lunes, 19 de septiembre de 2011

La apuesta lingüística de unas cartas ajenas*



I

En algunas narrativas hay una capacidad evocativa que va más allá de lo que se enuncia. No es una metáfora que nos muestra algo semejante a lo que se dice, tampoco es una intención oculta, lo que llamamos leer entre líneas, sino que se trata de un desenvolvimiento que permite observar varios planos de un momento preciso, sin que se narren específicamente. Por ejemplo, Joao Guimaraes Rosa, en el inicio de "El aviso del morro", anota: “Desde allí, el ocre del camino, como de costumbre, es una S que comienza una gran frase. Iban, sierra arriba, cinco hombres por el borde divisor. El día lejos de su mitad, solemne sol, las sombras de los hombres daban sobre el lado izquierdo”. Aquí, esa “S” que nos especifica el narrador nos permite visualizar la forma del camino que se recorre, pero al mismo tiempo es un acento que resalta las palabras que contienen dicha letra, es como si marcara con negritas cada una de esas palabras para lograr una cadencia o un ritmo en la lectura.

Otro ejemplo se observa en Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada, quien relata: “Se hacía llamar Néstor Bores. Fuereño de ojos borrados cuya aparición causó mucho meneo colectivo. Se trataba nada menos que de un líder estatal, uno de esos del partido que más polvareda hacía, o sea el de la Dignidad, según dijo en su momento, y con lujo de altavoz, al convocar con prestancia a quienes desearan ir adonde se había parado y, por ende (tras la angustia de no saber ¿qué?, o ¿por qué?, de la mayoría respecto… a ver… ¿se deduce?), presencia justificada para entrever soluciones o al menos procedimientos, siendo que, mero deslinde: en un lapso de dos días corrió el ingrato rumor (la matanza de unos cuantos y el desbalague de muchos), a saber cómo corrió, como sea pero llegó hasta sus mismos oídos y Trevita no está cerca.”

En este pasaje la voz entre paréntesis nos muestra la reacción del pueblo, misma que no es necesaria, pero que al enunciarse nos permite visualizar la escena completa, y no sólo eso, sino que busca la complicidad de un lector atento al dejar inconclusa una idea y preguntarnos “¿se deduce?” o al aclararnos a que se refiere el ingrato rumor tal como había sido difundido.

Así, estas frases que se agregan potencian la capacidad evocadora de un texto y permiten la existencia de un universo gracias a estos mecanismos lingüísticos que van más allá de una descripción o una adjetivación afortunada.

Estos textos, por decirlo de alguna manera, se arriesgan con el lenguaje y experimentan directamente con el lector final, conminándolo a no perder la atención y a ser un sujeto participante en la creación del mundo que se está contando.

II

Cartas Ajenas: La obsesión de cambiar la vida de otros, de Geney Beltrán Félix (Culiacán, 1976) cuenta la historia de un hombre no gris, sino oscuro: un empleado de correos llamado Mariolario quien un día decide hurgar en las cartas que llegan a la oficina postal e intervenir en la vida de los destinatarios de dichas misivas. Con esto, pretende mejorar el mundo impidiendo que un hombre muera solo, sin saber de su hijo; o llevándole consuelo a un editor que ha perdido a su amante; o relacionándose con una joven quien tiene el don de la clarividencia y lleva consigo un karma que afecta a quienes la rodean.

Esta novela es una historia que profundiza en la naturaleza del hombre, con sus pros y contras, y nos muestra cómo el mundo puede ser el mejor escenario para lograr que los hombres solos se conviertan en mesías que llegan a la locura.

Además, explora el lenguaje e intenta sacarle el mayor provecho mediante la evocación de frases que expanden lo ahí enunciado: “¿Todo así muy complicado? Era como si en su pecho se deslizaran patitas de hormigas: un ticliteo oxigenado que le volvía inviable pensar (en otra cosa). Podría regresar con el portero, soltarle más billetes y pedirle que la próxima vez que Omar llegase al edificio: Me echa porfa una llamada, quiero conocerlo de lejos; pero tanta insistencia y cohecho podrían provocar un recelo mayor (¿llevarían al portero a delatarlo?).”

