martes, 15 de abril de 2025

Manual para ser de vanguardia

Critica a las mafias, pero haz todo por unirte a una (si la creas es mucho mejor); condena los acosos, pero no digas nada si a tu próxim@ editor@ l@ han acusado de ello; habla mal de los escritores que contradigan tus ideas, pero olvídalo si te invitan a uno de sus eventos; nada mejor que ganar "la gloria" con ataques en redes sociales, con excepción de si eres tú quien los sufres (aunque recuerda que la victimización también da "fama"); critica a l@s autor@s cuando hayan fallecido, así no tendrás consecuencias; reniega de los premios, hasta que ganes uno; odia a l@s que llaman "maestr@" mientras a ti no te digan "maestr@"; abomina de l@s autores famos@s, mientras no puedas presumir su autógrafo o una foto con ell@s (si eres su amig@ mucho mejor); ten en claro que las becas sólo se dan por amiguismo, pero siempre es bueno tener amig@s bien colocad@s; reseña sólo libros caros y de moda, y luego quéjate que nadie hable del tuyo publicado por una editorial independiente; considérate incólume, alb@, étic@, de avanzada, y, al hacerlo, no mires jamás el espejo.

jueves, 11 de junio de 2020

El mejor escritor de México

"La mayor sorpresa que me topé en los talleres que he impartido fue conocer al mejor escritor de México", nos dijo una tarde Daniel Sada. Sus labios delgados, pálidos y rosa tenue se cerraron por un momento. Sabía crear tensión. "Incluso creo que él sería la mayor influencia en mi forma de escribir", remató con esa mirada perdida que a veces se le daba, dándonos a entender que había mentido en las entrevistas en las que mencionaba a Guimarães Rosa, a Rulfo, a Faulkner...

Le preguntamos quién era, pero él, sabiendo cómo mantenernos en ascuas soltó un triste: "No se conoce, está inédito".

En aquel tiempo llevábamos ya un par de años acudiendo a su casa a un taller de novela. Éramos seis o siete jóvenes a quienes seguro Daniel quería o en quienes se reflejaba. De no haber sido así, ¿por qué mantuvo el taller después de que lo cancelaron en Casa del Lago tras la llegada de Sealtiel Alatriste a Difusión Cultural de la UNAM, por qué nunca nos cobró un peso, por qué siempre nos invitaba un café o a cenar y por qué nos dedicaba tiempo, tallereando nuestros incipientes textos?

Aquella tarde, como si narrara un cuento y supiera que ya había atrapado a su lector escupió un nombre ante nuestra insistencia: Juan Crisóstomo Álvarez.

Entonces continuó la historia: Daniel daba un taller en Monclova (si no mal recuerdo), él apenas iniciaba su carrera y estaba receptivo a todo. Entonces, una tarde, un hombre con aliento alcohólico se presentó al taller. Era un viejo, más bien un cincuentón, con ropas humildes, bajito, moreno. Al parecer no lo dejaban entrar, hasta que Daniel intercedió por él.

"¿A qué vienes?", dijo que le preguntó, con esa forma de hablar directa tan norteña. "Vengo al taller para escribir, soy escritor". Tras esa declaración, aquel hombre, barrendero de una primaria lejana y alcohólico, se quedó a esa sesión. Al final, intrigado por su conducta, Daniel lo interrogó: ¿Por qué dices que eres escritor, por qué quieres ser escritor? "Porque tengo tres libros escritos", le habría respondido.

Unas semanas después le llevó a Daniel sus libros: dos de cuento y una novela. Sada quedó impresionado, tanto así que comenzó una amistad extraña, donde ambos convivían pero sin meterse el uno en la vida del otro. Aquel hombre, sin duda, era el mejor escritor de México, pensó el joven Daniel Sada.

"El güero aguamielero" se llamaba uno de los cuentos, mismo que Daniel se encargó de que se publicara en la revista Frontera Norte, que más tarde se convertiría en Fronteras. Aprovechando el éxito del mencionado cuento entre los críticos, Daniel consiguió que invitaran a Juan Crisóstomo Álvarez a un encuentro de escritores en Tijuana (creo). Bernardo Ruiz y otros cuantos escritores vieron también la grandeza de aquel barrendero escolar y solicitaron a Conaculta (o como se llamara entonces el organismo federal que daba becas) que le pagaran a Crisóstomo su residencia en el Distrito Federal, que le dieran una beca para escribir. Sin embargo, al parecer no lo solicitaron con el empeño suficiente o simplemente las autoridades no quisieron arriesgarse.

Daniel entonces le dijo a Juan Crisóstomo que debían publicarlo, pero él, tímido, dijo que le daba pena. ¿Cómo un barrendero, quien en su vida sólo había leído un libro de Lovecraft y el Llano en llamas, que "tallereaba" sus escritos con un compadre mecánico teporocho, quien se escondía de su mujer por las noches para teclear en su máquina de escribir mecánica (ella odiaba que escribiera) iba a publicar sus "cosas"?

A pesar de sus negativas, el diario local lo entrevistó y salió en primera plana. De esa manera, Juan Crisóstomo (sin desearlo) tuvo sus diez minutos de fama, hasta que el director de la escuela donde trabajaba vio el periódico. No era posible que él, un hombre recto, de buena familia, jamás hubiera ameritado la atención de los periodistas, en cambio Juan Crisóstomo Álvarez...

El director amenazó a Crisóstomo, le pidió alejarse de la literatura, respaldado por la esposa de Juan, y lo amenazó con despedirle si insistía en escribir. El barrendero, temeroso de perder el sustento de su familia, le hizo caso y dejó de acudir al taller literario.

Primero llegó la ausencia de Juan Crisóstomo Álvarez, luego su esposa se negó a que lo vieran, más tarde la casa del barrendero quedó abandonada y después no hubo nadie que le diera señas a Daniel sobre el paradero de Juan Crisóstomo Álvarez, ni de sus tres libros que, por error, Sada le había regresado...

