Lavoisier usar algunos de sus instrumentos para que descubra la composición del agua, para que nombre al hidrógeno. Es un idealista que ha de alimentar la mente del revolucionario Robespierre y que, como toda la clase rica francesa, ha de sucumbir ante las masacres indiscriminadas después de la caída de la Bastilla. Es un loco quien lee el Apocalipsis todas las noches y que influirá en el estilo que ha de darle fama a Goya, el pintor, con quien conversa en tardes alucinadas.
También es autor del manuscrito Por qué os desprecio, texto que gracias a un artículo publicado en el periódico Unomásuno, permitió a Fausto Rasero pasar de personaje ficticio a filosofo real.
Rasero, novela de Francisco Rebolledo (México, D.F., 1950), narra la vida de este español que vive una Francia llena de hombres que vanaglorian la Razón, es la historia de este calvo que sale a caminar con tal de ahuyentar a la tristeza. Esto, hasta que conoce a Mariana, un ser lleno de luz y alegría, una mexicana que le permite a este vidente alejarse del horror durante los orgasmos, pues sólo Mariana es capaz de acallar esa locura que persigue a Rasero desde su tierna infancia, cuando mamó por última vez de los senos de su nana Angustias y descubrió un don, el de la clarividencia, que para él es, a veces, un castigo.
Rasero es la tercer novela de Rebolledo, químico dedicado a la divulgación científica, y es no sólo un retrato costumbrista, sino la vida de un ser que ha de darse cuenta que el amor es capaz de conseguir acallar cualquier demonio, hacer al hombre más adusto un ser feliz.
Con un final que libra por poco la inverosimilitud, Rasero: el sueño de la razón, es un texto sabio, alegre; capaz de mostrarnos un París que el mismo autor nunca había visitado sino después de publicada su novela; es un libro que abarca tanto las esperanzas como los fracasos de la naturaleza humana (como anotaron los críticos) y que, además, se cuela entre las grandes novelas históricas. Es, por decir poco, una muestra de excelente literatura hecha en México.
Rebolledo, Francisco (2001), Rasero: el sueño de la razón, México, Joaquín Mortiz, 553 páginas.

lunes, 6 de abril de 2009

Ibn Arabi: amar para hacerse uno con Dios


“¡Cuánto amo! Amo más que a mi vida a una gacela real, / que con toda mansedumbre pace en mi interior. / Su fuego es luz en mí / y luz es lo que apaga mis incendios”.
Ibn Arabi, conocido como el “Vivificador de la Religión” y “el doctor Máximo” nació en la ciudad de Murcia el día 17 del mes de Ramadan, el año 560 de la hégira, que corresponde al 28 de julio de 1165. Hijo de nobles árabes, a los 19 años se alejó del mundo para convertir su vida en un camino de piedad y ascetismo debido, según cuenta, a hechos sobrenaturales que se le presentaron durante su “época de disipación”.
Los años que siguieron a su conversión, Ibn Arabi estudio ciencias religiosas, así como el ejemplo de famosos ascetas (individuos que ejercitaban la perfección espiritual) y sufíes (seres que practican la espiritualidad dentro del islamismo a fin de lograr la unicidad con la divinidad). De esta forma, Ibn Arabi, una vez que se convirtió en un sabio místico, propuso que la forma de lograr dicha unicidad es por medio del amor.
De Ibn Arabi se cuentan muchas cosas, algunas se conocen gracias a su libro Revelaciones de la Meca, en donde cuenta su vida, su conversión, además de sus reflexiones. Gracias a este libro sabemos, por ejemplo, que cierto día, en Córdoba, fue a casa de Abulgualid Averroes (filósofo y médico andalusí, maestro de filosofía y leyes islámicas, matemáticas y medicina), quien deseaba conocerlo pues sabía que Dios le había hecho algunas relevaciones a Arabi durante su retiro espiritual, “así que hube entrado, levantóse del lugar en que estaba y, dirigiéndose hacia mí con grandes muestras de cariño y consideración, me abrazó y dijo: ‘Sí’. Yo le respondí ‘sí’. Esta respuesta aumentó su alegría, al ver que yo le había comprendido, pero dándome yo en seguida cuenta de la causa de su alegría, añadí: ‘no’. Entonces Averroes se entristeció, demudóse su color, y comenzando a dudar de la verdad de su propia doctrina, me preguntó: ‘¿Cómo pues, encontrarías vosotros resuelto el problema, mediante la iluminación y la inspiración divina? ¿Es acaso lo mismo que a nosotros nos enseña el razonamiento?’ Yo le respondí: ‘Sí y no. Entre el sí y el no salen volando de sus materias los espíritus y de sus cuerpos las cervices’”.
Ibn Arabi, ya entonces considerado un iluminado, decía haber sido un ignorante antes de su retiro espiritual, pero una vez fuera, había conseguido abrir las cerraduras de las puertas de Dios.
Se cuenta que cierto día Ibn Arabi acudió a cenar con una amiga, Shams de Marchena, y que comenzaron a tomar té. Al poco rato tocaron a la puerta y cuando entró la persona recién llegada era Ibn Arabi; después volvieron a tocar la puerta y nuevamente entró otro Ibn Arabi, y así hasta llegar a siete Ibn Arabi’s a quienes les sirvieron su respectiva tazas de té y aquella fue una noche inolvidable, no tanto por los sietes seres repetidos, sino por lo que ellos comentaron y discurrieron durante la velada.
Ibn Arabi, además de místico, fue poeta, poeta místico, claro está, que a través de las letras intentó transmitir su doctrina: el amor a Dios como forma de alcanzar la unicidad con éste. Es de esta manera como sus poemas contenidos en Casidas de amor profano y místico (Porrúa 1988), libro que también incluye la poesía de Ibn Zaydun, nos muestra la forma como un ser es capaz de amar a un ente femenino que al mismo tiempo es Dios, y decirle, por ejemplo: “no temo la muerte; sólo / temo morir, porque entonces no la veré mañana” o “me he enamorado apasionadamente de Salmá, / la que mora en Ayjád, / aunque me equivoco, porque mora / en lo más íntimo de mi corazón”.
Ibn Arabi, poeta místico y poeta del amor, resulta hoy un oasis en medio del mundo violento donde vivimos.