Así, con explicaciones no pedidas, con aclaraciones innecesarias, Geney Beltrán logra que una simple acción (la duda sobre corromper a un portero) se convierta en un pacto con el lector, pues le permite visualizar cada uno de los hechos ahí expuestos y adentrarse en la mente de los dos personajes que intervienen en esta escena, así como del narrador que se desliza en la historia: “¿Todo así muy complicado?”.

Esta primera novela muestra un compromiso con el español y si bien la historia avanza de manera clara (pues nunca se prioriza el lenguaje sobre la historia, ni viceversa), nos muestra a un narrador a quien le gusta jugar y arriesgarse en el momento de contar. A veces lo logra con mayor acierto, pero las ocasiones que no lo consigue logra al menos (y eso ya es decir mucho) una prosa clara y eficiente. Muestra de esto es una de las últimas escenas donde Mariolario contundente desvaría: “Llevaremos un mensaje. ¿Me están entendiendo? Una imagen de lo que pronto viene. Es una quimera, un incendio viable: una sola hoja con las palabras de los hartos, los vencidos, los de la indignidad forzada por tanta injusticia como arena en su boca”.

Cartas ajenas… es un libro difícil de seguir, pues busca un lector atento, quien al final verá recompensados sus esfuerzos; es una novela que requiere un doble esfuerzo, pero también, y este lo considero su mayor logro, es un regreso a la literatura comprometida consigo misma, que va más allá de la historia y que por lo mismo nos muestra a unos personajes, a un narrador y al escritor tras la pluma. Cumple con aquello que decía Pedro F. Miret: “El arte no es un filete que se puede pedir ‘término medio’ o ‘bien cocido’ según el gusto del cliente. Hay que dar libertad al cocinero y estar preparados a que nos lo pueda servir quemado algunas veces” y este filete está casi en su punto, pero nos muestra a un cocinero experimentado, quien sabe qué es lo que busca: el lenguaje como gran potenciador de mundos ficticios.

Beltrán Félix, Geney (2011), Cartas ajenas. La obsesión de cambiar la vida de los otros, México, Ediciones B.

*Publicado en librosampleados

Un sentimiento llamado rencor*



Saña, de Margo Glantz (Ciudad de México, 1930) podría ser un diario de viaje: por La India, Estados Unidos y México; pero también por las obsesiones de la autora: el poeta Rimbaud, el pintor Bacon, el músico Scarlatti. Podría ser lo que se conoce como blog, pues las reflexiones acompañan a las minificciones, a las ideas sueltas, a los sucesos que despiertan un interés cierto día en específico, pero decir que este libro podría ser lo anterior sería reducirlo a un mero aglomerado de anécdotas.

Saña es más bien un recuento de vida, no tanto porque hable de la autora, sino porque explora temas que han estado presentes en su obra: la mujer, la moda, la crónica diaria. Es un libro fragmentario, por su constitución, que al terminar de leerlo adquiere unidad: una idea que se construye alrededor del odio, del rencor, de la inhumanidad que es capaz de vivir en el hombre en diversos momentos: los campos de concentración, el Rimbaud traficante de armas, las carnicerías durante las monarquías, la vanidad en el arte y en la modernidad.

Un ejemplo de lo anterior (y del agrio humor de la autora) es el texto llamado “Cuestión de óptica”: “Desde la pica donde llevaban su cabeza guillotinada, la princesa de Lamballe gozaba de una vista privilegiada de la Bastilla”. ¿Risa, amargura, novedad, qué sentir tras leerlo?