"Lo único que pude hacer", dijo Daniel frente a nosotros, "fue dedicarle un cuento, está en 'Registro de causantes'"...

Y por qué nunca has escrito esa historia, lo interrogamos. "Crisóstomo me contó muchas, demasiadas historias, pero eran suyas no mías, por lo demás, creo que lo estimo mucho y por eso nunca he podido contar cómo se frustró el sueño del que pudo haber sido el mejor escritor mexicano. No sé si sería capaz".

Aquella tarde recordé a los detectives salvajes en busca de Cesárea Tinajero, y me convertí en uno de ellos por un tiempo: busqué en bibliotecas, registré catálogos, pregunté a personas, más nadie me dio razón de Juan Crisóstomo Álvarez. Unos meses después perdí el ánimo por encontrar al autor de "El güero aguamielero".

Hoy aún recuerdo esa plática de Daniel y extraño su forma de hablar, de contar las cosas, midiendo las sílabas tal como hacía en sus libros. Pienso en qué pasaría si alguien encontrara a Juan Crisóstomo Álvarez y esos tres libros que dejaron fascinado a Sada. Hace algunos días, tras la publicación de Pedro Páramo en 1954, Heriberto Yépez dijo que la edición de esas versiones facsimilares y el mecanuscrito ayudaba a percibir a Rulfo como el único autor de su novela y, por lógica, a eliminar la idea de un co-autor. “Fantaseando ese otro, la clase literaria pudo ‘cumplir’ su fantasía, porque la imagen de ese supuesto otro (tipo Chumacero, Alatorre, Arreola) aplicando una medida correctiva a Rulfo ofrece una fórmula que se parece un poco más al Escritor Tradicional-Moderno fantaseado […] Rulfo no cumplía el perfil que la clase literaria había fantaseado para su máximo realizador”, apuntó Yépez.

¿Juan Crisóstomo Álvarez cumpliría con esa idea de “Escritor Tradicional-Moderno fantaseado”? ¿Daniel Sada sí? ¿Cuántos de nuestros escritores cumplen con esa caricatura que se hace del oficio de escritor: un ser que fuma compulsivamente, que usa lentes y que se la pasa escribiendo (a mano, en máquina de escribir o en computadora)?

¿Qué es ser un escritor mexicano hoy? ¿Alguien lo sabe? Pienso en Daniel Sada, en su generosidad, en su trabajo diario, en su forma de escuchar a los demás y en su risa tan franca que a veces nos compartía. Lo recuerdo y más que pensar en un escritor visualizo a un excelente ser humano, a ese que por algunos años fue el padre literario de esos seis o siete muchachos que llegábamos a su casa y no nos cansábamos de escuchar el poema “Imitación de Matsuo Basho” con que Daniel nos hacía entender la cadencia de las frases largas y las frases cortas; recuerdo cómo a algunos nos recomendaba leer La lechuza ciega mientras que a otros les sugería Cumbres de espanto; casi puedo oírlo decirle a Jorge Posadas que nunca se colgara de la lámpara y a mí que debía ser paciente (esas frases de sabio que sólo el tiempo nos ha aclarado). Lo recuerdo y entonces, como pasa con esos seres que falsamente creemos inmortales, siento ese vacío que nos dejó su muerte. Imagino que de ser uno de sus personajes en este punto Daniel escribiría: “Y he aquí la eficacia: el llanto maternal y el sentimentalismo verborreico. Fácil proclividad que doblega al más fiero”…

Qué rápido y qué lento han pasado estos tres años desde que Daniel ya no está…

lunes, 30 de julio de 2012

El círculo de los escritores asesinos, de Diego Trelles Paz


El círculo de los escritores asesinos muestra con personajes hasta chocantes (a fin de cuentas son literatos) cómo la vida cultural es interesante sólo dentro de sí, cómo se pueden crear guerras intestinas que a nadie más le importan. Es, por decirlo de alguna forma, la recreación irónica de un mundo donde sus integrantes pueden destrozarse sin que a las “personas comunes” les interese en lo más mínimo. Es, asimismo, una novela la cual maneja a la perfección el tono de cada uno de sus personajes, creando antihéroes que a pesar de ser pedantes, resultan entrañables por sus manías y defectos.
Con El círculo… Diego Trelles Paz retoma y renueva la tradición de esas grandes novelas encabezadas por la Rayuela cortazariana y por Los detectives salvajes.

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Relatos 2012, XXVIII Concurso de Relatos Ciudad de Zaragoza


Con una edición elegante y bella, Relatos 2012 consigue recobrar la fe en los concursos literarios. Es un libro que no sólo contiene excelentes narraciones, sino que su formato añade un placer extra a leerlo. Sin duda este concurso de relatos debiera convertirse en el ideal a seguir de muchos otros que abundan en nuestro país.

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Bogotá 39. Antología de cuento latinoamericano, de Guido Tamayo (editor)


Bogotá 39. Antología de cuento latinoamericano carga el enorme peso de pretender mostrar a 39 escritores que se supondría la vanguardia de literatura del continente. Quizá no lo sean, el tiempo dirá. Pero eso sí, siendo o no lo mejor de su país o región, le ofrece al lector a una gran cantidad de autores que merecen leerse.

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La noche es luz de un sol negro, de Édgar Omar Avilés


En La noche es luz de un sol negro, Avilés se sumerge en la llamada literatura fantástica y en ocasiones la revuelca para que produzca algo diferente, pero otras veces simplemente hace uso de ella no para dar la vuelta de tuerca a una historia, sino a la misma forma narrativa. Es, así, una apuesta no sólo por el contenido sino también por la forma como se presenta.

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Álbum ilustrado políticamente inconsecuente*



Existen libros que no terminan en el punto final. Hay libros que ni siquiera terminan en las ilustraciones que acompañan el texto. Es más, algunos libros no acaban nunca porque uno vuelve a ellos de forma irremediable: por un recuerdo, una frase, una anécdota. La cosa perdida, de Shaun Tan es uno de estos casos.