martes, 17 de marzo de 2009

El riesgo literario de Daniel Sada (publicado en enero de 2009)



Daniel Sada cuenta que una tarde Juan Rulfo, su tutor en el Centro Mexicano de Escritores, hizo una crítica a su estilo narrativo: calificó su prosa de barroca, llena de forma pero no de fondo: “cuente, dedíquese a contar”, le habría dicho al joven escritor nacido en Mexicali en 1953.
De su paso por el Centro Mexicano de Escritores surgió Lampa vida (1980), novela escrita en verso o poesía escrita en narrativa, una suerte de juego verbal que le valió el entusiasmo de algunos y el rechazo de otros. Tiempo después deslumbraría con el libro de cuentos Registro de causantes (1992), por el que obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia, y más tarde rompería esquemas en la literatura mexicana con Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999), novela cumbre que convertiría al imaginario pueblo Remadrín no en un universo, sino en el centro del universo literario de Daniel Sada.
Llamado por algunos un estilista del lenguaje, Sada ha logrado establecer una nueva forma de narrar, lejana por completo a la literatura llana, a la dedicada a plantear una anécdota y llevarla hasta su fin, como si el contenido fuera lo único importante. Sada juega con el ritmo, con la sonoridad de las palabras (muchas de ellas regionalismos, otras en desuso) e imprime a sus creaciones un sello inconfundible: el uso del lenguaje como lo más importante en su escritura (él mismo ha dicho que una vez encontrado el punto de vista a emplear, prácticamente tiene resuelto todo).
En noviembre de 2008, su libro Casi nunca obtuvo el Premio Herralde de Novela. En ese momento, Sada consideró el galardón como un “frasco de vitaminas” a su proyecto narrativo.
De principio, Casi nunca cuenta la historia del agrónomo Demetrio Sordo, quien habrá de decidir entre un amor profano: el de la prostituta Mireya, y uno casi místico: el de la novia santa Renata a quien solamente ha de ver tres veces (en tres años) antes de casarse con ella.
Casi nunca es una novela llena de humor (“Si me ayudas a llegar pronto a La Mena, o a El Origen o a La Igualdad, te prometo que te llevaré flores a la iglesia de Sabinas en cuanto pueda. ¿Flores?, qué magnífico regalo. Tal vez Dios, al oír que esa criatura grandullona le iba a dar un obsequio tan colorido, no tuvo más remedio que apiadarse”); también de una sensualidad particular: burlona, santificada, procaz (“Y estaban conociendo su peladez, cual debe. Los senos de la ojiverde –éste es un mero ejemplo– eran dos naranjas expresivas, enhiestas”).
Casi nunca continúa con el estilo sadiano, con su barroquismo que le ha valido el elogio de los críticos, además que acierta al ser una narrativa, como le dijera hace tres décadas Juan Rulfo, dedicada a contar. Es un libro con lo mejor de Sada, pero aligerado: un reto para el lector, pero no la cumbre del Everest que representa Porque parece mentira… Es, sin duda, la mejor obra para acercarse a esta narrativa que de apoco irá adquiriendo mayores admiradores, pues aparte de arriesgada se ha vuelto inconfundible, “un frasco de vitaminas” para la narrativa escrita en español.