Hay en estos textos, además, una continua exploración por los datos curiosos que dan sentido a algunos aspectos de los artistas antes mencionados, pero también a la visión que tenemos de asuntos tan importantes como el descubrimiento de América: “Muchos tipos de hombres fantásticos vivían en América, antes de la llegada de Colón. Por ejemplo los que en lugar de cara humana tenían cara de perro”.

Así, fijándose en características físicas, en apariencias, dándole importancia al contexto que rodea a los individuos, Glantz logra pequeñas historias que justo antes del punto final adquieren sentido. No en balde, se obsesiona por ver a través del microscopio para ofrecernos a seres que más allá del mito son figuras incluso grotescas. De Bacon, por ejemplo, cuenta: “Bacon, estricto traje oscuro, corbata a rayas, calcetines de rombos color gris antracita con blanco, los labios pintados de rojo carmesí. Quiero que mis cuadros tengan el mismo efecto inmediato que tiene un animal en los instantes posteriores a la casa, dijo en Rodesia, hoy Zimbabwe. Agrega: los policías son increíblemente sexy con sus pantalones cortos almidonados y sus polainas muy lustradas. En la pintura de Bacon hay tres fuerzas, una es invisible, aísla; la segunda deforma, se apodera de los cuerpos y la cabeza de la Figura. La tercera disipa, aplana, difumina”.

Saña es un libro de pequeños textos, pero también es una biografía de nuestro siglo XX, de las barbaries que se cometieron en nombre de la razón y de la ciencia, del poder y los fanatismos; es un libro que nos habla del pasado quizá para hacernos sentir que no estamos tan mal, que en otras épocas también el hombre se degradó hasta la mentira, hasta la sinrazón. Sin embargo, Saña nos deja la leve esperanza de que la única forma de enfrentarnos a esos peligros es viendo las cosas con ironía, con humor negro; reflexionando si nosotros mismos no vivimos con esa saña por dentro y estamos repitiendo de manera distinta los errores, las carnicerías (literal y metafóricamente), que definieron a los hombres que nos presidieron. Una luz, cegadora, se ve al final del libro.

Glantz, Margo (2007), Saña, México, Era, 240 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

Un lenguaje, un continente, un mundo narrativo*



Los ojos de Daniel Sada (Mexicali, 1953) no ven, imaginan; sus manos no se mueven, se expresan; su voz no se oye, narra; sus libros no son historias, son mundos imposibles de asir a la primera, pero que tras el deslumbramiento nos descubren más humanos.

A la vista, novela que cuenta la historia de Ponciano Palma y Sixto Araiza, dos camioneros que un día matan a su patrón y deben enfrentarse a sus nuevas condiciones de prófugos, representa (a mi modo de ver), el regreso de Daniel Sada a ser Daniel Sada. Es decir, después de su debut en la editorial Anagrama con la novela Casi nunca, misma que aligeraba un poco su tratamiento de las palabras pero lo hacía más accesible a un gran público, con A la vista, Sada nos recuerda por qué se le considera alguien que “está escribiendo una de las obras más ambiciosas de nuestro español”, como dijera Roberto Bolaño.

En este libro vuelve no sólo al tratamiento minucioso del idioma, sino a su humor tan característico que en medio de una tragedia puede provocar una sonrisa: “Ni sirvientas contrató. Ni perros ni gatos tuvo. Mujeres: algunas: muy besadoras, muy calientes, pero también muy pasajeras, de esas que se encueraban bien pronto, como por arte de magia”.

Pero decir que tiene un tratamiento especial del lenguaje, ¿a qué se refiere? Es no sólo contar la historia, sino hacerlo de un modo diferente, de tal manera que nos informe de muchas cosas pero de forma que no parece la evidente. Por ejemplo, alguien podría decir que las relaciones sexuales entre esposos han desaparecido, pero Sada lo que hace es evocar: “Los esposos seguían durmiendo en su cama matrimonial, pero no se tocaban, ni siquiera un agarre levísimo de manos con mínimas ganas de travesura; sus respiraciones nada anunciaban, más bien discurrían como un crepitar constante”. Entonces, no sólo nos cuenta de este final de la pasión conyugal, sino que por medio de indicios nos brinda datos que convierte ese simple párrafo en una historia completa, en la cual uno observa a esta pareja ya sin siquiera ganas de juguetear bajo las sábanas.