“Así pues, ¿quieres oír una historia?”, pregunta el protagonista de este cuento y comienza a narrarnos el día cuando descubrió una cosa que estaba perdida: parecía no encajar en el sitio donde estaba, se veía sola y aunque aparentaba no servir de mucho, al interactuar con ella se dio cuenta que se divertían. Shaun, el personaje, decide buscar a su dueño, pero nadie quiere serlo; después, sin saber qué hacer, la lleva a casa de un amigo para ver si él le puede decir qué es esa cosa y a quién puede pertenecer, pero su amigo Pete le comenta que hay cosas que simplemente están perdidas. Por ello Shaun se va de ahí junto con su cosa y la mete a su casa, donde sus padres no se dan cuenta de su existencia sino hasta que Shaun se los hace notar. Obvio, le piden que devuelva la cosa o se deshaga de ella, pero Shaun decide esconderla en el cobertizo y alimentarla con esferas de Navidad. Sin embargo, un día ve en el periódico un anuncio donde se dice que si se encuentran cosas perdidas, se deben llevar a cierta oficina gris y sin ventanas donde se pueden quedar.

Así es como Shaun toma su cosa y acude a este sitio, pero un intendente le comenta que ahí las cosas perdidas no se encuentran, sino que solamente se consigue olvidarlas. Eso sí, le recomienda un lugar a donde puede llevarla.

De esto trata la historia en este libro, pero no acaba ahí, sino que se complementa con las ilustraciones que nos hacen conocer a la cosa: una especie de tetera roja gigante con patas cangrejo, que les da agua a los patos que se encuentra en la calle y que posee puertas, cajones y ventiladores que la convierten en “algo” amigable. También está Shaun, un joven de pantalones café acampanados, camisa arremangada y con el cuerpo jorobado. Y además, los cientos de personas que deambulan sin percatarse de estas cosas perdidas, del entorno que los rodea; quienes viven enteradas de las últimas noticias gracias a periódicos y televisiones, pero que son incapaces de fijarse a su alrededor para saber si todo está bien. Además de ello, están el Departamento Federal de Censura, el Departamento Federal de Información y el Departamento Federal de Objetos Inútiles, todos ellos representados por un cerdo que lo mismo se cuestiona, que no ve o que puede volar. Pero sobre todo, está la narración de Shaun Tan que pese su sencillez no deja de tener una enseñanza, que tras la nostalgia muestra un posible camino, y que no termina nunca porque las buenas historias no acaban jamás.

Autor: Shaun Tan
Título: La cosa perdida
Año: 2007
Editorial: Bárbara Fiore
Páginas: 32páginas.

* Publicado en Adefesio.com

Patrocinio Tipá*


La modernidad nos ha hecho creer que el regionalismo en la literatura es malo o está pasado de moda. Pocos son los autores que hoy tratan de imitar el habla popular o quienes ubican sus historias en pueblos donde no hay un teléfono, una computadora o una televisión. Incluso, cuando se conocen narraciones de este tipo el lector se remite de inmediato, en el caso de México, a Juan Rulfo y su Pedro Páramo aunque ésta no sea una referencia obligada.

Patrocinio Tipá, de Eraclio Zepeda, es un cuento de este tipo: un hombre narra su vida, en una ranchería alejada de la capital y donde las leyendas y creencias populares sustituyen cualquier argumento científico. De este modo, cuando Patrocino Tipá llega a vivir a Juan Crispín y un rayo parte el árbol de la plaza principal, todo el pueblo asume que una desgracia habrá de ocurrir. Además, esta idea se fortifica al enterarse que Patrocinio, quien nunca ha logrado establecerse en ningún lugar, por primera vez quiere echar raíces:

“No se aguantaba en ningún lugar. Apenas se quería encariñar con las calles de algún pueblo, luego luego le empezaba a dar el ansia de seguir otro camino”.

Y esto se debía a que recién nacido una urraca se robó su cordón umbilical y no fue enterrado en el lugar donde había nacido. Por ello, Patrocinio vagaba de un lugar a otro. Pero, cuando en Juan Crispín se asienta, compra un terreno, se casa con su Consuela y tiene hijos, es lógico que una desgracia ha de llegar para que él continúe con su caminar eterno en busca de la urraca que se llevó su ombligo:

Y este infortunio llega:

“Patrocinio Tipá quedó hueco. Quería alegrar a la Consuela pero en el fondo tenía una herida por la que caía la risa igual que un cántaro roto. Por las noches iba a donde estaba enterrado el ombligo del Floreanito y lloraba y hundía las manos en la tierra y luego quemaba flores de cedrón para regar sus cenizas sobre la tierra, para que el alma de su hijo no se fuera de las tierras de La Esperanza”.

Con un lenguaje popular, este cuento de Eraclio Zepeda es una excelente historia donde basta acostumbrarse al primer regionalismo para que el resto de la narración fluya de manera sencilla y agradable. Aunado a ello, esta edición ilustrada y que forma parte de la colección EDUBBA de Editorial Resistencia, proyecta de forma renovada el género del cuento que tanto han abandonado las grandes editoriales. Así, es un acierto de esta editorial haber seleccionado este cuento y haberlo puesto en las manos del Taller de Diseño Editorial de la Escuela Mexicana de Arquitectura, Diseño y Comunicación de la Universidad La Salle, pues el resultado es un bello volumen que provoca el deseo de conocer los siguientes tomos de esta colección.

Ojalá ésta sea una forma de revalorar el cuento y que los lectores aprecien este riesgo editorial.

Autor: Eraclio Zepeda
Título: Patrocinio Tipá
País: México
Editorial: Editorial Resistencia
+INFO: 32 páginas.