Daniel Sada, que con Porque parece mentira la verdad nunca se sabe nos dio una de las grandes novelas de México y del idioma español, con A la vista vuelve al desbocamiento de la imaginación y de las palabras; regresa también a los paisajes áridos, a los hombres que desbarrancan su vida por decisiones intrascendentes, pero sobre todo vuelve a demostrar por qué es uno de los pocos y de los mejores prosistas que existen. De ahí que logre que hasta la descripción de unos sándwiches resulte un templo verbal: “Se puede decir al respecto lo principal de todo esto: panes y más panes de espesores diversos para hacer lonches con embutidos varios: ergo: lonches aguacatosos y lechugosos, no se hable a detalle de los chiles metidos en el centro de lo que se dijo”.

A la vista es una novela, pero al igual que su autor, es también un mundo. Para conocerlo hay que estar dispuesto a penetrar en el barroco de estas construcciones literarias que Sada nos ofrece. A la vista no cuenta, evoca; A la vista es otro libro, pero también es el regreso magnífico de quien tal vez sea el narrador mexicano vivo más moderno y también más importante.

Sada, Daniel (2011), A la vista, Barcelona, Anagrama, 240 páginas.

Para leer un adelanto de A la vista, consultar http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/9011/pdf/90sada.pdf

*Publicado en Adefesio.com

martes, 23 de agosto de 2011

Poemas de una escritora sabia para un lector triste*


Dicen por ahí que la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la necesita. Pero, ¿quién necesita la poesía?, ¿para qué se le necesita? Agorafobia, de Natalia Luna, tal vez nos respondería que se requiere de la poesía para vernos en eso que no somos, sufrir con eso que no nos pasa y, aun así, saber que el alma puede hallar su espejo en ciertas frases: “No habrá más víctima que yo / de mis recuerdos”.

Natalia Luna (Monterrey, 1989) logra con Agorafobia que el lector de su poesía sea a la vez el personaje principal. La dedicatoria antecede este juego: “A todos / en especial // y a ti / sobre todo”. Además, entrega versos que tienen una gran cualidad: son sinceros y por esto mismo logran profundizar en los sentimientos. En ocasiones lo consigue con la sencillez de las frases que evocan situaciones más allá de las palabras que las nombran: “Pasé el día escuchando mi nombre / ¿Dónde estás que me recuerdas tanto?”. Otras veces lo logran gracias a la interacción con quien lee y se refleja: “Larga en cuanto a letras. / A significado. / Una palabra larga: / Tú”.

Es su poesía un canto al erotismo, a ese encerrarse en sí mismo, con las obsesiones, con las tristezas, para salir fortalecido; es llegar a la profundidad para desde ahí ver la claridad que hay afuera, para ver atrás y disfrutar con esa melancolía: “Por qué si siento la frente aplastada no son tus manos vertiendo hormigas en / esta luz que se apaga por el aliento necio de la muerte involuntaria”.

Libro ilustrado por la misma autora, ejemplar que desde su disposición obliga a una lectura diferente, estos poemas nos recuerdan que como lectores podemos seguir una historia, pero también, al ser tocados por estos hechos, nos puede ir la vida en esos versos: “Te oigo escribir y se me va la sangre / me haces pensar que otra vez / vas a suicidarme”.

Entonces, este juego entre el lector, la poeta y el amado a quien escribe los versos se forma un triángulo amoroso en donde Natalia Luna nos susurra al oído que bastan las palabras para crear y destruir (un libro, una relación de pareja), pero que nada puede ser peor que sufrir con falsedades: “estoy harta de efectos especiales que disimulan mi tristeza / (mi tristeza idiota)”.