* Publicado en Adefesio.com

jueves, 14 de junio de 2012

Trama y urdimbre, de Matías Celedón



Trama y urdimbre es una novela poco tradicional. Su formato es atípico, pero tiene una incidencia necesaria con la historia que cuenta. Además, es un folleto de costura donde es necesario ir del punto A al B para conseguir hilar lo que se narra de fondo. Es un libro experimental que revela a un gran narrador. Si alguien ocupó la frase de que si Borges hubiera escrito una novela sería como Bonsái, del chileno Alejandro Zambra, entonces Trama y urdimbre sería la cumbre de esta hipotética novela borgeana.
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La sed de los peces, de Jalaludin Rumi



Quizá después de leer a Jalaludin Rumi nos ocurra como a los peces: rodeados de agua, y bebiéndola a cada bocanada, no nos serán jamás suficientes sus enseñanzas, pues siempre querremos un poco más. Lo único que tendremos que decidir es si, ante las redes de los pescadores, seremos el pez tonto, el medio inteligente o el sabio que huye hacia el inmenso océano que es Dios.
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Los ojos del jaguar disparan medianoche, de Ernesto Murguía



Ganador del Premio Nacional de Cuento “Ermilo Abreu Gómez”, Los ojos del jaguar disparan medianoche, de Ernesto Murguía (México, 1972), enfrenta al lector con tres historias macabras que a partir de la cotidianidad de sus personajes llegan a momentos de locura dignos de un cuadro de Velázquez.
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martes, 8 de mayo de 2012

¿Dónde andará Dulce Veiga?


¿Dónde andará Dulce Veiga?, de Caio Fernando Abreu (Santiago, Rio grande do Sul, 1948-Porto Alegre 1996), es una novela demoledora por las historias que cuenta y por el crecimiento de un personaje que de principio es gracioso pero termina siendo tragicómico. Es además, una historia que provoca que el lector se enamore de sus personajes (sobre todo de aquellos con más vicios) debido a su tono familiar, a la sinceridad con que se reflejan en estas páginas. Es, también, una muestra más de la literatura brasileña tan poco conocida en español y que recuerda por qué nombres como los de Joao Guimaraes Rosa o Clarice Lispector son considerados cumbres en la literatura. Caio Fernando Abreu bien podría estar al lado de estos maestros.
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El futuro NO es nuestro*


Una antología puede ser una reunión de textos o la selección de piezas destacadas. En literatura, las antologías buscan dar un panorama general de un autor o mostrar el trabajo de varios escritores. De principio, se supondría que los textos incluidos en estos ejemplares tendrían que ser los mejores de su obra. Sin embargo, este afán de reunión ha provocado que algunas de las antologías que hay en el mercado simplemente sean el conjunto de muchos autores sin importar la calidad. Además, el número de páginas que se brindan a cada escritor suele ser un factor en contra.

Por lo anterior, libros como El futuro NO es nuestro. Nueva narrativa latinoamericana, destacan sobre textos similares, pues su manufactura ha dejado de lado muchos de los defectos que una antología puede tener y parece dedicada a servir únicamente a los autores incluidos. Al respecto, dice Diego Trelles Paz, quien se encargó de la selección y el prólogo: “(ésta) se planteó como una antología hecha por escritores en busca de lectores y a la cual no le interesaba nada esa relación, a veces turbia, entre la literatura y la publicidad”.

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jueves, 3 de mayo de 2012

Turbulencia dos mil once. Narrativa Michoacana Actual, Alfredo Carrera (antologador)


Turbulencia dos mil once. Narrativa Michoacana Actual reúne a cuarenta escritores, pero a diferencia de Lenta turbulencia (Jus / Secretaría de Cultura de Michoacán, 2010) da una muy breve muestra de su obra. Además, llama la atención la similitud en el título, como si con ello quisiera identificarse una característica de la literatura de ese estado: un alboroto o perturbación que el lector no encontrará.
Destaca que en esta antología, los cuarenta congregados no necesariamente nacieron en Michoacán, sino que han escrito o desarrollado su obra ahí. Asimismo, los autores tienen marcadas diferencias de edad pues algunos nacieron en 1946 y los más jóvenes en 1994.
Sin embargo, esta disparidad no se ve reflejada en la calidad de los cuentos.
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El matrimonio es una larga enfermedad*



Los textos dramáticos son poco frecuentados. Uno va al teatro y observa la obra, pero casi nunca acude al texto que se recreó. Eso es normal y hasta lógico, sin embargo nos impide conocer obras que no están en cartelera y que tal vez nunca se repondrán. Por ejemplo, si hoy quisiéramos ver Romeo y Julieta, El jardín de los cerezos o Casa de muñecas, por hablar de tres obras clásicas, tal vez no las encontraríamos en cartelera y a consecuencia de esto tendríamos que acudir al libro. ¿Pero qué pasa con el teatro contemporáneo, que tras algunas semanas de funciones, no vuelve a reponerse? Desaparece por completo.

De ahí la importancia de colecciones como La centena, de editorial El milagro y Conaculta, pues nos acerca a textos dramáticos que serán difíciles de volver a representar. Un ejemplo de ello es Fiebre 107 grados, de Silvia Peláez (Cuernavaca, 1959), obra que fue estrenada por la Compañía Nacional de Teatro en 2006 y que fue traducida al inglés.

Fiebre 107 grados es una versión libre de la vida de Ted Hughes y Sylvia Plath, enfocada entre los años 1951 y 1963, cuando Plath se suicida. La obra muestra a un Ted Hughes frío, conciliador, amoroso (a veces) y enfocado en su trabajo: entonces tenía una gran actividad poética, además que era guionista de la BBC de Londres. En tanto, Sylvia es una mujer temperamental, celosa y una poeta que evalúa su obra a la sombra de lo que su esposo hace. De esta manera, cuando publica el célebre poemario El coloso se queja de que la crítica no sea tan amplia como con los libros de Hughes; cuando le publican La campana de cristal, lamenta hacerlo bajo un seudónimo, mientras Ted firma todas sus colaboraciones. Así, el lector asiste a una guerra que se desarrolla en este matrimonio que navega entre el amor, las dudas y la competencia.