Se dijo: ir al fondo como único modo de encontrar la verdad, de salir avante, de suturar todas las heridas: “Ya va siendo hora de dejar a un lado tanto drama, abandonar la superficie para hundirse o elevarse hasta lo extremo”. Y sólo de esta manera salir victorioso gracias a las palabras y lo que éstas evocan: “Yo te quiero por tu significado desbordado”.

Agorafobia no como miedo a los espacios abiertos, sino como miedo a salir sin haberse sincerado con uno mismo. Agorafobia, poemario de esos que se necesitan para sobrellevar algunas tristezas gracias a las bellas palabras de esta poeta con la madurez de un viejo.

Luna, Natalia (2009), Agorafobia, Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, 60 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

miércoles, 3 de agosto de 2011

Ser andaluz, pero sentir y pensar como mexicano*


Tengo la impresión de que hay cierta poesía de la cual sólo podemos hablar en primera persona: esa que nos llega, que nos refleja, que nos levanta el ánimo después de un mal día. Así, esa poesía tiene cierto aire que nos parece personal, como si hubiera sido escrita por alguien que nos conociera muy bien. Quizá por ello, Enrique García-Máiquez (1969) nos dice: “Cuento mi vida pero lees la tuya. / Nombro un paisaje de mi infancia y tú visitas / -tramposo- aquel camino de arena hacia la playa / por donde corre un niño feliz, que no soy yo”.

También, esa poesía no necesariamente es la que habla del amor, sino de lo que todos pensamos pero no podemos poner en palabras tan bellas (al menos en su acomodo), tal como apunta Jaime García-Máiquez (1973): “Ir a malas películas / de cine, y llegar tarde. / No salir, por cenar / en casa de tus padres. / Quedar con amigas. / No poder concentrarme / en perpetrar poemas. […] En fin, no cabe duda, / amar es suicidarse”.

La poesía es, tal vez, esa forma en que suena más bonito cuanto nos pasa, una manera de ver la realidad de un modo que embellece incluso lo más cotidiano, como sucede con este poema de Inmaculada Mengíbar (1962): “Pero seamos realistas: / Penélope, cosiéndole, / no es más feliz que yo / ahora mismo rompiéndole / la cremallera”. Es, también, volver irónico lo que suena dramático, convertir en una sonrisa lo que nos llevaría a las lágrimas: “Buscó el aplauso hablando / de sus miserias. / Es poeta; un rentista / de la tristeza”, como apunta Juan Peña (1961).

Es, y aquí sólo imagino, un recuento que nos permite mirar el pasado con nostalgia, más no con tristeza: “Presiento que no soy el mejor yo / de todos los que quise ser y he sido. / He conocido otros más hermosos, / mejor amantes y mejor vividos. / -Todos, sin excepción, mucho más jóvenes, / prometedores y atractivos.- / No soy el mejor yo. / Pero, al menos, aguanto y sobrevivo. / Los demás, con sus sueños / -cansados, derrotados, aburridos-, / fueron cayendo / uno tras otro en el camino” (Javier Salvago, 1950).

A lo mejor también esta poesía es tan íntima, tan cercana, porque nos suena a una filosofía fácil de comprender: “Por miedo a la luz del sol / hay quien esconde de día / lo que de noche pensó” (José Luis Blanco Garza, 1950). O nos remite a los deseos frustrados, pero gozosos: “Estos días amargos –hablo en serio-, / cuando el dolor asfixia y uno quiere morir / para no ver los dientes a la vida, / cuando ni la ironía es un arma certera / ni el vino trae olvidos, / yo pagaría oro, vendería mi alma, / por volverme otra vez / niño de calzón corto saliendo de la escuela / camino de los brazos de mi madre”, como piensa (y poetiza) Pedro Sevilla (1959).

Esta poesía, pienso, es como si abriéramos un álbum familiar y nos viéramos en todas las fotos y por eso mismo todas las imágenes nos dijeran tanto de lo que somos o podemos ser. Esta poesía, es sombra hecha de luz, como dice el título de esta antología de poesía andaluza actual, y también es claridad llena de claroscuros. Es, por último, un acercamiento a una forma de ser de los andaluces que asombrosamente se parece tanto a la de los mexicanos.

Feu, Abel (antologador) (2006), Sombra hecha de luz. Antología de poesía andaluza actual (1950-1978), México, UNAM, 256 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

miércoles, 20 de julio de 2011

Un cuerpo, una sensación, un recuerdo llamados Alicia*



Existen juegos que nos gustan más por cuanto pasa en ellos que por las reglas que se nos plantean para poder jugarlos. Algo parecido ocurre con Navidad y Matanza, del chileno Carlos Labbé (Santiago de Chile, 1977). Esta llamada “novela-juego” narra la desaparición de dos hermanos: Alicia y Bruno Vivar, durante la Transensorial Beyond Seasons Celebration, una fiesta de personas ricas. Todo esto narrado por un joven periodista que sigue los pasos de estos misteriosos personajes a lo largo de muchos años. Además, la novela es una historia (la ya descrita) contada por siete investigadores (apodados con cada uno de los nombres de la semana) que han sido confinados en un lugar secreto para experimentar en ellos una nueva droga y que se envían correos electrónicos con fragmentos del supuesto reportaje.

Sin embargo, todo lo anterior, es el marco para contar la bella historia de Alicia Vivar, una muchacha con ciertos toques de Lolita, quien persigue a su hermano por las playas chilenas y quien toma de la mano a un hombre que a veces se llama Boris, otras es su tío y otras adquiere diferentes personalidades. Y es Alicia, quizá, el personaje que hace entrañable este libro, pues lo más insospechado puede aparecer en una de sus reflexiones al ver el mar: “Boris Real llevaba de la mano a la pequeña Alicia Vivar, entonces una niña de 12 años. Iban algunos metros más atrás que el resto del grupo. Ella le pedía que la acompañara a las rocas, en busca de conchitas. No lo trataba de usted ni le decía tío, sino Boris. Luego hablaron de las tonalidades rojizas de las nubes a esa hora y ella le preguntó cuánto faltaba para el fin del mundo”.

Alicia es un personaje, pero también la obsesión del periodista, quien regresa a Matanza tras algunos años para ver si la gente ahora que ya no corre ningún riesgo sí quiere hablar. Y es así como el dependiente de una gasolinería le comienza a platicar del día que los Vivar llegaron a su casa, una choza humilde que un hombre extraño con un instrumento musical llamado theremin le había alquilado unas horas antes (Boris en alguna de sus distintas personalidades). Y le dice, tras intercambiar su historia por unas cuantas cervezas, cómo Alicia era una mujer en el cuerpo de una niña, y cómo fue creciendo su atracción por ella y cómo ha empezado a recordar a Alicia como si fuera su hermana o su sobrina y cómo todo puede ser posible en esos poblados a los que ya nadie vuelve después de aquella historia, incluso que la dependienta del restorán a donde han ido puede ser la misma Alicia…

Es pues, una narración cuya novedad no sólo reside en la forma, sino en la estructura de ciertas oraciones que las convierten en aforismos y no en simples enunciados: “De todas maneras, el tipo andaba todo el tiempo con resaca. La resaca del odio y del miedo, que es una especie de aburrimiento” o “Los grillos y los sapos competían por llenar con sus cantos ese espacio de la noche que los de la ciudad llamamos silencio”.