Con un lenguaje poético, debido en gran parte al oficio de ambos personajes, la obra avanza con imágenes eficientes, como cuando Sylvia, al cumplir años, le pide a Ted que no le dé un regalo envuelto en celofán, pues éste material asfixia. A partir de esta imagen ha de crearse un juego en donde Sylvia se siente atrapada en su cotidianidad, en la que debe cuidar y amamantar a sus dos hijos, arreglar la casa y celar a Ted, mientras él tiene tiempo libre para escribir sin ser molestado, viajar a Londres y convertirse en amante de una de las mejores amigas de la pareja: Assia. “SYLVIA: Mira quién habla de protagonismo: héroe, mi héroe. ¿Quién te ayudó a transcribir tus poemas? Sylvia Plath. ¿Quién cría a tus hijos? Sylvia Plath. ¿Quién escribe en los ratos libres? Sylvia Plath. ¿Quién espera y espera por las noches al magnífico poeta Ted Hughes? Sylvia Plath”.

Debido a esta desesperación, Plath comienza a volverse loca y recae en intentos de suicidio, incluso en un momento, fuera de sí y con fiebre, rompe los poemas de Hughes como una forma de vengarse de él. Aquí, la autora, Silvia Peláez, ofrece indicaciones dramáticas que permiten al lector ubicar perfectamente cómo deben ser interpretados los personajes: “Ted va a la cocina. Regresa con una taza de té y una toalla húmeda que coloca sobre la frente de Sylvia. Ella bebe a sorbos. Ted recoge los restos de su trabajo destruido y los coloca sobre la mesa con cuidado, como si enterrara a un ser amado”.

Tal vez lo más fácil hubiera sido contar la versión de que Ted Hughes era un mujeriego, quien provocó el suicidio de Plath, como el mito general dicta. Sin embargo, la descripción de las manías de Plath y el no crear personajes sólo de dos tonos es lo que permite a Fiebre 107 grados ser un espléndido texto que acerca a la obra de estos poetas, más que a su vida. Muestra de esta objetividad autoral queda plasmada en parte del monólogo final de Ted Hughes, quien tras enterrar a Sylvia vuelve a casa con los poemas que Plath jamás vería publicados y resume: “Dejaste cartas hirientes, palabras demoledoras y el diario. Fue como si dijeras al mundo que yo era tu verdugo, y el mundo lo creyó. ¿Cómo saber que tu alma se debatía en tales tempestades? Ahora mi cuerpo se hunde en el cuento de hadas en un bosque donde los lobos aúllan. Dos huérfanos lloran junto al cadáver de su madre, aún tibio”.

Fiebre 107 grados es un texto dramático valioso más allá de que sus personajes hayan sido personas reales o de que contenga diálogos poéticos. Es una obra imprescindible porque nos muestra a una mujer, Sylvia Plath, quien se obsesionó con su padre muerto, con su madre dictadora; quien recibió electroshocks para salir de sus depresiones, quien se casó con un poeta famoso y quien escribió algunos de los poemas más desgarradores del siglo XX, pero que a pesar de ellos terminó siendo, tal como ella misma dice, “una sombra recortada en papel blanco”.

Peláez, Silvia (2006), Fiebre 107 grados, El milagro / Conaculta, México, 120 páginas.

* Publicado en Adefesio.com

viernes, 20 de abril de 2012

Nuevos clásicos infantiles*

Hace tres siglos Jonathan Swift, el autor de Los viajes de Gulliver, publicó un peculiar ensayo: “Modesta proposición para impedir que los niños de los irlandeses pobres sean una carga para sus progenitores o para su país”. El irónico texto planteaba la posibilidad de procrear hijos para después venderlos antes de que cumplieran un año, cuando su carne aún era tierna. De esa forma se evitaría la hambruna y los católicos pobres (quienes eran mayoría) se harían de unas cuantas monedas. Claro, Swift lo proponía cuando el más pequeño de sus hijos tenía nueve años y su mujer ya no podía engendrar.

“Un niño sano y bien nutrido es, al año de edad, manjar delicioso, nutritivo y completo, ya se lo haga estofado, asado, al horno o hervido […] Quienes sean más económicos (como, debo confesar, exige la época) pueden desollar el niño, de cuya piel, artificialmente curtida, se harán guantes admirables para damas y calzado de verano para caballeros de gusto refinado. […] Los criadores constantes, además de la ganancia de ocho chelines por año que les produciría la venta de sus hijos, se librarán del gasto de mantenerlos”.

Este ensayo, que en su momento seguramente fue terrorífico, en nuestros días podría ser un cuento infantil con miras a convertirse en clásico. No es sólo que la literatura para niños se esté nutriendo del terror, como podría demostrarlo Bonícula (de James y Deborah Howe), sino que la actitud transgresora del texto es una de las características de la modernidad en la literatura infantil.

Si bien es cierto que por un momento se apeló a que los libros para menores debían dejar su afán educativo y moralizante, hoy estos tópicos no están peleados con lo lúdico. Además, los autores que escriben para niños (y que consiguen la atención de los mismos) han dejado de considerarlos como un público fácil a quien se le puede menospreciar. Algunos ejemplos de esto podrían ser los siguientes:

La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa, un cuento donde el personaje principal es una mujer que fuma puro, da a sus hijos comida para perro, agrede a las personas y es capaz de construir una muralla que rodea el pueblo donde habita con tal de que todos queden a su merced. El autor ha comentado que cuando quiso publicarlo se enfrentó a las negativas de los editores, pues su personaje era un antihéroe que estaba lleno de defectos y era agresiva (conductas que se intentaban eliminar de los niños). Sin embargo, cuando se editó, con ilustraciones de Rafael Barajas El Fisgón, pronto se convirtió en un best seller debido a la fascinación que ejerció en los niños: les causaba una especie de miedo gozoso, les provocaba una risa que les salía de lo más profundo de sus temores.