Navidad y Matanza es un juego, es una novela, es una historia de amor y es una vuelta a la obsesión de un hombre por una mujer que no conoce, pero que a través de lo que cuentan de ella se le ha vuelto necesaria, aunque pueda llamarse Alicia, ser un personaje ficticio o una investigadora apodada Sábado.

Labbé, Carlos (2007), Navidad y Matanza, España, Editorial Periférica, 176 páginas.

*Publicado en Adefesio.com

domingo, 10 de julio de 2011

El amor a la tierra y a Dios *



En el principio fue el hombre, y el hombre era Isak. Aún no había veredas ni caminos en aquella montaña, sino que sus pasos los fueron formando. Tampoco había vida, ni siembra, ni un lugar donde refugiarse. Por eso Isak, a punta de partirse el lomo, creó el mundo y ese mundo se llamaba Sellanraa. Pero como a todo hombre, le faltaba una mujer, por lo que corrió la voz para que alguien se arrimara a aquella montaña y cooperara con el amor que le hacía falta. Así fue como llegó Inger. Ella mintió: dijo que sólo iba de paso. Él hizo como si no viera el labio leporino de la mujer y con amabilidad la invitó a comer: “Entraron en la choza, comieron de la provisión que ella traía, y bebieron leche de cabra; prepararon luego café del que la muchacha venía provista y, entre tanto, reinaba ya la cordialidad entre los dos, antes de retirarse para dormir. Durante la noche, Isak la codiciaba, y ella no se negó”.

Amaneció y ambos no se dijeron nada, sino que sólo se quedaron juntos y empezaron a vivir como marido y mujer: cosechando la montaña, sembrando en el vientre de Inger, dando gracias a Dios por esa bendición de la tierra. Fueron también dando forma al hogar (no a la casa): “Isak izaba las vigas por medio de cuerdas, ella empujaba un poco con la mano y a él le parecía que ella ayudaba con su sola presencia”.

Como es de sospechar, la bendición trajo un hijo y ese vástago trajo la felicidad. También, como es de sospechar, la felicidad y el progreso trajeron las envidias y alguien llegó a hablar mal del matrimonio, y el Estado, que hasta entonces desconocía la existencia de aquel lugar, le puso precio y exigió que se pagaran impuestos. Pero Dios es grande, eso lo sabe Isak, y permitió que hubiera un hombre bueno (Geissler), quien reconoció la labor de Isak, y sbaía que el país y el mundo requerían de hombres como Isak, por lo que ayudó a que pagara poco por el terreno y empezó a darle ideas de cómo hacer que Sellanraa progresara aún más. Luego vino la cárcel para Inger, más hijos, el mundo que de a poco iba llegando a Sellanraa y, a lo mejor, la penitencia y la disculpa. De esto, de la creación de un mundo nuevo, es de lo que trata Bendición de la Tierra, del Premio Nobel Knut Hamsun (Noruega 1860-1952).

Hamsun es un autor ligado a Dios, al católico, quizá por ello su prosa tiene la cadencia de los Salmos y la violencia humana del Antiguo Testamento. Es, además, un autor que nos presenta los paisajes y nos descubre el espíritu de sus personajes. Es un escritor con la cadencia de un abuelo sabio, con la visión fina que sólo se logra a través de la contemplación y el análisis (algo tendrá que ver el que haya sido aprendiz de zapatero, periodista y pescador).

Bendición de la tierra es, por decirlo de alguna forma, el canto a un verdadero hombre nuevo, no de ese que nace de las revoluciones, sino del que nace y se forma con el trabajo diario, tal como Hamsun nos hace saber: “(Isak) Es campesino de las tierras solitarias hasta la médula y agricultor de pies a cabeza. Un resucitado de tiempos remotos que señala hacia el futuro, un hombre de los primeros tiempos de la agricultura, un labriego de novecientos años de edad y, pese a ello, el hombre del día”.

Hamsun, Knut (1979), Bendición de la tierra, México, Promexa, 346 páginas.

*Publicado en Adefesio.com