El caso de Roald Dahl puede caracterizar también esta nueva forma de escribir para los niños. Sus personajes son infantes que sufren el mundo de los adultos. Por ejemplo, en Matilda, ella padece por la ignorancia de sus padres y es tal su descontento con la vida vacía a la que la obligan, que la niña prefiere ser adoptada por su maestra. O el caso de James y el melocotón gigante, donde el protagonista es capaz de vivir entre insectos y gusanos antes que con sus tías, quienes cuando le hablan con cariño le dicen “pequeña bestia repugnante”, “sucio fastidio” o “criatura miserable”.


Otro libro que ha ocupado un héroe fuera de lo común es Limoncito: un cuento de Navidad, de Javier Sáez. En esta narración el oso Limoncito deberá salvar a su antiguo dueño de vivir una vida sin sentido, llena de comida chatarra, cerveza y cigarros. Para ello lo hará recordar cómo fue de niño (agresivo con tal de defender a sus amigos) y le provocará sufrimiento con tal de que pueda rectificar.


Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, es un álbum que además de resaltar por sus bellas y amigables ilustraciones, nos permite conocer a Max, un niño enfundado en traje de lobo que hace y deshace al lado de sus amigos los monstruos, pero quien después de divertirse como siempre ha deseado deberá decidir qué hacer: regresar a casa a tomar su sopa o quedarse en el mundo de los monstruos a gobernarlos.

Marjolaine Leray, a su vez, en Una caperucita roja, redescubre esta historia donde esta niña más moderna, sabedora de sus derechos, no se amedrenta ante el lobo feroz y es capaz de vencerlo por medio de la astucia.



Así, ante la falsa creencia de que los cuentos infantiles que tienen un aprendizaje escondido entre líneas son aburridos; que las fábulas están pasadas de moda, y que a los niños de hoy se les debe atrapar con mecanismos más allá del texto e ilustración, estos ejemplares demuestran que lo importante es no brindar textos fáciles o complacientes, pues cuando un niño deja de percibir un riesgo (en su lectura y en la historia) se siente defraudado: los niños quieren sentirse grandes y si el libro que les ponemos enfrente los hace saber que siguen siendo infantes, entonces ellos preferirán hacer algo más que les permita cumplir su objetivo: ser, por unos instantes, adultos.

No debe olvidarse que así como los hijos imitan a sus padres al rasurarse un ilusorio bigote o tomando un portafolio para aparentar que van a trabajar, así a los pequeños lectores les agrada encontrarse con palabras desconocidas, con temáticas que les son inquietantes, que los emocionan y les hacen saborear ese platillo que nadie les ha digerido para ayudarlos, al que aparentemente sólo los adultos tienen acceso.

Estos nuevos clásicos apelan a conquistarlos por las historias, por demostrar que incluso esta generación que privilegia la fugacidad y el exceso de imágenes (cuyos integrantes, se cree, no podrán concentrarse en un texto que no sea interactivo), es un público ávido de temáticas interesantes, que les hagan erizarse de miedo, que les permitan burlarse del mundo adulto, que les dejen sentirse libres.

Estos nuevos clásicos son una oportunidad para regresar a la infancia, pero también para inmiscuirnos en un mundo que trasgrede con tal de recuperar el orden, donde no importa si un padre vende a su hijo con tal de hacerse de ocho chelines, o si lo guisa como estofado, sino que nos demuestran que la diversión es lo principal, pero no por ello se olvida de la moraleja, de los mensajes entre líneas, ni de los viejos clásicos.

Estos nuevos clásicos son, además, una clara muestra de que los niños ya no son tan inocentes y por ello no hay nada mejor que ofrecerles retos, y si estos van empastados, mucho mejor.

* Publicado en revista Bicaa'lu, diciembre 2011.

Descubrimientos, de Clarice Lispector


Los diarios (ahora los blogs) son la forma de descubrir a los escritores en su faceta menos conocida, es decir en su intimidad. En estos cuadernos, los autores apuntan situaciones cotidianas, revelan manías e influencias. Algo similar ocurre con la obra periodística, las columnas y artículos de opinión, cuando se reúnen en un tomo. Muestra de ello, son las crónicas (término demasiado amplio para describir estos textos) que Clarice Lispector (Chechelnyk, Ucrania 1920-Río de Janeiro 1977) publicó todos los sábados en el Jornal do Brasil de 1967 a 1973 y que se reúnen en dos tomos: Revelación de un mundo y Descubrimientos.
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Ted Hughes, el poeta que quiso recuperar la intimidad de sus propios sentimientos*


Edward James (Ted) Hughes (Mytholmroyd, 1930-Londres, 1998) nació en los mismos páramos que la legendaria Emily Brönte, autora de Cumbres borrascosas. Debido a su rebeldía y a la mitología alrededor de él, su vida y sus mujeres, lo llegaron a apodar el Heathcliff de la poesía, en honor al personaje de dicha novela. Sin embargo, más allá de esto, Ted Hughes se hizo famoso por sus poemarios que se convertían en best sellers al salir al mercado, mismos que le valieron ser nombrado Poeta Laureado en su país.

La poesía de Hughes (su vida incluso), además, está marcada por su relación con la poeta Sylvia Plath, su primera esposa. Asimismo, el suicidio de ésta, así como el de su hijo provocaron que los poemas de este autor se analizaran desde un punto de vista morboso, tratando de hallar en ellos las causas de estas muertes. A pesar del escarnio que los críticos hicieron de él, Ted Hughes pocas veces contestó a estos ataques, y las pocas ocasiones que lo hizo fue para defender a Plath, a quien han tachado de neurótica y loca. Quizá por ello decidió publicar el poemario Cartas de cumpleaños, una larga relación de hechos de su vida al lado de Plath: desde el momento cuando la conoció hasta el día de su muerte y las posteriores visitas fantasmales que le hizo al poeta.

Esta situación, que ha dejado de lado el valor de la poesía de Hughes, ocasionó que incluso su hija, Frieda Hughes, poeta y pintora, escribiera unos versos desgarradores respecto a la relación de sus padres y la posterior saña de los críticos: “Mientras sus madres descansan en sus tumbas / recortadas con verdes guijarros y flores / en un bote de mermelada, [ellos] desenterraron a la mía […] // Al salir del horno ya la habían destripado, pelado y aderezado. // La llamaban suya”.

Aunado a esto, la obra de Hughes ha sido poco traducida al español, por lo que El azor en el páramo es una valiosa recolección de parte de su poesía, que muestra el por qué es un autor de éxito en Inglaterra y también por qué se le sigue estudiando, editando y leyendo.

El azor en el páramo recoge 68 poemas que abarcan la obra de Hughes, mismos que dan una idea de los intereses (religiosos, místicos) del autor. Asimismo, permiten conocer a un hombre cuyo único deseo, según dijo en una entrevista, era recuperar la intimidad de sus propios sentimientos y conclusiones sobre Plath para evitar que los contaminaran: “Cada obra de arte surge de una herida que hay en el alma del artista […] Cuando una persona recibe una herida, su sistema inmunitario entra en acción y se produce el proceso de autocuración, mental y físico […] Hay artistas que se concentran en la expresión del daño, la sangre, los huesos, la explosión del dolor, para levantar y sacudir al lector. Y hay otros que apenas mencionan las circunstancias de la herida; lo que les preocupa es la curación”, dice en el espléndido estudio introductorio.

Ahora bien, los poemas dan cuenta de un punto de vista reflexivo y que es capaz de hallar la maravilla en la cosa más común. Por ejemplo, al visitar un zoológico y ver al jaguar en su jaula, apunta el poeta: “Gira junto a los barrotes, aunque no hay jaula que pueda con él / Como no hay celda que aprese al visionario: / Su zancada es el páramo de la libertad: / El mundo rueda bajo el largo impulso de su talón / Que allega los horizontes al suelo de su jaula”. Así, el poeta consigue que lo exterior del mundo se expanda al interior de la jaula, debido a que el jaguar es una especie de Dios que resulta la medida de las cosas. Por decirlo de otra forma, no es el mundo quien alberga al animal, sino que éste existe gracias que en cada paso el jaguar lo recrea.

Esta idea, además, es recurrente en la cosmovisión de los animales según Hughes, pues cuando pasa revista al azor, el ave se convierte en Dios al enunciar la realidad: “¡Qué bien me vienen estos árboles altos! / La fluidez del aire y el rayo del sol / Son una ventaja para mí; / Y la tierra alza su rostro para que yo lo escrute. // Mis garras se aferran a la corteza áspera. / Hizo falta toda la Creación para producir / Cada una de mis patas, cada una de mis plumas: / Ahora apreso la Creación entre mis garras […] El sol está detrás de mí. / Nada cambió desde que empecé. / Mi mirada no permite ningún cambio. / Y voy a mantener las cosas tal y como están”.

Es decir, Hughes nos muestra un mundo en donde el hombre es un elemento más, pero no el principal; un sitio donde el punto de vista es lo que otorga la grandeza a cada una de las cosas existentes: “El mar grita con su voz sin sentido / Tratando por igual a sus vivos y a sus muertos, / Hastiado probablemente de la apariencia del cielo / Tras millones de noches sin poder / Conciliar el sueño, realizar su propósito, autoengañarse”.

Aunado a estas temáticas, El azor en el páramo también da cuenta de la influencia que Sylvia Plath tuvo en Hughes, quien en cada poema donde escribe sobre ella muestra el inmenso amor que le tuvo y hace un balance (tal vez demasiado objetivo) de lo que fue su matrimonio: “Eras como una fanática religiosa / Pero sin dios –incapaz de rezar. / Querías ser escritora. / ¿Querías escribir? ¿Qué había en tu interior / Que necesitase contar una historia? / La historia que precisa ser contada / Es el Dios del escritor, el que emergiendo del sueño / Te pide de un modo inaudible: ‘Escribe’. / Escribir, ¿qué?”.

Así, esta recopilación es una obra que muestra a un autor que debiera ser más leído, no sólo por sus descubrimientos estéticos y lingüísticos, por sus temáticas y por el aura de misterio que lo rodean, sino por el encumbramiento de los animales, los objetos, las cosas que permiten vislumbrar el mundo, el universo, desde una perspectiva inusual que hacen sino más hermosa nuestra realidad, sí más estrujante. El resultado haría feliz a Plath, quien en uno de los poemas se le aparece ya muerta a Ted Hughes y según él le pide: “Y me hablaste –apremiante, sobrecogedora como una voz familiar / Surgida del tumulto de un río, cercana, urgente, / Rotunda: ‘Ésta es la última vez. La última. Así que ahora / No me falles’”, y Ted Hughes no le falló.

Hughes, Ted (2010), El azor en el páramo, Traducción, introducción y notas de Xoán Abeleira, Madrid, Bartleby Editores, 428 páginas.

martes, 10 de abril de 2012

Sobrevivir al Distrito Federal*


Existen dos formas de leer Enseres de supervivencia, de Hugo César Moreno Hernández (Distrito Federal, 1978): desde el drama o desde la ironía. Pongo un ejemplo: “La filosofía no explica cómo uno logra ser tan pendejo”. Esta frase del cuento “Carne femenina sin mujer” bien puede ser dicha por un hombre antes de morir o por un bufón de sí mismo. Pero, ¿cómo saber cuál es la manera exacta de interpretar los 16 cuentos que forman este libro? Uno: conociendo al autor; dos: atendiendo las manías y defectos de los personajes de estas narraciones.

Así, en un balance, los protagonistas son hombres muy afeminados, pues lloran a la primera provocación y se hacen los mártires por amores que se han ido. Su destino no depende de ellos, sino de las mujeres que los abandonaron sin importarles lo que pasaría después. Son además, algunos de ellos, poetas que creen que en el hablar pomposo han de reivindicar su causa, pero precisamente este discurso es el que los convierte en seres patéticos: “Si escribiera cada una de mis reflexiones ya sería autor prolífico y quizá hasta con dulces chispas de literatura supurando entre las letras del dolor”, sentencia el protagonista de “Por este amor decapitado”.

Además, son personajes afectados por su entorno y quienes aún son lacerados por el autor, quien se ensaña con ellos y los convierte en piltrafas, de ahí que cuando uno de estos hombres ha caído en la desgracia, Hugo César remata esta mala suerte con descripciones llenas de humor negro que convierten el drama en algo tragicómico: “Era el poeta del maíz y el nopal, el gran relator de la grandeza perdida de los mexicanos, huasteco hasta la médula, cantor del sueño prehispánico. En sus sueños más preclaros se relacionaba con las águilas, con la luna y con la tierra. Una maravilla pues”, se mofa en “El andariego estelar”.

Estos cuentos son, por decirlo de algún modo, una sátira del hombre macho a quien no le importan los desamores, que los cura con un trago de tequila; que al salir con los amigos a beber, a drogarse, logra olvidarse de todo. Quizá el mejor ejemplo de ello es el cuento “Forzar al destino”, donde un muchacho regresa a los rumbos de una exnovia tratando de encontrarla, pues después del abandono ha anidado una tendencia a la venganza que no ha podido satisfacer. Anhela verla gorda, con hijos, destrozada, pero quiere la suerte que al encontrarla no sea eso, sino una rechoncha, pero aún con cierta belleza, quien además ha dejado de ser virgen con otro y no con él, pero que está dispuesta a prestarle su cuerpo por unas horas. Así, el protagonista logra llevarla a un hotel y tener sexo con ella de todas las maneras que imagina. La penetración, casi violación en algunos momentos, es la venganza de este hombre quien sigue enamorado y que frente a sí tiene un cuerpo que se deja ir sin decir un “te amo” o, más importante aún, un “te extrañé”. Así, como si los papeles estuvieran invertidos, el hombre es el único engañado al final de la narración. “La venganza es un plato que se sirve frío”, repite como una especie de mantra, pero no sabemos a quién se le enfrió primero el platillo: si al cazador o a la presa.

Tal vez, el cuento “Reina blanca, reina negra” sea el que resuma el contenido de Enseres de supervivencia en una imagen de un juego de ajedrez: El peón queda junto a la reina, pero no puede darle jaque. Es contranatural, se nos advierte. Lo que procede es que el peón se sacrifique y llegue a la primera línea para coronarse. Eso hablaría de un buen jugador, pero ni eso evitará que la reina-mujer-amante-exnovia lo mire “altiva, superior, creando anhelos, barriendo arrabales, despidiendo esclavos, condenando a los arribistas, aplastando a los peones”.

La mujer, en los cuentos de Hugo César, es el ser soberbio que da o quita la vida y las esperanzas. No importa, incluso, que los personajes la desprecien, pues en su interior sólo buscan que estas mujeres se muevan para ellos tenderse a su paso. Es decir, cuando uno de los protagonistas dice que nunca podría hacerle el amor a una mujer gorda, pues no tendría el valor para montar unas grupas monumentales, sabemos que si al siguiente instante se le ofrece una mujer elefantina ha de sucumbir a las hormonas y terminará en medio de sus carnes: “Me acosté junto a ella y besé su cuello, sus labios, sus senos y la volteé de manera que sus nalgas me quedaran en el pecho. Lamí sus nalgas. Eran enormes. Habían crecido desde mi ausencia. Las mordí con envidia. Lamí hasta escaldarme la lengua”, claro, sin aceptar que ha sido derrotado por sus deseos de amor y no carnales: “¿Hacer el amor? Eso no era hacer el amor, era venganza”.

Enseres de supervivencia, así, es un falso libro machista que en el desprecio a la mujer demuestra la necesidad de tener una al lado. Es también un recorrido por la ciudad de México, con sus vagones de Metro llenos de seres monstruosos, con sus seres marginales, sus drogadictos, sus snobs. Es un libro cuyas historias muestran el lado oculto de los hombres: la sensibilidad que se presta para el drama, pero también para la broma. Es un libro cuya mayor apuesta es utilizar un lenguaje directo que reivindica la ironía, tan ausente hoy de la literatura mexicana.

Moreno Hernández, Hugo César (2011), Enseres de supervivencia, Cofradía de Coyotes, Cd. Nezahualcóyotl, 160 páginas.

* Publicado en Adefesio.com

martes, 27 de marzo de 2012

La zapatería del terror, de Pedro F. Miret*


En junio de 2001 se publicó Paisajes del limbo, antología en la que Mario González Suárez seleccionó a varios escritores “que nada tienen que ver con lo que hasta ahora se ha creído el tema preponderante de nuestros cuentistas y novelistas”. Entre ellos se encontraba Pedro F. Miret con un cuento divertido, mordaz, lleno de puntos suspensivos y que mostraban a un escritor con toques kafkianos, pero quien al mismo tiempo hacía de la burla una forma de alejarse de lo trágico y conformar una literatura singular. El texto era “La zapatería del terror” y se aclaraba que era uno de los cuatros relatos incluidos en un libro con el mismo nombre. Años antes, en 1997, Conaculta había reeditado Esta noche… vienen rojos y azules en su colección Lecturas mexicanas, por lo que la obra de Miret era conseguible, e incluso, si se buscaba en librerías de viejo, podían hallarse los tres libros restantes de este español: Prostíbulos, Rompecabezas antiguo e Insomnes en Tahití. Sin embargo, La zapatería del terror era una joya a la que muy pocos tenían acceso. Por ello, el rescate que hizo de este cuentario el propio González Suárez a su paso por la Dirección de Publicaciones del Conaculta fue bien recibido.

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* Publicado en Librosampleados